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El brazo y el lienzo

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Odio a Picasso. Odio mi brazo sujetando una lámpara en su Guernica para que se satisfaga el sadismo de los hombres. En el último cuadro mi brazo pende sobre una plaza pública. Nadie lo mira, sólo un loco vestido con harapos que simulan un uniforme. Recuerdo la aldea arrasada, los escombros de las chozas milenarias y el viejo que acaba de salir de aquella boca negra abierta en la tierra, viene a mí portando entre las manos casi informes un bracito desgajado, aún sangrante, y me mira sin odio, sin nada y me dice: señor, ¿no ha visto el resto del cuerpo de mi niño?; lo he perdido.

Y ahora, en el cuadro, mi brazo gira y va cambiando de color: primero es tornasolado, y casi idílico el brillo solar en los vellos rubios; luego abismalmente rojo, sí, ha desaparecido la piel, los tendones saltan nerviosamente como la carne de las reses sacrificadas que cuelgan a un lado de la plaza, entre amarillentos papeles de arengas. El brazo queda inerte y violáceo. Los pocos transeúntes cruzan la plaza y se llevan pañuelos a las narices. Bajo el cielo y la luna que pudre los contornos quedan ya unos restos abominables, lucios, albos, de las articulaciones. Debajo hay un grupo de niños con las manos a la espalda. Un cartel, Museo de la prehistoria. Una calavera abre las mandíbulas. Esta voz dio la orden de combate, dice la guía de museo, dice y sus manos aletean entre los niños, dice y los niños se esfuman y en el brazo, entre el cúbito y el radio, se enredan la cadena y la chapilla. He pintado mi brazo rascándome la cabeza, sirviéndome el vino. Lo he pintado acariciando a una mujer de senos semejantes a misiles o cavando la tierra junto a los baobabs enormes, antiquísimos, sacando una pierna aquí, un cráneo allá, formando un cuerpo lúcido de espantajo que envolvemos entre papeles de regalos con la inscripción: de vuelta a casa, Job. Lo he pintado, por supuesto, masturbándome, y ha sido una presencia ajena, extrañamente masculina en mi sexo. Luego expuse en las Galerías del mundo y fui acribillado por las preguntas de reporteras babelianas. ¿Por qué…? Simplemente he puesto en estos lienzos la presencia inescrutable de un espíritu obsesor. No quise fotografías. Todavía recuerdo la foto en que abrazo a dos amigos, todos llevamos uniforme de campaña. Fue nuestra última foto; al día siguiente el enemigo hizo la gran ofensiva, dicen los diarios. Recuerdo los ronquidos alcoholizados del capitán; su voz, un rato antes, su me has mejorado, artista. Lo pinté de cuerpo entero en un cartón medio sucio de la barraca. El capitán estuvo mirándose largo tiempo entre los ruidos de la noche, bajo el candil. Cirios. El capitán mirando al capitán bajo las llamas de los cirios. Por los ojos del capitán del cuadro manaba una resolución imperturbable de héroe. El otro capitán tenía, bajo el candil, el apagado resplandor de la guerra de todos los días. A medianoche sentí sus pasos detenerse a mis pies, percibí su respiración ahora extrañamente asmática. Hubiera podido pintar su respiración. Durante mucho tiempo lo miré con los ojos cerrados y le tuve lástima. Al poco rato se alejó y escuché los ruidos que hacía al acostarse. Y no sé por qué, persiste ahora un tufillo en las caries, en la boca abierta del capitán, en sus ojos de plegaria que la sangre hipnotiza. Dicen que el capitán, rodeado por el enemigo, se despidió gloriosamente de la vida con la única bala que le quedaba al cargador. En ese momento mi cuerpo moría con una violencia irrevocable sobre la yerba calcinada. El brazo y el arma cayeron a treinta pasos, pero en mis sueños de morfina pude ver al capitán, mirando fijamente el cañón de la pistola, que desapareció dentro de su boca con una absurda transparencia fálica, antes de que un dedo se moviera hacia la Moria del gatillo. Dije morfina. Puedo pintar la morfina. Pintar el éter. Después de mi muerte, un crítico suscribió: “Sus cuadros revelan una angustia abismal, una profunda atracción por la muerte. Como en Van Gogh, sus últimas obras demuestran la pérdida del sentido de la fe, el despertar de la locura”. Mis lienzos fueron expuestos y gentes de indudable lucidez se horrorizaron ante mis trozos de sienes regados sobre verdes telas. Pero esta obra gestual fue cuidadosamente meditada. Ahora me duelen las sienes. Nadie está aún preparado para recordarme. Al partir, era un problemático. Ahora soy un problema, un dulce problema de la inmortalidad; parado ante el espejo.: y veo a un hombre muy parecido a lo que debió ser finalmente Goya ante un espejo. Al hombre le falta el brazo derecho. Tiene de mí tan solo esa forma de ladear la cabeza. Entonces pinto de negro al espejo, aunque luego mis padres lleguen y vean al espejo, muerto, y lloren. Secaré sus lágrimas con mi brazo. De todos modos, alguien sabrá que fui recibido con todos los honores, que fui besado por muchachas nunca vistas ni soñadas. Finalmente, bajo una salva de aplausos, me entregaron el trofeo, una caja larga y afelpada donde dormían todos los pinceles. Vi que los que me rodeaban eran de algún modo felices. Para empezar, pinto a mi brazo mandándolos al infierno. Mi brazo izquierdo, con él pintaba y por entonces mis cuadros tenían cierta permanencia. Ahora, para crear, cierro los ojos, y al día siguiente me doy cuenta de que he perdido los lienzos en algún sitio de la casa, quizá tras los espejos, y al levantar mi mano derecha, al mirar esa mano ilógicamente real, siento en el pincel la áspera frialdad de la pistola.

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