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En la piel de Grey

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Hablar de la señora Robinson es un problema. Es evidente que a Anastasia le molesta y al mismo tiempo le causa curiosidad. Me pregunta sobre mis habilidades para el baile y le cuento que lo he aprendido con Elena.

Ana se queda pensativa, entra a esa zona de su mente que es impenetrable para mí. La dejo que se quede en su mundo. ¿Tiene celos? ¿Está insegura? De verdad que no puedo saberlo.

La observo, es hermosa, me encanta su cara, sus gestos, su manera de mirar.

Ella parece no reaccionar a nada. No puede parar de pensar.

—No lo hagas — le digo.

Me mira extrañada.

—¿Que no haga el qué?

Su expresión es de auténtica incertidumbre.

—No les des tantas vueltas a las cosas, Anastasia.

La tomo de la mano, trato de calmarla, beso dulcemente sus nudillos.

— Lo he pasado estupendamente esta tarde. Gracias.

Nuestras miradas se conectan nuevamente. Sin embargo, su expresión sigue siendo extraña. Como si no comprendiera algo, como si quisiera saber más. Y, entonces, de repente, cambia de tema y me hace una pregunta.

—¿Por qué has usado una brida?

Mi reacción espontánea es sonreír. Así que en eso estaba pensando mi querida señorita Steele. Le explico. Me gusta que se interese por saber sobre el tema. Aunque tampoco quisiera que lo racionalice demasiado.

—Es rápido, es fácil y es una sensación y una experiencia distinta para ti . Sé que parece bastante brutal, pero me gusta que las sujeciones sean así. Lo más eficaz para evitar que te muevas.

Trato de ser honesto con ella.

Sin embargo, su reacción es de miedo. Se pone roja, mira hacia abajo. Luego, parece dirigir la mirada a Taylor, como si estuviese preocupada por lo que él pueda llegar a escuchar o a opinar sobre mis declaraciones.

No debería preocuparse por eso.

Ante su silencio y su preocupación me limito a encogerme de hombros y exclamar:

—Forma parte de mi mundo, Anastasia.

Sostengo su mano, pero no la noto perceptiva. Entonces, la suelto y me distraigo mirando por la ventana.

Mi mundo…¿quiere en verdad Anastasia pertenecer a mi mundo? ¿En qué piensa? ¿Está asustada? ¿Avergonzada?

La hemos pasado muy bien. Ha sido una tarde perfecta. No quiero que se eche atrás.

Anastasia mira por la ventana. No parece triste. Pero tampoco feliz.

La contemplo en silencio y ella parece ni siquiera notarlo.

—¿Un dólar por tus pensamientos? —le digo.

Suspira y me mira preocupada.

—¿Tan malos son? —le pregunto.

—Ojalá supiera lo que piensas tú.

Su respuesta me hace sonreír. Me encanta esa manera de dar vuelta las cosas cuando contesta.

—Lo mismo digo, nena —le respondo.

Seguimos lo poco que queda del camino en silencio.

Miro por la ventanilla y me doy cuenta que ya casi estamos llegando. Un gran acontecimiento en mi vida. La primera vez que vengo a cenar a casa de mis padres acompañado.

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