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Fiewen

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Me dirigía a Kewen, la ciudad élfica del Reino Adwalinnor. Iría a visitar a mis padres, desde julio de este año me he dedicado a viajar por las diferentes ciudades y aldeas del Reino, ahora que estoy a punto de cumplir los 19, he venido a decansar y a contar mis aventuras a mis padres. Entré en la frontera de la ciudad que es una enorme pared con un arco enmedio, con varias enrredaderas y flores colgando de ella, se sentía bien volver a respirar el aire puro de mi hogar. A lo lejos vi la enorme cascada y los molinos de viento, todo lo que rodeaba a la ciudad era naturaleza, es algo que nosotros los elfos amamos, enfrente de mi se abría la ciudad, techos azules con forma de cúpula, árboles y flores por todos lados, todos las casas y templos construidos en mármol blanco. Caminé en la vía principal, viendo las primeras casas de Kewen hasta llegar a la plaza principal, en medio había una enorme torre de reloj y alrededor de el estaban la panadería, el sastre, la posada, el herrero, el alquimista, etc..., esa zona era la de principal comercio de la ciudad, saludaba a los que me encontraba, pasé a la panadería a comprar pan dulce, salí de la plaza a la zona residencial, caminé una cuadra más hasta llegar a mi casa: de dos pisos, de mármol blanco y techo azul como todas, con una hermosa vista de la cascada, de los establos y las granjas en lo alto de la montaña. Toqué la puerta en forma de arco de madera oscura, en la ventana que estaba en seguida de la puerta cubierta con una bella cortina beige, pude ver como alguien se levantaba de la sala, observé las plantas de mi mamá, ella las atesoraba mucho, tanto, que había conseguido hacer del jardín de enfrente algo bellísimo. Hablando de ella, fue la que abrió la puerta

 

-¡Has vuelto!-sonrió ampliamente, me abrazó y me besó la mejilla. Mi mamá y yo somos mas o menos de la misma estatura, ella tenía el cabello café con tonos dorados, llegaba hasta debajo de sus hombros, sus ojos miel y la piel blanca, ella tenía dos habilidades: curaba herdias y enfermedades y tenía un rayo que eliminaba energías malignas

-Sí mamá, los extrañé mucho-dije mientras entraba y dejaba mi mochila en el suelo enseguida de un sillón de la sala

 

-Kaorebaen, Druwyth, ¡vengan, Fiewen ha regresado!-llamó a mi padre y a mi hermano

 

-¡Hola!-me reí mientras mi padre Kaorebaen me abrazaba fuertemente

-Que bien que has regresado sana y salva-mi padre me dió un beso en la mejilla, él es bastante alto, ojos azules, cabello güero corto peinado hacia atrás, piel blanca, bastante fuerte, tenía la habilidad de regenerar sus heridas rápidamente. Detrás de él apareció mi hermano Druwyth, ya casi alcanzaba la estatura de mi papá, tenía 16 años, ojos miel, cabello café como el de mi mamá, largo hasta antes de los hombros, él tenía la habilidad de controlar el hielo, también de piel blanca, se acercó y también me dió un fuerte abrazo

 

-Me alegra que hayas vuelto hermana-me dijo mientras me revolvía el cabello

-Gracias a todos, los extrañé bastante-me acerqué a la mesa de café de la sala y dejé la canasta con pan dulce, mi mamá fue a la cocina para preparar té, yo la alcanzé, saqué cuatro platos pequeños, cuatro tazas, la miel y cuatro cucharas. Llevé todo a la sala, mi mamá sirvió las cuatro tazas, me llevé dos yo y ella las otras dos. Nos acomodamos en los sillones de la sala, le puse miel a mi té y le di un sorbo

-Muy bien, cuéntanos todo

-De acuerdo, bueno primero llegué a Adriredus, donde viven los centauros, tardé una semana en llegar, fue toda una sorpresa, sin motivo alguno festejan todo el tiempo, a cada esquina hay música o un pequeño espectáculo. Estuve todo julio, un día se celebró la fiesta de la fundación de la ciudad y la princesa estuvo presente en representación del rey, al ser de las pocas mujeres conversamos y nos hicimos amigas. Cuando llegó el momento de irme, ella me obsequió esto-me levanté y fui por mi mochila donde llevaba mi ropa, provisiones y los objetos que iba encontrando o que me regalaban, saqué de ella un cuerno de marfil mediano, con ambos bordes delineados en dorado, pequeños dibujos tallados en todo el cuerno, se lo pasé a mi mamá-me lo obsequió, me dijo que si alguna vez me encontraba en apuros, que tocara fuertemente el cuerno-mi mamá, se lo pasó a mi papá, quien lo miraba asombrado, ella me miró y me sonrió

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