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Me despierto temprano, hoy me siento diferente, estoy feliz y tranquila, nada ni nadie puede cambiar eso. Me levanto y abro el armario, tiendo sobre la cama unos leggins y una sudadera a juego con mis deportivas. La puerta de mi habitación se abre de golpe, Dylan entra con el cabello mojado y una toalla alrededor de la cintura.

Miro su cuerpo, está más delgado de lo que pensaba, su cuerpo apenas esta tonificado pero aun así hay algo que provoca que no pueda apartar la mirada de él.

—¿Por qué has gastado el agua caliente?

Su voz es temblorosa y esta tiritando, le castañean los dientes y gotas de agua caen por su pecho. Suelto un suspiro y aparto la mirada de él, mira mi habitación detenidamente y después se acerca a mí.

—Siquiera me he metido en la ducha —señalo la puerta del baño que está cerrada—, ahora iba a entrar.

—No hay agua caliente y tengo que ducharme.

Encojo mis hombros y me giro para darle la espalda.

—¿Qué quieres que haga yo?

Dylan sale resoplando de la habitación, cierra la puerta tras de sí y no puedo evitar negar con la cabeza, estoy empezando a cansarme de cómo me habla. Me quito el pijama y lo mezclo con la ropa sucia de ayer, la recojo del suelo y salgo de mi habitación.

Abro la puerta y camino hacia el cuarto donde está la lavadora, meto la ropa dentro de ella y regreso a mi habitación. Me tumbo en la bañera y disfruto durante unos cinco minutos de la tranquilidad que reina en el baño, cuando salgo seco mi pelo y lo arreglo un poco.

Me pongo un poco de maquillaje y chequeo que todo esté bien. Echo de menos a mi madre, llevan tres días fuera y no veo el momento de que vuelvan a casa.

Bajo las escaleras y nada más entrar en el comedor saludo a Carmen, me siento en la silla y observo el rico desayuno que me ha preparado hoy. Corto un trozo de tarta, lo introduzco en mi boca y bebo un poco de café para no atragantarme.

Dylan baja las escaleras y se sienta enfrente de mí, mira su plato y después a mí. Arrastro la silla y me levanto, camino hacia la cocina y dejo todo sobre el fregadero, me despido de Carmen y miro de reojo a Dylan, tiene el pelo revuelto y no parece encontrarse bien. Me pongo los auriculares y conecto mi Ipod, voy a abrir la puerta pero me detengo al escuchar a Dylan hablar con Carmen.

—No te ves bien —escucho decir a Carmen—. Anoche volviste tarde, ¿me equivoco?

—Carmen estoy bien, no te preocupes.

Dylan tose y escucho como arrastra la silla por el suelo, abro la puerta pero sale del comedor antes de que pueda huir de aquí, le miro y rio nerviosa.

—Deja de escuchar conversaciones que no te incumben —me empuja y sale por la puerta.

Froto mi brazo dolorida, muevo mi cabeza de un lado a otro y por fin consigo volver en sí. Salgo de casa, hoy he decido salir a correr un poco, una idea demasiado arriesgada ya que tengo poca resistencia. Corro unos kilómetros hasta que paro enfrente de un parque, tiene colinas llenas de hierba verde e incluso un gran estanque.

Me acerco a un puesto de comida y compro una botella de agua, me siento en un banco y cierro los ojos. Bebo todo el contenido de la botella sin respirar, casi me ahogo. Cuando vuelvo a casa me doy una ducha rápida y recibo a mis amigas, las tres nos sentamos en el sofá y cogemos los cuencos de palomitas que he comprado para nosotras.

—¿Vamos a ir a la fiesta no?

Miro extrañada a Harper, rebusca en su bolso y saca un papel. Solo pone la fecha y la hora de la fiesta, analizo la nota antes de mirarla y enarcar una ceja.

Simplemente Dylan¡Lee esta historia GRATIS!