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Lostrego 2

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XI




¿Quién iba a tener el coraje de protestar públicamente por lo que estaba sucediendo en Akelberg? Carla y Frieda lo habían presenciado, y contaban con Ilse König como testigo, pero ahora necesitaban un abogado. Ya no había representantes elegidos democráticamente, todos los diputados del Reichstag eran nazis. Tampoco había auténticos periodistas, solo aduladores serviles. Todos los jueces habían sido designados por los nazis y estaban al servicio del gobierno. Carla nunca había sido consciente de la medida en que había vivido protegida por los políticos, los periodistas y los abogados. Sin ellos, comprendía ahora, el gobierno podía hacer cuanto le placiera, incluso matar a personas.

¿A quién podían recurrir? El admirador de Frieda, Heinrich von Kessel, tenía un amigo que era sacerdote católico. «Peter era el chaval más inteligente de mi clase —les había dicho—, pero no el más popular, quizá por su rectitud y su terquedad. Pero creo que os escucharía.»

Carla creía que valía la pena intentarlo. Su pastor protestante las había ayudado hasta que la Gestapo había conseguido aterrarlo y silenciarlo con sus amenazas. Era posible que volviera a ocurrir eso. Pero no sabía qué más podía hacer.

Heinrich acompañó a Carla, Frieda e Ilse a la iglesia de Peter, en Schöneberg, a primera hora de la mañana de un domingo de julio. Heinrich se había puesto un traje negro muy elegante; las tres chicas llevaban el uniforme de enfermera pues parecía inspirar confianza y seriedad. Entraron por una puerta lateral y se dirigieron a una sala pequeña y polvorienta en la que había varias sillas viejas y un armario ropero grande. Allí encontraron al padre Peter solo, rezando. Debía de haberles oído entrar, pero siguió arrodillado un minuto antes de levantarse y darse la vuelta para saludarlos.

Peter era alto, delgado y de facciones discretas, y llevaba el pelo pulcramente cortado. Carla calculó que tendría veintisiete años, si era de la generación de Heinrich. Él los miró con expresión ceñuda, sin molestarse en ocultar su irritación por haber sido importunado.

—Me estoy preparando para la misa —dijo con voz severa—. Me complace verte en la iglesia, Heinrich, pero ahora debéis marcharos. Os veré después.

—Se trata de una emergencia espiritual, Peter —dijo Heinrich—. Siéntate, tenemos que contarte alto importante.

—Difícilmente puede ser más importante que la misa.

—Lo es, Peter, créeme. En cinco minutos me darás la razón.

—Muy bien.

—Esta es mi novia, Frieda Franck.

Carla se sorprendió. ¿Frieda era ahora su novia?

—Mi hermano pequeño nació con espina bífida —dijo Frieda—. Hace unos meses lo trasladaron a un hospital de Akelberg, en Baviera, para someterlo a un tratamiento especial. Poco después recibimos una carta en la que nos informaban que había muerto de apendicitis.

Se volvió hacia Carla, quien prosiguió con el relato.

—Mi criada tenía un hijo que había nacido con una lesión cerebral al que también trasladaron a Akelberg. Recibió una carta idéntica el mismo día.

Peter abrió las manos en un gesto que daba a entender que aquello no le parecía nada extraordinario.

—Ya he sabido de casos similares. Es propaganda antigubernamental. La Iglesia no se inmiscuye en la política.

Menuda patraña, pensó Carla. La Iglesia estaba metida hasta el cuello en la política. Pero prefirió pasar por alto aquel comentario.

—El hijo de mi criada no tenía apéndice —prosiguió—. Se lo habían extirpado dos años antes.

—Por favor —dijo Peter—. ¿Qué demuestra

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