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MAGICA FE_ J.J. BENITEZ
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J. J. BENÍTEZ
MÁGICA FE http://www.planetabenitez.com/main.htm A Mágica Fe (hija de Giovanni Carella), Milu (señora que fue de Pepe García Martínez), Javier (hijo de Emilio Carnicero), Maritxu Güller (la bruja buena de Ulía), Andreas Faber Kaiser (amigo y hermano) y al buen Dios, que bombearon ideas desde el otro lado y durante los 126 días que necesité para pintar la fe. Río Jordán SÓLO PRETENDÍA SOÑAR Hayyim no replicó. Estudió la propuesta y, durante unos segundos, se limitó a acariciar la plateada palanca del cambio de marchas. Y el Mercedes, ronroneando fielmente, se unió a mi espera. A unos cientos de metros, un río Jordán turbio y preñado de lluvias arrastraba su historia con prisas. Para alcanzarlo sólo había que salvar aquellas cenicientas y caracoleantes dunas y, naturalmente, el oxidado laberinto de alambres espinosos que las coronaba. Hayyim, el guía, complaciente y decidido, acostumbrado a mis irregulares exploraciones, puso en movimiento el pesado turismo, adentrándose en el arenal y sorteando los restos de alambradas y trincheras. Mi petición, sencilla en apariencia, fue puntualmente comprendida. Tras una agotadora jornada en los rojos acantilados que amurallan el mar Muerto, siempre a la búsqueda de un indicio, de un color o de una sensación que pudieran hablarme de Jesús de Nazaret, había experimentado la irrefrenable necesidad de caminar junto al Jordán. La tarde de primavera escapaba violeta y apacible hacia las cumbres de Moab. Y quise recibir al crepúsculo en la soledad de unas aguas que, sin iluda, sabían más que yo, del Hijo del Hombre. Solo pretendía soñar. Imaginar a mi admirado Jesús entre los verdes abanicos de juncos. Escuchar el aleteo de su manto al viento. Y quizá, quién sabe, el eco de su voz profunda y acariciadora, acallando mis propias ansiedades. Y el Mercedes, adivinando un camino inexistente, prosiguió el penoso cabeceo entre las dunas. Y de pronto, en una perdida torreta militar, alguien dibujó unos brazos en alto. Hayyim frenó con brusquedad. Escrutó la convulsiva silueta pero, a excepción del amenazante fusil, el mensaje resultó indescifrable. Y echando pie a tierra prestó atención a los gritos del centinela. El vocerío, en hebreo, fue breve. La figura bajó el arma y el guía, hierático y mudo, giró sobre los talones. Y lo hizo como un autómata, con lentos y estudiados movimientos. No supe qué pensar. ¿Habíamos penetrado en una zona prohibida? Hayyim permaneció con la mirada fija en el sendero recorrido. Finalmente reaccioné. Abrí mi portezuela y, cuando me disponía a saltar del vehículo, la imperativa voz del judío me paralizó: -¡Quieto! ¡No te muevas...! ¡Estamos sobre un campo de minas! Cuando se desplomó en el asiento, un aparatoso sudor empañaba sus lentes. Y sin perder la compostura apagó el motor. Limpió las gafas. Enjugó frente y sienes, y supongo, continuó pensando a gran velocidad. Lo observé con curiosidad. Aunque no puedo negar que el miedo tambi... Show full text: 382,576 characters
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