Hace unos tres años mis padres vieron un reportaje sobre unas pobres niñas en China; ellos no nos han querido contar todos los detalles, pero al parecer allí, como son tantos, sólo se puede tener un hijo por familia, y no sé por qué extraña razón prefieren a los varones (si soltáramos a mis hermanos en medio del país seguro que cambiaban rápidamente de opinión). A lo que íbamos, muchas niñas son abandonadas en orfanatos donde no tienen ni las atenciones ni el cariño suficientes, así que hubo reunión familiar y se decidió entre todos que podríamos compartir lo bueno que teníamos, con por lo menos una de aquellas niñas, y así fue como llegó a casa Carmen. Le pusimos ese nombre en memoria de mi abuela y además porque es cien por cien español y queríamos que se sintiera muy integrada en su nuevo país.
Cuando Carmen llegó, tenía más o menos un año; parecía enferma y triste, pero gracias a las atenciones de todos y de los médicos, se ha convertido en una adorable criatura de cuatro años y medio. No conozco a nadie a quien no le caiga bien; es dulce y encantadora, tiene tanta adoración por mí, que desde muy pequeña compartimos habitación. A mí me encanta leerle cuentos y jugar con ella, aunque a veces se pone un poco pesada.
Llegados a este punto, he de hablaros de las dos superamigas de mamá, las que se encargan de cuidarnos cuando surgen emergencias y no hay tiempo de avisar a canguros. Merche está tan unida a mi madre que hasta se parecen físicamente; la gente piensa que son hermanas y si alguien lo pregunta mi madre siempre responde: "es más que mi hermana; es mi amiga". A decir verdad nos encanta cuando viene, porque solemos hacer lo que queremos con ella; y es que no puede evitar adorarnos, claro que nosotros también la idolatramos.
A María, la otra gran amiga de mamá, es más difícil tomarle el pelo pero, claro, es monitora de comedor en un colegio y está acostumbrada a lidiar con niños cada día. Es muy inteligente y siempre nos ayuda con nuestros deberes. La verdad es que hasta los trillizos se portan bien cuando ella está en casa.
Cuando pensábamos que nuestra familia no crecería más, llegó otro bebé; tenía cuatro patas y mucho pelo blanco, parecía una pequeña bola de nieve salvo por las orejas, mejillas y el culito, que eran y siguen siendo de color negro, lo que le da un aire muy gracioso. Como ya habréis adivinado se trata de un perrito, y digo “perrito” porque es una mezcla de yorkshire y caniche. Mi padre dice que es un “yorniche”. Es pequeñito, pesa alrededor de unos dos kilos y mide unos treinta centímetros de alto.
He de deciros que mi madre jamás había consentido que un perro entrara en casa (para quedarse, se entiende), pero mi padre que a veces parece más crío que los trillizos, un día se presentó en casa con él. Es evidente que no quería quedar como la mala de la película, así que después de hacernos prometer que no tendría que preocuparse para nada del animalito, aceptó a regañadientes. Cuando estamos todos delante le llama “chucho” y hace como si no le importara, pero cuando cree que no la vemos le hace carantoñas y le da golosinas. La verdad es que todos estamos como locos con Nikon, que así es como se llama. Sé que parece un nombre raro para un perro, pero es que mis padres tienen una pequeña agencia de diseño gráfico y publicidad, a veces su trabajo incluye hacer fotografías para anuncios, vallas publicitarias, catálogos... Las cámaras de fotos que utilizan son de la marca Nikon, y de ahí el nombre del perro.
Precisamente y después de las presentaciones, he de decir que todo lo que os voy a contar sucedió por culpa de un cliente de mis padres.
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