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Español
#3021

Og Mandino - El milagro más grande del mundo

EL MILAGRO MÁS GRANDE DEL MUNDO
OG MANDINO

CAPÍTULO 1

¿La primera vez que le vi?
Estaba, él, alimentando a las palomas.
Este sencillo acto de caridad no es por sí mismo un espectáculo poco común. Cualquier persona

puede encontrar ancianos que parecen necesitar una buena comida, arrojando migajas a los pájaros

en los muelles de San Francisco, en la Plaza de Boston, en las aceras de Time Square, y en todos

los sitios de interés del mundo entero.
Pero este viejo lo hacía durante la peor parte de una brutal tormenta de nieve que, de acuerdo

con la estación de noticias de la radio de mi auto, ya había derribado el récord anterior con

veintiséis pulgadas de miseria blanca en Chicago y sus alrededores.
Con las ruedas traseras de mi auto girando había logrado finalmente subir la leve inclinación de

la acera hacia la entrada del estacionamiento, que está una calle más allá de mi oficina, cuando

me percaté por primera vez de su presencia. Se encontraba de pie bajo el monstruoso fluir de la

nieve sin prestar atención a los elementos, mientras sacaba de una bolsa de papel café lo que

parecía ser migajas de pan, echándoselas a un grupo de pájaros que revoloteaban y descendían

alrededor de los pliegues de su capote que casi le llegaba a los tobillos.
Lo observé por entre las barridas metronómicas de los sibilantes limpiadores mientras descansaba

la barbilla en el volante, tratando de producir la suficiente fuerza de voluntad para abrir la

portezuela de mi auto, salir a la ventisca y caminar hacia la puerta del estacionamiento. Me

recordó aquellas estatuas de San Francisco para jardines que pueden verse en las tiendas de

plantas. La nieve casi cubría completamente su cabello, que le llegaba hasta los hombros y le

había salpicado la barba. Algunos copos se habían adherido a sus espesas cejas acentuando más sus

pómulos salientes. Alrededor de su cuello, había una correa de cuero de la cual pendía una cruz

de madera que oscilaba, mientras repartía pequeñas partículas de pan. Atado a su muñeca izquierda

había un pedazo de cuerda que se dirigía hacia abajo en donde se enrollaba en el cuello de un

viejo basset cuyas orejas se hundían profundamente en la acumulación de blancura que había estado

cayendo desde ayer en la tarde. Mientras observaba al viejo, su cara se iluminó con una sonrisa y

empezó a platicar con los pájaros. En silencio sacudí compasivamente la cabeza y así la manija de

la puerta.
El recorrido de cincuenta y ocho kilómetros de mi casa a la oficina había requerido tres horas,

medio tanque, de gasolina y casi toda mi paciencia. Mi fiel 240-Z, con la trasmisión emitiendo

una constante y monótona queja en primera velocidad, corrió a través de un terreno irregular

rebasando un sinnúmero de camiones y autos descompuestos a lo largo de Willow Road, Edens

ExpressWay, Touhy Avenue, Ridge, la parte este de Devon y la intersección de Broadway hasta el

estacionamiento de la calle Winthrop.
Había sido una locura de mi parte hacer el intento de llegar al trabajo esa mañana. Pero,

durante las tres últimas semanas había estado viajando por Estados Unidos promoviendo mi libro,

El vendedor más grande del mundo, y después de haber dado cuarenta y nueve audiencias, para radio

y televisión, además de dos docenas de entrevistas para los periódicos, en donde dije que la

perseverancia era uno de los secretos más importantes del éxito, no me quise dejar vencer ni

siquiera por esa bruja enojada que es la madre naturaleza.
Más aún, había una junta de directores programada para el próximo viernes. Como presidente de la

revista Success Unlimited necesitaba, este lunes y todos los demás días de la semana, para

revisar lo realizado el año anterior y los proyectos para el próximo con cada uno de los jefes de

departamento. Quería estar preparado, como siempre lo he estado, para contestar cualquier

pregunta inesperada que se me hiciera una vez que estuviera de pie ante la cabecera de esa enorme

mesa de la sala de juntas.
El estacionamiento, que se encontraba en el centro de un vecindario ruinoso, cambiaba su

carácter dos veces cada veinticuatro horas. Durante la noche era ocupado por vehículos que

podrían ser vendidos como chatarra, por cualquier digno negociante de carros usados. Estos autos

pertenecían a los moradores de los apartamentos locales que no habían podido encontrar lugar en

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