Inapropiadamente Hermosa.

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Emmeline tenía serios problemas para seguir las reglas establecidas para la sociedad en 1835, y eso puede llegar a ser un problema cuando estás a punto de codearte con la alta sociedad de Londres.

Ella no podía comprender porque tenía que quedarse con su embarazada prima –bastante lejana, por cierto-, a quien no veía desde hacía años, mientras su madre y su hermano se iban a recorrer el continente.

¡Dile adiós a la diversión y hola a los días de niñera de una señora encinta, Emmie!

El panorama no era alentador, ella estaba desolada y sin opciones alternas.

 

Elizabeth y Sebastian eran adorables, y eso le daba esperanzas de que no todo estuviera perdido.

Pero después estaba él. Quien había sido asignado como su tutor mientras estuviese allí. Joseph era el dueño y señor de la casa, quien daba órdenes que debían de ser seguidas al pie de la letra y no admitía errores. Él también era su primo, a quien Emmeline recordaba pelear con su hermano en cada visita. Ellos jamás se habían tolerado, por alguna extraña razón.  Quizá porque Joseph era raro. Él jamás sonreía ni bromeaba acerca de nada, muy al contrario de su hermano Francis,  que lo hacía casi todo el tiempo, al igual que su afán por coquetear con cada muchacha que se le cruzara. Otra de las cosas que Joseph no concedía.

Y si él tampoco no le hablaba, bueno, eso no importaba. Ella podía hacerlo por ambos.

 

Pronto ambos descubrirían que tenían mucho más en común de lo que jamás hubiesen imaginado, y para eso, no necesitaban más que aquella noche de furiosa tormenta.

 

 

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