Capítulo 3

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El padre de Selena paseaba nervioso por la biblioteca. Le había parecido tan fácil conocer a Giselle, comprometerse, pero decirle a su única hija que se volvía a casar no lo era. Por supuesto, no amaba a esta mujer, o no tanto como amó a Melissa, pero deseaba que Selena tuviera un referente femenino y, además, dos hermanas nuevas, más o menos de su edad, le ayudarían a convertirse en una señorita.

Su asistente, el señor Chavolier, ya de cierta edad, se había quedado en la casa para informar de lo que hacía su pequeña y, sí, asistió a clase, hasta que acabó el curso, pero durante el verano se había convertido en una especie de alma libre, que correteaba salvaje por toda la casa y el bosque, montando a caballo, entrenando con el arco que le compró ante su insistencia, e incluso probando a tirar con pistola. Ella no era la dama que se suponía que tenía que ser cuando, dentro de un año, la presentase en sociedad. Esa era una de las razones por las que había decidido desposarse con una marquesa viuda, procedente de Telenia, al sur de Vlatvia. Ella fue muy amable y era muy refinada. Seguro que Selena podría aprender mucho con ella.

La niña entró como una tromba en la biblioteca y se echó a sus brazos. El padre volvió a abrazarla con mucho cariño. Luego se separaron y la observó.

—Has crecido, Selena, eres ya una mujer —su cabello húmedo y trenzado le daba un aspecto más serio, pero su rostro en forma de corazón era el de siempre. Llevaba unos pantalones anchos y una camiseta, nada que ver con las dos niñas que habían llegado. Le molestó comparar a su hija, pero era cierto. Había descuidado su educación.

—Te echaba de menos, papá, subir a ver las estrellas a solas no es lo mismo.

—Siéntate, hablemos.

Dyon se sentó en su butaca y ella en el reposapiés, como hacía siempre. Dos perritos pequeños llegaron en ese momento y se sentaron a los pies de ambos.

—Supongo que te preguntarás quién es Giselle y lo entiendo. Ante todo, quiero que sepas que nadie sustituirá a tu madre, ni en mi corazón ni en el tuyo pero...

—¿Te vas a casar con Giselle? —dijo ella poniendo la mano sobre la de él.

—En realidad, hija, nos casamos en Telenia. Le parecía indecente viajar conmigo sin estar casados... pero podemos repetir la ceremonia aquí, si quieres.

—No, no te preocupes, papá —Selena intentaba aguantar las lágrimas que pugnaban por salir.

—Ella es una mujer muy educada, es noble, y podrá enseñarte a comportarte en sociedad, está acostumbrada a tratar con gente importante. Si la vieras, cuando llega a una reunión es el centro de la fiesta —dijo él admirándola.

Selena bajó la cabeza y asintió. Su pequeño mundo donde solo estaba su padre y ella se había desmoronado. Que se casase su padre solo significaba que él había perdido por completo la esperanza de que algún día su madre volviera, por lo que la daba por fallecida. Ella siempre había pensado que ella estaba viva, que algún día volvería. Esto era como terminar una etapa que no estaba muy segura de querer cerrar.

—Está bien, papá, si es lo que tú deseas, para mí estará bien. ¿Puedo retirarme?

El hombre asintió y ella salió corriendo de la casa. Se dirigió a la profundidad del bosque. Había descubierto un lugar donde solía esconderse, sobre los árboles. Las ramas de un enorme roble se entretejían en la copa y formaban una plataforma a unos doce metros de altura, donde ella había subido unas tablas e incluso unas mantas, libros. Era como una casa en el árbol a la que no le hacía falta tejado, pues las ramas se volvían a cruzar por encima de ella.

Subió deprisa al árbol, con lágrimas en los ojos. Esas que llevaba aguantando tantos años, pensando que algún día, se despertaría y estaría su madre con ella.

Llegó a su plataforma y se echó sobre las mantas, mirando entre los huecos de las gruesas ramas al cielo. No recordaba mucho a su madre. Su padre tenía algunas fotografías de ella, y era preciosa, sus ojos transmitían alegría y amor. Pero una foto no era suficiente. Ella deseaba abrazarla y contarle sus cosas. Aunque la señora Snipples era muy cariñosa, no era su madre.

Gruesos lagrimones cayeron de su rostro a las tablas, se deslizaron por ellas y comenzaron a caer al suelo. Si Selena hubiera visto qué ocurría a continuación, se habría asombrado de su belleza, pero ella estaba inconsolable y ni siquiera el hecho de las preciosas flores que habían crecido en un instante de sus lágrimas, podría consolarla.

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