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Los golpes reiterados en la puerta nos despiertan a las dos. Intento levantarme de la cama pero estoy muy cansada como para hacerlo. Sam agotada de escucharlos se levanta y le abre la puerta a mi madre que entra como si fuera un torbellino que viene a destruirme.

—Es nuestro primer desayuno familiar y no te vas a quedar en la cama gruñendo como siempre, levántate.

Me está mirando con cara de pocos amigos y no entiendo el motivo de su cabreo. Ah, sí, lo de anoche.

—Te esperamos en el restaurante —su tono de voz me indica que está demasiado convencida de que voy a dejar la cama para irme a desayunar con ellos.

Esas son sus últimas palabras antes de salir de la habitación. Mi prima ha presenciado toda la escena desde la cama y lleva todo este tiempo con la mano en la boca para no estallar en carcajadas. Nos miramos y empezamos a reír.

Detengo nuestro momento de risoterapia y me arreglo con la misma ropa que ayer para bajar a desayunar.

—¿Te apuntas a la tortura?

—No. Prefiero dormir un rato más, ya sabes que anoche lo di todo y me acosté muy tarde —se tapa con las sábanas y me da la espalda— Aprovecha el tiempo con tu madre antes de que se marche, yo bajaré luego.

—Está bien.

Me despido de ella y salgo de la habitación dirección a las escaleras. Bajo, cruzó el vestíbulo y entró en el restaurante.

Recorro con la mirada toda la sala buscando a mi madre y la encuentro sentada en una mesa junto a Dylan y Will. Me acerco tímidamente y arrastro la silla que queda libre llamando su atención. Me siento y sin decir ni una palabra empiezo a desayunar. Todos permanecemos en completo silencio hasta que mi madre decide romperlo.

—¿Me puedes explicar qué ocurrió ayer?

—Nada.

—No puedes negar lo que todos vimos. Madison, quiero una explicación.

—Hice lo que tú me dijiste y Dylan no me trato bien. Sabes que no nos llevamos bien y lo que me dijo no fue muy amable por su parte. Perdón por perder los papeles de esa manera pero no voy a permitir que me trate así.

—Ahora es tu hermano y tienes que llevarte bien con él.

—Hermanastro.

—Lo mismo es —noto en sus palabras un cierto tono que no me está gustando nada—. ¿No puedes llevarte bien con él, tan difícil es?

—Sí, mamá. Sí lo es.

Me levanto bruscamente de la mesa y salgo corriendo hacia la puerta del restaurante. Escucho la voz de mi madre por detrás cuando llego al vestíbulo y me detengo inmediatamente.

—Lo has conseguido, nos vamos a casa. Haz la maleta —está muy cabreada—. El taxi no va a tardar en llegar, te esperamos abajo.

Regreso a la habitación y recojo todo rápidamente con la mirada de mi prima sobre mí. Se levanta de un salto de la cama y me abraza por detrás.

—¿Te vas ya?

Asiento con lágrimas todavía en los ojos.

—Llámame cada vez que lo necesites, aunque esté en Nueva York puedo venir a patear el culo de quien sea necesario —dice atrapándome muy fuerte entre sus brazos.

—Lo tendré en cuenta, gracias.

Coge mi maleta de la cama y me ayuda a llevarla hasta la puerta, la suelta dejándola caer y levanta las manos como si ya me hubiera ayudado lo suficiente. Nos damos el último abrazo y me acompaña hasta el ascensor.

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