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MAGICA FE_ J.J. BENITEZ
Wattcode: 81939

2

J. J. BENÍTEZ
MÁGICA FE

http://www.planetabenitez.com/main.htm
A Mágica Fe (hija de Giovanni Carella), Milu (señora
que fue de Pepe García Martínez), Javier (hijo de
Emilio Carnicero), Maritxu Güller (la bruja buena de
Ulía), Andreas Faber Kaiser (amigo y hermano) y al
buen Dios, que bombearon ideas desde el otro lado y
durante los 126 días que necesité para pintar la fe.
Río Jordán
SÓLO PRETENDÍA SOÑAR
Hayyim no replicó. Estudió la propuesta y, durante unos segundos, se limitó a
acariciar la plateada palanca del cambio de marchas. Y el Mercedes, ronroneando
fielmente, se unió a mi espera.
A unos cientos de metros, un río Jordán turbio y preñado de lluvias arrastraba su
historia con prisas. Para alcanzarlo sólo había que salvar aquellas cenicientas y
caracoleantes dunas y, naturalmente, el oxidado laberinto de alambres espinosos
que las coronaba.
Hayyim, el guía, complaciente y decidido, acostumbrado a mis irregulares
exploraciones, puso en movimiento el pesado turismo, adentrándose en el arenal y
sorteando los restos de alambradas y trincheras.
Mi petición, sencilla en apariencia, fue puntualmente comprendida. Tras una
agotadora jornada en los rojos acantilados que amurallan el mar Muerto, siempre a
la búsqueda de un indicio, de un color o de una sensación que pudieran hablarme
de Jesús de Nazaret, había experimentado la irrefrenable necesidad de caminar
junto al Jordán. La tarde de primavera escapaba violeta y apacible hacia las
cumbres de Moab. Y quise recibir al crepúsculo en la soledad de unas aguas que, sin
iluda, sabían más que yo, del Hijo del Hombre. Solo pretendía soñar. Imaginar a mi
admirado Jesús entre los verdes abanicos de juncos. Escuchar el aleteo de su manto
al viento. Y quizá, quién sabe, el eco de su voz profunda y acariciadora, acallando
mis propias ansiedades.
Y el Mercedes, adivinando un camino inexistente, prosiguió el penoso cabeceo
entre las dunas.
Y de pronto, en una perdida torreta militar, alguien dibujó unos brazos en alto.
Hayyim frenó con brusquedad. Escrutó la convulsiva silueta pero, a excepción del
amenazante fusil, el mensaje resultó indescifrable. Y echando pie a tierra prestó
atención a los gritos del centinela.
El vocerío, en hebreo, fue breve. La figura bajó el arma y el guía, hierático y
mudo, giró sobre los talones. Y lo hizo como un autómata, con lentos y estudiados
movimientos.
No supe qué pensar. ¿Habíamos penetrado en una zona prohibida?
Hayyim permaneció con la mirada fija en el sendero recorrido.
Finalmente reaccioné. Abrí mi portezuela y, cuando me disponía a saltar del
vehículo, la imperativa voz del judío me paralizó:
-¡Quieto! ¡No te muevas...! ¡Estamos sobre un campo de minas!
Cuando se desplomó en el asiento, un aparatoso sudor empañaba sus lentes. Y
sin perder la compostura apagó el motor. Limpió las gafas. Enjugó frente y sienes, y
supongo, continuó pensando a gran velocidad.
Lo observé con curiosidad. Aunque no puedo negar que el miedo tambi...

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