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LA GLORIA DEL OLIVO_ J.J. BENITEZ
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LA GLORIA DEL OLIVO - J.J. BENÍTEZ CIUDAD DEL VATICANO 04 horas 30 minutos Aquélla era otra de sus costumbres. Un hábito que ni ella misma podía explicar satisfactoriamente. Se sentía segura bajo el dintel de las puer-tas. Y era así como gustaba ejercer su autoridad. Y como cada madru-gada, desde que fuera reclamada para cuidar de los «pucheros» del Papa, sor Juana de los Ángeles se detuvo en el umbral. Parpadeó in-quieta y, al punto, tras un minucioso vuelo de inspección por la des-ahogada e inmaculada cocina, sus achinados ojos grises se dulcificaron, recuperando la tonificante luminosidad que tanto agradecían sus her-manas de congregación. Todo parecía en orden. A primera vista, todo se hallaba bajo control, al menos en aquellos apartados aposentos del ala este del Palacio Apostólico. Pero la nueva jornada apenas si acaba-ba de despuntar. En una hora -a las 05.30- el viejo, fiel y nacarado despertador de Cracovia alertaría al Santo Padre. El fugaz campanilleo -que jamás había traspasado la frontera de los diez segundos- precede-ría al casi simultáneo encendido de la mayor parte de las ventanas de aquella tercera planta. Era el comienzo oficial del nuevo día. Media hora más tarde -poco más o menos hacia las seis-el Papa celebraría su pri-mera «audiencia». Sesenta minutos de recogimiento. Sor Juana sabía de la importancia de esta «hora con Dios» y de su modesta pero vital contribución a que todo en la capilla privada se hallara en armonía y de acuerdo con los severos gustos de su admirado Pontífice. A las 07 horas se iniciaría la misa. En cuanto a los invitados al posterior desayuno, ésa sí era una batalla perdida. A pesar de su machacona y lógica insisten-cia, Siwiz, el primer secretario particular, continuaba encogiéndose de hombros cada vez que era interrogado por la religiosa. En realidad, tan-to sor Juana como el fiel polaco y hombre de confianza del Papa sabían muy bien que esa cuestión era una de las pocas que escapaban al rigo-rismo doméstico que impregnaba la «casa» del Pontífice. Todo depen-día del humor, de la curiosidad o de los íntimos e inescrutables pensa-mientos del Santo Padre. Una vez finalizada la misa -a eso de las 07 horas y 45 minutos-, era el propio Papa quien, tras saludar y departir brevemente con la treintena de hombres y mujeres que le había acom-pañado en el Santo Sacrificio, procedía a seleccionar a los invitados que deberían compartir la colación. Pero esos momentos estaban aún por llegar... Y sor Juana, desde el umbral, fue a centrar su atención en lo que real-mente importaba. Con la destreza de un malabarista, sin asomo de duda, los. rollizos y sonrosados brazos de sor Gabriela seguían danzando incansables sobre las bandejas de madera que se alineaban en la rojiza mesa de pino. Y mentalmente, salpicando la vajilla con rápidos y nerviosos toques de sus dedos, fue pasando revista a los elementos que daban cuerpo al desayuno del Santo Padre y de sus imprevisibles acompañantes: zumo de uva negra, panecillos re... Show full text: 640,366 characters
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