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Cuando muere un ruiseñor 1, de Nina R

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Al rey le esperaba más de una sorpresa en este turbio conflicto. Quizás la mayor de todas fuese que su propio primo, Erieon, duque de Emril, era el principal promotor del secuestro de Nerien.

El traidor duque llevaba mucho tiempo confabulando contra su real primo, pese a que tampoco se trataba de un personaje del agrado de este. Pero era de su sangre, por lo que el soberano ya le había pasado por alto demasiados altercados. Lógicamente, lo de esta ocasión sobrepasaba los límites de lo perdonable.

Oscuros y viejos intereses lo habían movido a ello, teniendo su origen cuando su propio padre abdicara hacía sesenta años a favor de su hermano menor, Erthyon, el cual sería más adelante padre de Edner, el actual monarca.

Erieon jamás le perdonó esta debilidad a su progenitor y ahora estaba empecinado en recuperar lo que consideraba que era suyo por derecho, aparte de ciertas antipatías de juventud con su primo. Contaba con el apoyo de los Conspiradores y había accedido a facilitar el secuestro de la princesa a cambio de la liberación de los esclavos de las minas del Norte, para compensarlos por varias de las ofensivas contra la persona de su insigne primo, siendo el duque el principal beneficiario. Al duque le interesaba, obviamente, seguir contando con tan poderosos aliados y viceversa.

 

Erieonse reunió aquella noche con los rebeldes en su refugio secreto, por cuyo paradero hubiera el rey casi dado la vida. Una vez allí, fue conducido ante el líder de los Conspiradores, el mismo al que el monarca debía la muerte de su hermano, entre otros muchos y graves atentados.Le hizo el jefe insurgente la señal de los rebeldes a modo de saludo, consistente en crear la letra «c» con su mano en perfil. Altivo y distante, el duque se apresuró a pedirle información sobre el desarrollo del secuestro, pareciendo importarle muy poco la vida de la princesa. Manifestó su claro deseo de ser el único Nevothenien vivo, legítimo poseedor de la Corona de Lothir para beneficio suyo... y de los insurgentes, claro está.

Estas últimas palabras sonaron a hueco a todos los que se hallaban en el recinto acompañando a su líder. Como si acusara esta desconfianza, hacia ellos fue dirigida la atención del siniestro noble.Vio a unos diez hombres rudos y avezados en muchas batallas, con profundas huellas en sus rostros que manifestaban una vida demasiado dura que ni el propio duque deseaba para sí. Le chocó sobremanera ver entre aquellos fieros guerreros a dos muchachitos flacos y diminutos que desentonaban completamente en el grupo. ¿Qué diablos pintaban en aquella lucha?

—¿Qué hacen esos dos aquí? —quiso saber—. ¿Son de fiar?

—¿De fiar? —se rio el líder rebelde—. No temas, son nuestros Irfend y Oritzen, dos colaboradores provenientes de Corbin y Noried, respectivamente. El primero es un colaborador asiduo, ha participado en numerosos asaltos contra efectivos de tu real primo. Como alborotador, no hay igual. El otro es más pusilánime, hace honor a su apariencia apocada; lleva sólo medio año con nosotros, pero es el principal causante de la muerte de ese capitán tan estimado por el rey, hace dos meses. Entretuvo a la comitiva, permitiendo que esta fuera asaltada. Aún está enfadado porque se le aseguró que no habría sangre… y hubo de verla, y mucha.

Aquello le hizo gracia a Erieon, cuya hosca expresión cambió radicalmente. Acabó por acercarse al mencionado Oritzen, al que miró entre divertido y sonriente. El joven quiso esconderse detrás de su compañero, limitándose a achicarse aún más ante la presencia del vil noble. Pero este acabó por darle unas palmaditas en el rostro, aparentemente cordial:

—Muy bien, chico, muy bien. Aquel perro se lo tenía merecido… Sigue así.

Dicho esto, se retiró de regreso junto al líder rebelde, dándose por fin orden de traer a la princesa a una sala adjunta.

La dejaron sola, atada a una de las vigas de madera que apuntalaban la estancia de roca y tierra. Tres hombres portaban antorchas para que el trasluz le impidiera reconocer a sus captores, pudiendo así Erieon asomarse y recrearse con la escena que tenía por protagonista a la desdichada princesa. Vio en su cuello el colgante de oro con una reluciente piedra azul, justo lo que el rey solicitaba como prueba para empezar a negociar con los Conspiradores. Con un gesto, ordenó a uno de los rebeldes que se lo trajeran. El valioso colgante le fue así arrancado a su portadora y conducido hasta manos del duque, que dio orden inmediata de partida de un mensajero a la Corte para llevárselo al rey.

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