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Señoras y señores: Es muy triste escribir, pero peor es llorar

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SEÑORAS Y SEÑORES: 

ES MUY TRISTE ESCRIBIR, PERO PEOR ES LLORAR

Fra Ballena

«Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta.» 

 

Horas de invierno  

Mariano José de Larra 

 

CUATRO MOMENTOS DE CLARIVIDENCIA OSCURA

 

UN MANIFIESTO

Como único espectador ante un billón de actores improvisando. 

Como crítico sentado ante una obra previa al propio nacimiento y posterior a la muerte. 

Si ríes junto al cuarto de billón que ríe, ten cuidado: ofenderás al cuarto de billón que llora. 

No tomes partido, mas no abandones ninguno. 

Observándolo todo con ojos de pasado hasta alcanzar el futuro; del presente olvídate, hasta lanzarlo al futuro o diluirlo en el pasado. 

No eres más que un cadáver en potencia de nacer que patea bajo el vientre del cosmos. 

Placentero es el beber, pero sólo después de haber burlado la sed. 

Absurdo es gozar en el agua, huyendo de la sed que te subyuga. 

Dichoso aquél que aprende a tomar por premio todas aquellas pequeñas e insignificantes cosas que otros toman por refugio. 

Bienaventurado aquél que busca la felicidad desde que se levanta hasta que se acuesta, pues más pequeño es su pajar y más brillante la aguja. 

Cada día esconde en sí, tras de sus desleídos actos, al escurridizo pez con sus auríferas raspas; absurdo es quererlo prender en un océano de días: el pez escapa, los años pasan. 

Búscalo cada jornada en su bañera de horas; puede que hoy no lo atrapes, mas mañana nadarán dos peces en el mismo recipiente.

 

NÁUFRAGO URBANO

Hoy te encontré, como, cuando y donde siempre supuse desde que no te buscaba. 

Tus labios, infernal antesala, por un incoloro Aquerón burbujeante eran surcados, con su cítrico Caronte sobre una barca de hielo. 

Sí, yo era el que, a tu lado, pidió también un gin-tonic. 

Tú ignorabas mi existencia; yo acechaba, taciturno y difuso, bebiendo si tú bebías, fumando si tú fumabas, escuchando tus silencios, riendo por dentro en tu risa. 

Feliz, con la felicidad del pueblo sometido al dictador los días en que su selección gana a la de un país libre al fútbol. 

Agazapado, sacrílego y vil, escuchando el delicado compás del mecanismo de tu alma. 

Compungido, como Cuasimodo ante la mariposa. 

Esperando, deseando que tus ojos se entrelazaran con los míos, siquiera sobre la indispensable inexistencia que habita en todo espejo, para así poder sumergirme en tus pupilas, y nadar, y descubrir todo cuanto de subacuático hay en ti, hasta arribar, medio ahogado y maltrecho, suavemente depositado por mis lágrimas, a las vastas y doradas playas de algún parpadear perdido y recostarme a la fresca sombra de tus pestañas. 

Náufrago sin esperanza, aguardando a que la Mmuerte recuerde que con ella estoy citado, tú podrías ser mi isla. 

¿Permites, pues, que te adore, querida desconocida?

MARIANO Y MAR

Algún día, Mariano y Mar, un anillo refulgente os matará. 

Llegará, triunfante y cegador, oculta entre algodones su triste felicidad. Y de pronto, Mar, anidará en tu dedo, y dejarás de existir. Y de pronto, Mariano, te verás con la caja en la mano y el algodón guardando aún el fósil etéreo y terrorífico, la huella del anillo, el ser del anillo, la asfixiante nada del anillo. Y morirás. 

Vuestro funeral será el día más feliz de vuestras vidas. Tu ataúd, Mariano, será incómodo, inmaculadamente negro, de cuello almidonado y flor en un ojal. El tuyo, Mar, será un guiño pícaro y turgente a la moral. Y vuestra tumba será acogedora, cálida en invierno y con amplio espacio vital. Y en la losa sepulcral brillará, orgullosamente ingenua, la plaquita de metal: «Srs. de Serrano». 

No tardarán en llegar los gusanos, probablemente dos, como corresponde a todo panteón decente. Uno será rubito, muy serio y poco hablador. La otra, castaña, melosa y de almohadilladas mejillas. Como buenos administradores, repartiréis dones sobre ellos al cincuenta por ciento, con beneficio fiscal y desgravación de un doce por ciento. Sufrirán mucho, criados a los sones de Julio Iglesias, que no canta. Y un día, al despertar, veréis que ya nada podéis darles, que el calendario no perdona, y contaréis, asombrados y temblorosos, que faltan velas en la tartita, que el whisky y la cerveza parecen evaporarse y que sus cunitas ostentan sendas banderas, blanca y viscosa la una, carmesí y sombría la otra.

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