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Cuentos relámpago

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#IranElection

 

1. 

Navid tenía una pequeña tienda de alimentos en Teherán. La tienda llevaba abierta más de treinta años y había visto una buena parte de la historia reciente del país.

En su tienda se podía encontrar un poco de todo: conservas, patatas, pan, baterías alcalinas, diarios. Por otro lado, su tienda no tenía teléfono, ni radio, ni televisión. Nadir ni siquiera leía los periódicos que vendía. Sus vecinos jóvenes bromeaban con él diciéndole que parecía escapado de un museo.

En un día normal, Navid pasaba las horas sentado tras el contador, mirando la gente que pasaba por la calle. Su tienda no tenía muchos clientes, apenas suficientes para mantenerla a flote, pero Navid era un hombre sencillo y, como toda la gente mayor, se las arreglaba para vivir con poco.

La escasa importancia de su tienda hacía que Navid se sintiera como un discreto observador de la ciudad. Al fin y al cabo, no tenía nada que ganar tomando una parte u otra en los acontecimientos. El viejo tendero prefería observar y escuchar con parsimonia lo que sucedía en la calle. Por ejemplo, le había costado nada menos que once años decidir lo que pensaba acerca de 1979 y, para entonces, ya no le importaba a nadie lo que él opinara.

La gente que conocía a Navid no solía incordiarle mucho por su falta de compromiso. O bien lo consideraban un individuo inofensivo, aunque sospechoso, o un señor sencillo y entrañable al que le faltaba algo de coraje.

 

2. 

El 15 de junio de 2009, Navid estaba dormitando en su silla cuando oyó un gran estruendo de voces que se acercaba por la calle. Consciente de su edad, decidió quedarse esperando sentado donde estaba y no salir de la tienda. Escuchó el ruido, que arreciaba en ráfagas como los azotes de una tormenta, con los ojos abiertos como platos.

Unos minutos más tarde, un gran río de gente empezó a pasar ante la puerta. Navid lo observó con asombro.

Los gritos de la multitud eran ininteligibles, salvo cuando alguien se encontraba justo delante de la tienda. Así que tuvo que hacerse una idea de lo que ocurría por los fragmentos de información que le llegaban al azar. Si Navid no hubiera sido tan viejo, no habría tenido la paciencia necesaria para no asustarse antes haberse enterado bien de qué era lo que estaba pasando.

Un grupo de manifestantes entró en la tienda. El pobre Navid se quedó inmóvil. Por un momento temió que vinieran a causar algún problema. Sin embargo, se limitaron a repetir los mismos coros contra el gobierno y a ponerle en las manos un pañuelo verde, animándole a agitarlo. Navid lo levantó un poco para darles ese gusto y los manifestantes salieron para unirse de nuevo a la multitud.

Pasado un tiempo, Navid miró el pañuelo sobre el contador. Comenzó a plegarlo con cuidado para guardarlo, no fuera a aparecer alguien del partido rival o algún miembro de las milicias. Sus huesos no estaban en condiciones de recibir muchos bastonazos.

 

3. 

A mediodía el ruido de la calle se había transformado del fragor inicial a algunos clamores aislados, sonido de motocicletas, el repicar ocasional de piedras contra el asfalto y las amenazas de los Basij.

Navid podía oír el crepitar de las hogueras y oler el humo de un vehículo quemado.

Alguien se acercó con esfuerzo por la acera. Un par de jóvenes llevaban en volandas a otro que estaba herido. Un arma tableteó en la distancia y los jóvenes decidieron entrar en la tienda para ponerse a cubierto. Dejaron al muchacho herido en el suelo y atisbaron hacia la calle, discutiendo entre sí.

―No es aquí ―decía uno―. Mira. No es aquí, están muy lejos.

―Vayamos por la calle de atrás. Es mejor.

―Sólo es un poco hasta su casa. Por atrás hay más distancia.

―No, ya cruzaremos luego al otro lado. Están disparando a la gente.

―Si nos damos prisa podemos llegar al otro lado antes de que nos vean.

Navid miró al joven herido mientras los otros dos discutían. Tenía las manos llenas de polvo de haberse arrastrado por el suelo y, sobre el polvo, manchas y regueros oscuros de sangre que había manado de sendos cortes, uno en una ceja y otro en la nariz.

Las heridas eran más aparatosas que nada. El joven, sin embargo, no parecía acostumbrado a ver tanta sangre. El trapo que llevaba estaba empapado.

El viejo tendero, al que nadie había prestado atención, le tendió el pañuelo verde que había recibido por la mañana. El joven se acercó a duras penas para alcanzarlo.

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