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Lhegolas

on Oct 05, 2007
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Leyendas de la Dragonlance. Vol. 3 El Umbral del Poder

1


LEYENDAS DE LA DRAGONLANCE
Volumen III
EL UMBRAL DEL PODER
Margaret Weis - Tracy Hickman
Traducción: Marta Pérez
Poemas: Michael Williams

A mi hermano, Gerry Hickman, quien me enseñó cómo debe ser una relación
fraternal.
Tracy Hickman
A Tracy, con mi más efusivo agradecimiento por haberme permitido entrar en
su mundo.
Margaret Weis

Título original:
Dragonlance Legends™ - Test of the Twins
© TSR, Inc. 1986
All righls reserved
«Dungeons & Dragons®, D&D® y Dragonlance®»
son marcas registradas por TSR® Hobies, Inc.
Derechos exclusivos de la edición en lengua castellana:
Editorial Timun Mas, S.A. 1988
Castillejos, 294. 08025 Barcelona
ISBN: 84-7722-184-7 (obra completa)
ISBN: 84-7722-187-1 (volumen III)
Depósito legal: B. 9.911-88
Emegé Industrias Gráficas, S.A.

LIBRO I
El mazo de los dioses
Como un afilado acero, el clarín rasgó el aire otoñal, mientras los
ejércitos enaniles de Thorbardin avanzaban hacia los llanos de Dergoth para
enfrentarse con sus enemigos, sus hermanos. Varias centurias de odio e
incomprensión entre los habitantes de las colinas y sus parientes de las
montañas se vertieron, en forma de sangre, sobre la planicie. La victoria, una
meta que nadie perseguía, se convirtió en algo absurdo, carente de sentido.
Vengar agravios cometidos mucho tiempo atrás por los ancestros de ambos
bandos, por criaturas muertas y olvidadas, era la finalidad común: matar,
destruir, ése fue el objetivo de la guerra de Dwarfgate.
Fiel a su palabra, Kharas, el héroe de los enanos, batalló en defensa de
su rey. Barbilampiño, inmolada su barba como símbolo de la vergüenza que le
producía luchar contra quienes consideraba sus parientes, se situó a la cabeza
de las tropas y sollozó, desconsolado, mientras abatía a quien se ponía al alcance
de su mazo. Cada vez que asestaba un golpe mortal se repetía, sin
poder evitarlo, que el término «triunfo» se había tergiversado hasta
transformarse en sinónimo de aniquilamiento. Vio caer los estandartes de los
dos grupos rivales, mezclarse con el fango y yacer mancillados en la llanura
cuando el ansia de desquitarse, en una marea sanguinolenta, dominó a los
contendientes. Comprendió que fuera quien fuese el ganador todos habían de
perder, así que desechó su pertrecho, aquella portentosa herramienta
confeccionada bajo los auspicios de Reorx, su dios, y abandonó el campo.
Muchas fueron las voces que lo tildaron de cobarde. Si Kharas las oyó,
fingió ignorarlas. Su corazón conocía el significado de aquel acto; no
necesitaba escuchar a quienes calificaban su conducta sin entenderla.
Derramando amargas lágrimas, limpiándose las manos de la savia vital de sus
congéneres, buscó entre los cadáveres los cuerpos exánimes de los dos
amados hijos del rey Duncan. Cuando los hubo encontrado, arrojó sus restos
mutilados, despedazados, sobre la grupa de un caballo y se alejó de los llanos
de Dergoth en dirección a Thorbardin.
Muy pronto, Kharas interpuso distancia, pero no la suficiente para que
no llegaran a sus tímpanos las llamadas a la venganza, el estrépito del acero,
los gritos de los moribundos. No volvió la mirada, pero sabía que aquellos
sonidos retumbarían en su memoria hasta el fin de sus días.
A lomos de un segundo corcel que halló en las inmediaciones suelto,
perdido su jinete, cabalgó hacia las Montañas Kharolis. En el instante en que
recorría sus estribaciones, impregnó el ambiente un fantasmal zumbido, un eco
ominoso que hizo piafar a su montura. El consejero detuvo el caballo y le acarició
la testuz, deseoso de sosegarlo, mientras oteaba, inquieto, su entorno.
¿Qué había sido aquello? No era uno de los ruidos propios de la guerra ni,
desde luego, lo había originado la naturaleza.
Ahora sí giró el rostro. El estampido procedía de las tierras de las que
acababa de desertar, del paraje donde los enanos se sometían a una cruenta
matanza mutua en nombre de la justicia. Aumentó la magnitud del singular
fragor; sus notas sordas, amenazadoras, adquirieron un volumen de pésimo
augurio. El héroe se estremeció y bajó la cabeza al acercarse el temible rugido,
semejante a un trueno brotado de las entrañas del mundo.
«Es Reorx quien lo provoca -aventuró, aterrorizado-. Nuestra
divinidad manifiesta así su ira, nos anuncia que estamos condenados.»
La onda sónica se propagó hasta agredir a Kharas como una ventolera
tórrida, abrasadora y pestilente, que, en su arremetida, casi le arrancó de la
silla. Nubes de arena y polvo le envolvieron, metamorfoseando el día en una
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