El torero entró corriendo en la plaza. Tras él, reluciente a la luz de la noche, un toro de tamaño imposible hizo añicos la puerta grande y la atravesó hinchándose y deshinchándose como una bota llena de vino.
Tres picadores sin rostro con instrumentos de orquesta acompañaban la escena parados cerca de las barreras. El aliento de los caballos resplandecía con la apariencia humeante de un crisol de hierro colado.
El torero se dirigió hacia el centro del albero. Las centellas del traje de luces parecían estirarse como hilos de araña que lo retenían contra su voluntad. El toro se lanzó hacia él. A pesar del esfuerzo denodado del torero, cada zancada del toro recorría veinte de sus pasos.
La sombra oscura como un tren de mercancías creció a su espalda y, cuando le alcanzó, le volteó por los aires con violencia. El torero recorrió la otra mitad de la plaza sin tocar el suelo.
En vez de quedar aplastado contra la grada, la atravesó y aterrizó sobre hierba caliente.
El río del pueblo sonaba entre los cantos rodados, o quizá era la risa de elfos del bosque. Un grupo de niños esbeltos bajaba rápidamente la orilla y se lanzaba al agua.
El torero se puso en pie. Examinó las magulladuras en las palmas de sus manos, llenas de pequeñas briznas de hierba. Echó a andar hacia el río, apartando los arbustos de la orilla.
Los niños chapoteaban de forma ruidosa en la poza mientras tanteaban el fondo del río con los pies, inseguros de su habilidad para mantenerse a flote.
Un adulto vigilaba río abajo, sentado en una roca, junto a una pila de ropa, repasando el cordaje de las zapatillas. El torero sintió la necesidad repentina de exclamar una advertencia. Luchó contra las ramas de los arbustos, que se revolvían fustigándole con saña, para dejarse ver.
El torero perdió la concentración, resbaló en la hierba húmeda de la orilla y cayó al río.
El río se lo tragó. Se encontró buceando en un océano inmenso, la clase de océano que devora las memorias de los náufragos que son arrojados contra las olas por la tormenta.
Cuando le fallaba la consciencia, sus manos encontraron un asidero. Sacó la cabeza del agua y se quedó aferrado al borde de la piscina, recuperando el aliento. Un grupo de jóvenes de ambos sexos fumaban y tomaban cerveza en una finca privada de aire antiguo.
Estaba cayendo el sol y empezaba a soplar el aire. Los jóvenes se estaban trasladando al interior. El torero, chorreando y con el traje pegado al cuerpo, se alzó sobre el borde de la piscina y los siguio un momento después.
La puerta corrediza estaba entreabierta. El torero entró dejando huellas húmedas en el suelo. El interior estaba a media luz. Era una casa de campaña con fotografías y carteles de corridas y cabezas de toro de prominentes cuernos en las paredes.
Los jóvenes estaban repartidos por parejas entre los sofás y alfombras, entrelazados, hablándose unos a otros en murmullos, demasiado abstraídos para notar la presencia del extraño. Cruzó el salón evitando tropezar con sus pies.
Escuchó un sollozo tras una puerta cerrada. Tendió la mano, que seguía derramando gotas de agua, hacia el pomo. Abrió la puerta de golpe, pero en vez de avanzar él hacia la oscuridad, un mundo cegador salió de ella y le cortó la respiración al chocar contra su pecho.
El torero se apoyó en los postes del cercado mientras recuperaba la vista. Caía una solana de cementerio. Un joven camino ya de la edad adulta se entrenaba tentando una vaca brava.
Una comitiva familiar completa acompañaba la escena: madres, padres, hermanos, hermanas, tíos, cuñados, sobrinos, padrinos, ahijados. La conversación era viva, pero nadie seguía los movimientos en el campo. No muy lejos se reunía en camarilla otra corte de ganaderos y empresarios. A medio camino una muchacha sostenía un ramo de flores, todas blancas, menos una roja que se había colado como un intruso en la composición. La muchacha no parecía interesada en la faena y tenía la mirada perdida en otro lugar.
El joven manejaba el capote con gestos algo rígidos, casi con enfado. En una distracción se llevó un cabezazo y el ayudante corrió a llevarse a la becerra.
La joven recibió una llamada y se separó del grupo para contestarla en privado en las oficinas de la ganadería. El torero, que era el único que la había visto alejarse, caminó a paso vivo en la misma dirección. Entró por un acceso alternativo.


