Era una noche tranquila. El sosiego reinaba mientras la inmensa luna y las estrellas gobernaban la oscuridad. De vez en cuando, se escuchaba el canto nocturno del búho y el croar de algunas ranas del estanque cercano al poblado Tuki.
En un instante, todo ruido cesó, al escucharse unos pasos siniestros sobre la maleza del bosque. Los animales se ocultaron, con temor, al oír que alguien se acercaba a la antigua grieta en la montaña Gala, junto al poblado durmiente. Era una vieja y grotesca hechicera. Ésta, tras internarse en la cueva, hizo un conjuro y despertó al ser que estaba enterrado en el interior de la caverna.
La criatura, mal humorada por su sueño interrumpido, salió al exterior y comenzó a destruir todo lo que había a su alrededor, incluido el pequeño e inocente poblado, que estaba ajeno al mal que la hechicera había causado.
Al amanecer, no hubo rastro de vida en lo que una vez fuese el hogar de cientos de personas inocentes.
Tan sólo un habitante pudo escapar y corrió durante toda la noche hasta llegar a la inmensa ciudad de Glath, dónde ante una congregación de jueces y de representantes de otras ciudades del planeta Blad, relató lo único que podía recordar: destrucción total y una inmensa criatura devorando todo y a todos.
En el gran salón del palacio imperial reinaba el sentimiento de la ira y la consternación, producidos ante el macabro suceso. Todo un poblado exterminado sin ningún motivo aparente, salvo el hambre descomunal de una bestia feroz.
Se reunieron los miembros honorables del consejo y decidieron que mandar a un equipo de aniquilación sería lo más sensato. Ese mismo día comenzaron a planear cómo elegir a las personas adecuadas.
Por todo el planeta se corrió la voz del plan organizado en la ciudad de Glath y comenzaron a llegar personas de los cuatro confines. Tras hacer pruebas de lucha, inteligencia, honor y valentía, eligieron a cuatro muchachos.
El primero fue un joven de veintidós años llamado Nâsser, que provenía de Lindara, en el norte. Su maestría con las armas y su gran inteligencia para la lucha hicieron que fuera el primero de los elegidos. Era un muchacho alto y musculoso, con el pelo rubio muy corto y ojos azules claros como el hielo.
El segundo de los elegidos fue un muchacho de Nuraiyad, una ciudad situada en el este. Su nombre era Arfan, de diecinueve años. Su nobleza y su valentía hicieron que fuera escogido rápidamente. Era un chico alto, aunque no tanto como Nâsser, ni tan musculoso. Su pelo castaño claro le tapaba las orejas, y sus ojos grandes y azules reflejaban bondad en su rostro.
El tercero de los elegidos fue un chico de diecinueve años de Zubia, ciudad asentada en la zona sur, llamado Burhan. Tenía mucho carácter y era un excelente luchador. Seguía todo tipo de normas siempre y cuando no le afectaran demasiado. Su piel no era tan clara como la de los anteriores elegidos, puesto que había pasado gran parte de su vida luchando bajo el sol. Su cabello y sus ojos eran negros; característicos de su región, dónde las temperaturas eran las más altas de todo el planeta.
Y por último, el cuarto de los elegidos fue un joven de diecinueve años proveniente de la ciudad de Taguruk, en el oeste. Su nombre era Fâris. Su carácter era algo problemático, ya que solía saltarse todas las reglas sin importarle lo más mínimo, pero el gran sentido del humor y de la amistad que demostró frente a los jueces, hizo que fuera elegido, al pensar que alguien como él podría mantener unido al equipo. Su aspecto era divertido, ya que su cabello castaño oscuro lo tenía de punta y sus ojos azules brillaban con una valentía y una fuerza fuera de lo común. Era el más alto de los elegidos y aunque no era nada musculoso, demostró que su inteligencia valía más fue toda la fuerza de cualquier humano.
Ahora sólo faltaba uno. Un capitán para el equipo. Se barajaron muchos temas, pero siempre terminaban en el mismo punto. Necesitaban a un mortal que supiera cómo tratar este tipo de situación, alguien que hubiera mantenido algún tipo de contacto anterior con este monstruo.
Hubo alguien una vez, hace muchos años, que consiguió que la criatura invernara de manera permanente. Esa persona debía saber con que clase de monstruo estaban tratando. Tenían que encontrarle y conseguir que se uniera a la búsqueda.
Hicieron llamar a los magos y hechiceros más importantes de la ciudad para que le buscaran pero ninguno logró dar con él. Todos llegaron a la misma conclusión: o estaba muerto, o es que sencillamente, jamás había existido esa persona.
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