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El Verdadero Santa Clos (un cuento de Navidad)

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El viejo Nico se levantó de malas. 

La noche anterior había olvidado su viejo costal rojo en el puesto de su compadre Galileo después de la posada y después de haberse bebido más de medio galón de ponche de guayaba con los de la pastorela de San Juan de Dios.  Ahora andaba de mal humor.  Sabía que su costal no estaría a salvo de las ratas del mercado aún en manos de su compadre Galileo.  Encendió un cigarro en ayunas y caminó hacia el refrigerador de donde extrajo una coca cola de dos litros, dio vueltas a la rosca y le dio un largo trago seguido de un fuerte eructo.  Esta cochinada ya no tiene gas, dijo en voz baja, y siguió al baño.  El baño estaba en la azotea, separado de su hogar en aquella vecindad de San Juan de Dios en el centro de Guadalajara.  Desde allí se podía ver el centro histórico en todo su esplendor: la plaza Tapatía y sus fuentes, el Hospicio Cabañas, las magistrales torres de la Catedral, y camuflado entre más edificios de concreto, cuales lomos de mastodontes asfálticos, el famoso mercado de San Juan de Dios, o St. Johnny, de cariño, corazón del mercado negro; epicentro de la piratería tapatía, donde el viejo Nico es Santaclósdurante el mes de diciembre desde hace ya más de veinte años.  El viejo Nico le da un jalón a su Raleigh y avienta el humo con todo y un suspiro.  El frío de diciembre traspasa el suéter de fayuca de la Hilfiger mientras el viejo Nico se sacude en un escalofrío. 

Ahora el viejo está preocupado por su saco rojo, donde guarda todo tipo de obsequios pirata.  Obsequios que le regalan por tomarse fotos con el chiquillero que ya ni cree en él, sino pues para que quede un recuerdo de aquél enorme mall de tercer mundo donde se puede encontrar de todo, desde un ordenador Apple hasta lo último en fragancias europeas: Diors, Herreras, Picassos.  La mayoría de los obsequios vienen de los mismos puesteros quienes le contratan por una hora a la vez para atraer a la gente.  Como al viejo Nicolás no le interesan los ordenadores ni las fragancias, éste los guarda para revenderlos o catafixearlos por juguetes para sus nietos: unos veinte por todos.  El verdadero chiquillero, piensa el viejo, quien no sabe como sus dos únicas hijas salieron tan paridoras.  Putas las dos, al fin, ¿qué se podía esperar?

El viejo Nicolás no tiene hambre porque sigue de mal humor y piensa que será mejor curársela con un vodka con jugo de lima en la cantina de su compa Chololo, en vez de una torta ahogada.  Su traje está encaramado encima de una pila de garras del ropero.  Se va metiendo en él poco a poco, primero el pantalón de lana, rojo con dos franjas negras de mugre en los talones, luego la sudadera Nike que nuca se quita y que aunque es pirata es calientita, y encima, su enorme abrigo rojo abotonado con dos franjas negras de mugre en las muñecas y al último un par de botas negras de alpinista de monte marca llorarás.  Santa Clós camina y se ve en el espejo vertical de una de las puertas de aquél ropero forrado de formica.  Es gordo, de estatura media, tirando a chaparro, tez blanca y barba natural.  El viejo se sonríe con el espejo y luego hace jo-jo-jo mientras se jala la barba amarillenta por los cigarros e hirsuta por la mugre del smog de la ciudad.  El viejo se persigna, se desenreda su larga cabellera plateada mientras baja cuatro pasillos de escaleras y sale a buscar la vida.

Los niños del vecindario ya lo conocen y le hablan por su nombre, Don Nico, buenos días, dice un niño educado.  Buenos días, contesta el hombre.  Más adelante la cosa cambia, en tanto camina por la calle Juan Manuel, la gente de las tienditas y hasta las putas de aparador le saludan con respeto, buenos Dias don Nicolás, dicen ellas.  Por esas calles sí puede fumar, por donde le conocen.  Se cuida de la gente de fuera por lo que pudieran pensar.  No falta el niño provinciano que ande de compras al mayoreo con sus papás y que se quede con la boca abierta al ver a Santaclós fumando.  El viejo siempre ha tenido cuidado de eso.  En tanto se acerca al mercado, cruzando por la adoquinada Plaza Tapatía, el viejo se sonríe con los niños, una foto aquí y otra allá en tránsito, una moneda aquí otra allá.  La gente está muy pobre.  Nico abre su abrigo y mete la mano donde una bolsa secreta esconde las monedas que le van pagando por tomarse fotos.  Un par de rapacejos caminan detrás de él burlándose y diciendo todo tipo de majaderías.  ¡Viejo pirata!  Dice uno, el viejo sonríe.  ¡Sanchoclós!  Dice el otro y el viejo sonríe aunque por dentro, detrás de aquél disfraz les miente su madre.  Está acostumbrado a la juventud majadera que nunca creyó en nada, ni en el Niñito Dios ni en nada y los justifica, ¡sabe Dios como han de haber estado de pobres cuando niños!  ¡Pobres imbéciles! 

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