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Lhegolas

on Oct 05, 2007
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Leyendas de la Dragonlance. El Templo de Istar

1


LEYENDAS DE LA DRAGONLANCE
Volumen I
EL TEMPLO DE ISTAR
Margaret Weis - Tracy Hickman
Traducción: Marta Pérez
Poemas: Michael Williams Ilustración de cubierta: Ernesto Meló
TIMUN MAS
A Samuel G. y Alta Hickman
A mi abuelo, que me zarandeaba en el lecho de una manera nuy especial, y a mi abuela y niñera,
que siempre fue tan orudente. Gracias por los cuentos relatados en la cama, por la vida, por el amor
y por la historia. Siempre perduraréis.
Tracy Raye Hickman
Este libro, que trata de los vínculos físicos y espirituales que unen a los hermanos, sólo puedo
dedicarlo a una persona: mi hermana. A Terry Lynn Weis Wilhelm, con amor.
Margaret Weis
Título original:
Dragonlance Legends™ - Time of the Twins
©TSR, Inc. 1986
Ali rights reserved
«Dungeons & Dragons®. D&D8 y Dragonlance®»
son marcas registradas por TSR® Hobies, tnc.
Derechos exclusivos de la edición en lengua castellana:
Editorial Timun Mas, S. A. 1988
Castillejos, 294. 08025 Barcelona
I.S.B.N. 84-7722-184-7 (obra completa)
I.S.B.N. 84-7722-185-5 (volumen I)
AGRADECIMIENTOS
Queremos expresar nuestro sincero reconocimiento a las siguientes personas: Michael Williams,
por sus espléndidos poemas y muestras de amistad.
Steve Williams, por sus magníficos mapas.
Patrick Price, por sus útiles consejos y ponderadas críticas.
Jean Black, nuestra editora, que tuvo fe en nosotras desde el comienzo.
Valerie Valusek, por sus exquisitas plumas. Ruth Hiyer, por los diseños.
Roger Moore, por los artículos DRAGÓN® y la historia de Tasslehoff y el mamut lanudo.
El equipo Dragonlance TM: Harold Johnson, Laura Hickman, Douglas Niles, Jeff Grubb,
Michael Dobson, Michael Breault, Bruce Heard.
Los artistas del CALENDARIO DRAGONLANCE 1987: Clyde Caldwell, Larry Elmore, Keith
Parkinson y Jeff Easley.
El encuentro
Una figura solitaria caminaba sigilosa hacia la distante luz. Nadie podía oírla, el eco de sus
pisadas era absorbido por la vasta negrura que la rodeaba. Bertrem se abandonó a una momentánea
turbación al contemplar las interminables hileras de libros y pergaminos que formaban parte de las
Crónicas de Astinus y narraban la historia de su mundo, la historia de Krynn.
«Es como ser engullido por el tiempo», pensó con un suspiro, mientras observaba los silenciosos
documentos. Cruzó su mente un repentino deseo de ser transportado a un lugar lejano, donde no
tuviera que afrontar la ardua tarea que le aguardaba.
«Estos volúmenes contienen toda la sapiencia del orbe -se dijo en actitud meditabunda-. Sin
embargo, nunca hallé un indicio capaz de facilitarme la intrusión en la mente de su autor. »
Bertrem se detuvo junto a la puerta a fin de asumir el valor necesario. Sus ondeantes ropajes de
Esteta se ordenaron en torno a su figura, cayendo en pliegues correctos y regulares. No obstante, su
estómago rehusó seguir el ejemplo de la túnica y daba violentos saltos en sus entrañas. Se acarició
con la mano el cuero cabelludo, un gesto nervioso y evocador de una época en que la elección de su
oficio aún no le había costado la pérdida de sus cabellos.
«¿Qué le preocupaba?», se preguntó desalentado; aparte, por supuesto, del respeto que le
infundía entrar a ver al Maestro, algo que no había hecho desde... desde... Un escalofrío recorrió su
cuerpo. En efecto, desde que el joven mago estuviera a punto de morir en el umbral de la Gran
Biblioteca durante la última guerra.
Guerra... cambios, eso era lo que había significado. Al igual que su ropa, el mundo parecía
haberse apaciguado en su derredor, pero presentía nuevas metamorfosis, como le ocurriera dos años
atrás. Deseaba poder impedirlas...
Bertrem volvió a suspirar. «No voy a impedir nada si me quedo plantado en la oscuridad», se
amonestó. Se sentía incómodo, como si lo acechara una horda de fantasmas. Una brillante luz
refulgía al otro lado de la puerta, esparciéndose por las rendijas hacia el vestíbulo. Tras lanzar una
fugaz mirada a las sombras de los libros, pacíficos cadáveres que reposaban en sus tumbas, el Esteta
accionó el picaporte y penetró en el estudio de Astinus de Palanthas. Aunque estaba dentro, éste no
le habló, ni siquiera alzó la vista.
Atravesando con paso comedido la rica alfombra de lana de oveja que yacía extendida sobre el
suelo marmóreo, Bertrem fue a detenerse ante el gran escritorio de madera bruñida. Durante unos
minutos no despegó los labios, absorto en la contemplación de la mano con que el historiador
guiaba la pluma de uno a otro lado del pergamino, a un ritmo rápido y regular.
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