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Los sueños secretos de Sophie

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Una promesa era una promesa. Evan se alistaba y le había pedido a Claudia que lo esperase. La chica era un meollo de nervios. Sophie había corrido a casa para contarle a su madre las novedades, olvidando por completo que debía acompañarla a su cita con Evan.

 

—Ya está, vamos —dijo el muchacho terminado de guardar su guitarra, su hermana pequeña corrió a tomarlo de la mano—. No puedo dejarla, espero que no te moleste que la lleve con nosotros.

 

— ¡No para nada! —se alegró, tener a la pequeña niña con ellos la aliviaba, al menos no iba sola—. Debo volver temprano, mis padres no saben de esto, van a castigarme —explicaba nerviosa, no solo el chico le causaba cierto temor, si su madre se enteraba que salía a una cita con un chico en lugar de quedarse a dormir en casa de Sophie como le había dicho, la iba a castigar de por vida.

 

—Bien, volveremos temprano —Evan volcó los ojos y comenzó a caminar esperando que Claudia lo siguiera.

 

La chica caminaba silenciosamente a su lado. Grecia brincaba y tarareaba una canción, guidándolos hacia una pizzería.

 

Al ingresar al local, Grecia corrió a la piscina de pelotas. Evan buscó una mesa y se sentó.

 

Con timidez, Claudia se sentó lo más alejada posible.

 

— ¿Qué pasa? —le preguntó serio.

 

La chica se veía incómoda, Evan casi no hablaba, de hecho casi no lo conocía, no podía creer que al final hubiese accedido a una cita.

 

Ordenaron una pizza y hasta el momento en que les llevaron las bebidas permanecieron en completo silencio. Ambos se daban cuenta que no tenían un tema de conversación y posiblemente nada en común.

 

***

 

Si había alguien dispuesto a sacrificar todo por amor, esa era Sophie. No pensaba separase de él, tampoco tenía idea de sus motivos ¿era impulsiva, tonta tal vez? qué importaba, ya había desconfiado de él una vez y no lo haría de nuevo. Pensar en separarse y no verlo era una tortura parecida a que el destino jugase al vudú atravesando alfiles en su corazón.

 

No era permanente, eso la alentaba, volvería a reunirse con su familia y sus amigos, mientras durase, sería una romántica aventura. Dejó de pensar en aquello, no le dio una respuesta directa.

 

—Tengo dinero y joyas en mi cajón, guárdalas mientras me visto —le dijo abriendo el armario y buscando un atuendo cómodo.

 

Ian sonrió con alivio, por un momento le había parecido ver un atisbo de duda en los ojos azules de la muchacha.

 

Rápida y sigilosamente guardaron lo necesario, y de la misma forma salieron por la ventana al techo. Ian había subido por una escalera.

 

Una vez en el jardín, Gatorade comenzó a ladrar, como si comprendiese las intenciones de los adolescentes y alertase a todos en la casa.

 

— ¡No, Gatorade, no ladres! —susurró Sophie, atisbando con miedo hacia la casa—. Por favor, debo irme —se puso de rodillas y lo abrazó.

 

—Sophie, vamos, tus padres pueden darse cuenta —la apuró Ian.

 

La motocicleta del muchacho esperaba junto a la vereda, montaron e Ian partió a toda velocidad. Alejandro, quien acababa de llegar, intentó llamar su atención. Era extraño que Nicolás le diese permiso a su hija de salir a tan altas horas de la noche.

 

***

 

Thaly se había encerrado en el baño, del enfado había pasado a la tristeza y lloraba amargamente en soledad. No estaba lista, no podía siquiera pensarlo ¿cómo podría contárselo a Nicolás?  Era más de lo que podía manejar, los fantasmas del pasado asechaban de nuevo. Un manto negro cubría nuevamente su vida. Hacía mucho que no sentía tanta desesperación. Su padre no se daría por vencido. Aquello sólo había sido una advertencia; temía demasiado por sus hijos, por Tiago sobre todo; y Sophie… ella era quien más pena le causaba, había entregado su corazón a un muchacho que la había utilizado desde el principio, tal como a ella le había pasado en su adolescencia.

 

Nicolás se cansó de tocar la puerta. Thaly no iba a abrir. Seguramente pasaría  la noche encerrada. Algo pasaba y había alguien, además de su esposa, que estaba enterado de todo. Sacarle información a Daniel era un trabajo difícil, cuando su hijo se empeñaba en guardar un secreto, no había forma de hacer que hablase. Recurrir a métodos poco ortodoxos era necesario en esa ocasión.

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