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Cuentos aztecas

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Cuentos Aztecas Amor, guerra, muerte y gloria en tiempos de los mexicas

 

Rubén Claver Nevado

A mis padres y mi hermano, por su paciencia y dedicación, a Gary Jennings, por escribir Otoño Azteca, novela que me inspiró y me acercó como nunca al mundo azteca.

INDICE: - Cuento de un amor azteca ----------------------------------- página 1. - La niña de los ojos de jade ---------------------------------- página 7. - Detrás de las sombras ---------------------------------------- página 12. - Cuento del más allá ------------------------------------------- página 18.

 

Cuento de un amor azteca

¿Te has dado cuenta de que nos conocemos desde que éramos unos mocosos, Itzqiahuitl? Estoy segura de que sientes por mí lo mismo que yo siento. Casémonos, y tengamos hijos que honren a los Dioses. Era aún temprano, en la mañana del décimo tercer día Cempoalli ihuan CeMalinalli, 21 Hierba, del mes el Árbol es Levantado en el año Nueve Conejo cuando el Huey Tlatoani de los mexica, Moctezuma Illuicamina “El Furioso Señor que saetea el Cielo”, convocó al ejército en el cuartel de Moyotlan. Después, con el lejano canto de las primeras aves del Lago, partieron por el camino-puente de Tepeyac, en dirección al sur, y ya en la tierra firme se perdieron entre la niebla. Encabezada por el propio Moctezuma y las tres órdenes de caballeros, Jaguar, Águila y Flecha, el vasto contingente se movió rápido a través de las tierras verdes salpicadas de rocío, bajo las innumerables lanzas,

 

jabalinas y estandartes de vistoso colorido que imitaban las púas del huitzlaiuachi, hasta llegar por fin a la tierra de sus enemigos irreconciliables, los Texcaltecame. Enfrente, al otro lado de la solitaria colina en la que se habían detenido se levantaba un bosque frondoso y ancho. El Huey Tlatoani envió unos pocos exploradores, y cuando regresaron, al cabo de poco tiempo, uno de ellos dijo: - Mi Señor, no hay rastro del enemigo, al menos en estos llanos y en el comienzo del bosque. Tal vez se lo haya pensado mejor y... Moctezuma apartó la mirada del guerrero y replicó: - Mmm, puede que esos perros sean insolentes, pero jamás oí hablar de un texcalteca cobarde. Ten por seguro, tequiua, que no estarán con los brazos cruzados. Dicho esto ordenó a los Campeones Flecha que se adelantaran cincuenta pasos y se apostaran a un lado del bosque, cerca de donde se abría un angosto sendero. Luego ordenó a los diferentes cuachictin que condujeran a sus tropas a lo largo del llano, casi tan alejados de la colina como los arqueros, y por último movilizó en abanico a los Caballeros Águila y Jaguar para que diesen cobertura a los demás guerreros. Mientras tanto, el cielo se había ido poco a poco cubriendo con un manto de amenazantes nubarrones, y minutos después comenzó a llover. Con un gesto, el Huey Tlatoani indicó a los Campeones Flecha que se preparasen para lanzar una primera batería sobre los árboles. Los guerreros tensaron sus arcos, y apuntaron hacia la bóveda de árboles. A su lado, el pendón de plumas que normalmente les revelaba la dirección hacia la que Ehecatl soplaba su trompeta de viento luchaba ahora por no salir volando bajo la creciente tormenta; y es que era tal la fuerza del viento y del agua que caía de las jarras de los Tlaloque que por un momento los Caballeros temieron que las flechas cayeran abatidas. Pero no fue así, y poco después se perdieron tras la oscura foresta, emitiendo un agudo chillido que luego se tornó en aullido, y no precisamente de coyotin. Los Caballeros lanzaron de nuevo sus flechas y Moctezuma, desde la colina, gritó a los cuachictin: - ¡Prended a los que salgan de la maleza!¡Que no se acerque ninguno! El grueso del ejército avanzó deprisa para interceptar a los primeros texcaltecame que salían a la vista, al tiempo que los Campeones Flecha volvían a lanzar una nueva batería. Arriba, los Tlaloque golpeaban cada vez con mayor fuerza sus jarras de lluvia, tanto que los estruendos reverberaban en todo el paraje, en medio del tempestuoso mar vertical. En el montículo, el Huey Tlatoani creyó oír de pronto pasos que se aproximaban. Preocupado, llamó a unos pocos Campeones y guarniciones que había en la retaguardia del ataque y entonces él y todos los demás

 

clavaron los ojos en la tenebrosa cortina de agua que rodeaba la colina. Al otro lado de aquélla vieron muchas siluetas que se acercaban con rapidez. De repente se detuvieron, y tanto ellas como Moctezuma y los suyos permanecieron quietos, en silencio. Entonces, con un sonido casi enmudecido por los truenos y el aguacero, muchas saetas surgieron de la penumbra y derribaron a una docena de yaoquizquin y otros guerreros de mayor rango. - ¡Emboscada!- gritó un Caballero Jaguar, y antes de que volvieran a atacar bajaron la colina a toda velocidad. Más tarde también se les unirían los guerreros del bosque, pero después de un rato considerable, pues tuvieron que aventar las jabalinas con sus bastones atlatin más de una vez ya que bastantes texcaltecame corrían despavoridos como si acabasen de ver a la Mujer Llorona Chicociuatl. Lentamente, la tormenta iba apaciguándose y pronto los dulces rayos de Tonatiuh ocuparían su lugar. En la batalla, un joven iyac llamado Itzqiahuitl luchaba con valentía decapitando a diestra y siniestra con certeros golpes de su espada maquahuitl, pero de pronto, sin saber por qué, cayó a la hierba húmeda. Uno de los acuchilladores mexica, creyendo que agonizaba, se le acercó para acabar con su sufrimiento. Pero antes de que llegara el iyac se dio la vuelta hacia él, sin tener conciencia plena de lo que estaba pasando, y con los ojos casi fuera de sus órbitas, murmuró algo: Atl-Ameyatl. Aquello no disuadió al acuchillador, que siguió caminando hacia él; sin embargo nada pudo hacer, porque una flecha perdida fue a parar súbitamente a su pecho, y cayó muerto a escasos metros de Itzqiahuitl. Éste continuó tumbado en el suelo, turbado en su pensamiento, y con el corazón latiéndole violentamente, pero al menos en esa posición se veía libre de las maquahuime y las otras armas texcalteca. Al cabo de un rato, su garganta lanzó un grito que repetía lo mismo que antes, pero apenas fue audible en medio del tumulto de la batalla. Afortunadamente, dos acuchilladores lo advirtieron y acudiendo al lugar de donde venía, vieron al joven iyac aún con vida. Llamaron a un ticitl, y éste ordenó que lo llevaran fuera del combate, a un árbol que había cerca. - No tiene heridas graves, pero está como xolopitli- informó uno de los acuchilladores. El ticitl, Cipactli, observó a Itzqiahuitl durante un momento y luego preguntó: - ¿Cuál es tu nombre y tu rango, joven guerrero? - Ss...soy el iyac Ll...Lluvia de Obsidiana. - ¿Y de dónde eres, Itzqiahuitl? Éste tragó saliva con dificultad y contestó:

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