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LA REINA DE LOS CONDENADOS
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LA REINA DE LOS CONDENADOS
Yo soy el vampiro Lestat. ¿Me recordáis? El vampiro que llegó a ser una superestrella del rock, el que escribió su autobiografía. El de pelo rubio y ojos grises, el de insaciables deseos de hacerse visible y famoso. Me recordáis. Quise ser un símbolo del mal en un siglo iluminado en donde el mal (en el sentido estricto de la palabra) que soy yo no tiene lugar. Me imaginé incluso que, de esta forma, haría algún bien: jugando a ser el diablo en el escenario. La última vez que hablamos acababa de empezar algo con buen pie. Acaba de debutar en San Francisco: era el primer «concierto en vivo» que realizaba con mi banda mortal. Nuestro disco tuvo un enorme éxito. Mi autobiografía lograba tratar dignamente tanto con los muertos como con los no-muertos. Entonces ocurrió algo completamente inesperado. Al menos, yo no lo había previsto. Y, cuando os dejé, mi vida colgaba de un hilo, por decirlo de alguna manera. Bien, todo ha acabado ahora, todo lo que siguió. He sobrevivido, evidentemente. No estaría hablando con vosotros si no fuera así. Por fin el polvo cósmico se ha posado; y el pequeño desgarrón en el tejido mundial de creencias racionales ha sido enmendado, o al menos zurcido. Por todo lo cual, estoy un poco más triste, soy un poco más desconfiado y también un poco más consciente. También soy infinitamente más poderoso, aunque el humano que hay en mi interior está más cerca que nunca de la superficie: un ser angustiado y hambriento que ama a la vez que detesta este caparazón invencible e inmortal en el cual está encerrado. ¿La sed de sangre? Insaciable, aunque físicamente nunca la necesité menos. Creo que podría existir sin ella por completo. Pero el deseo que siento por todo lo que anda me dice que tal cosa nunca va a ser puesta a prueba. Ya sabéis, nunca fue sólo la necesidad de sangre, aunque la sangre es lo más sensual de todo lo que una criatura pueda desear; es la intimidad del momento (beber, matar), el gran baile cuerpo a cuerpo que se danza cuando la víctima se debilita y yo siento que me dilato, engullendo la muerte que, por una fracción de segundo, arde con tanta magnitud como la vida. Sin embargo, es una ilusión de los sentidos. Ninguna muerte puede durar tanto como una vida. Y ése es el motivo por el cual continúo tomando vidas, ¿no? En estos momentos, estoy más lejos que nunca de toda salvación. El hecho de que lo sepa, sólo empeora las cosas. Por supuesto, aún puedo pasar por humano; todos nosotros podemos, de un modo u otro, por más vetustos que seamos. Cuello para arriba, sombrero para abajo, gafas oscuras, manos en los bolsillos..., con eso basta por lo general para hacer el efecto. Ahora bien, como disfraz prefiero las chaquetas de piel fina, los vaqueros apretados y un simple par de botas negras que sirvan para andar por cualquier terreno. Pero, de vez en cuando, me visto con las sedas de fantasía de que gusta tanto la gente de los c... Show full text: 1,214,146 characters
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