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LordBlazer

on Jun 01, 2007
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EL CAZADOR DE SUEÑOS - STEPHEN KING 2 de 2

1


XIII

EN LA TIENDA DE GOSSELIN

1

A Archie Perlmutter, primero de su promoción (tema del discurso en la ceremonia de licenciatura: «Ventajas y responsabilidades de la democracia»), antiguo Eagle Scout (el grado más alto en los Boy Scouts), presbiteriano practicante y graduado de West Point, el súper de Gosselin ya no le parecía real. Ahora que habían instalado bastante voltaje para iluminar una ciudad pequeña, parecía un decorado cinematográfico, y no de cualquier película, sino de una superproducción a lo James Came-ron donde los gastos de catering darían para alimentar dos años a la población de Haití. Ni la nieve, cuya intensidad seguía en aumento, mitigaba gran cosa el resplandor de los focos, como tampoco modificaba la ilusión de que todo, desde el revestimiento cutre del edificio a las dos chimeneas de hojalata que salían torcidas del techo, pasando por la única bomba de gasolina que había a pie de carretera, era simple atrezo.
El primer acto sería así, pensó Pearly, caminando deprisa con la tablilla debajo del brazo. (Archie Perlmutter siempre se había considerado hombre de gran talla artística... y comercial.) Aparece un plano de una tienda en pleno bosque. Los viejos del lugar están sentados alrededor de la estufa de leña (no la pequeña del despacho de Gosselin, sino la grande de la propia tienda), mientras fuera nieva una barbaridad. Hablan de luces en el cielo... de cazadores desaparecidos... de que si se han visto hombrecillos grises escondidos en el bosque... El dueño, que podría llamarse Rossiter, se lo toma a chunga. Dice: «¡Vaya unas nenitas estáis hechos!» ¡Y justo entonces lo baña todo una luz muy fuerte (tipo Encuentros en la tercera fase), porque está aterrizando un ovni! ¡Y salen un montón de extraterrestres sedientos de sangre, disparando rayos asesinos! ¡Es como Independence Day, pero con la gracia de que pasa en el bosque!
Melrose, pinche tercero (que era lo más cerca que se llegaba en aquella aventurita de tener un rango oficial), intentaba no quedarse rezagado. Como no llevaba zapatos ni botas, sino calzado de-portivo (Perlmutter lo había sacado de la tienda de cocinas), resbalaba constantemente. Había mucho tránsito de hombres, y alguna que otra mujer; en su mayoría iban a paso ligero, y muchos hablaban por micros o walkie-talkies. La sensación de que era un escenario artificial se incrementaba a causa de los camiones, los remolques, los helicópteros en marcha pero sin volar (habían vuelto todos por el mal tiempo) y el rugido incesante y mezclado de los motores y los generadores.
- ¿Para qué quiere verme? -volvió a preguntar Melrose, jadeando y con una voz todavía más plañidera que antes.
Pasaron junto al cercado y el corral de al lado del establo de Gosselin. La valla, vieja y estropeada (ya hacía diez años o más que no había caballos en el corral, y que no se ejercitaba ninguno en el cercado), se había reforzado mediante una alternancia de alambre con púas y sin púas. El primero estaba electrificado a un voltaje que probablemente no fuera mortal, pero sí suficiente para dejar a alguien retorciéndose en el suelo; la carga, además, podía aumentarse hasta niveles letales en caso de que se pusieran revoltosos los nativos. Veinte o treinta hombres les observaban desde detrás de la alambrada, entre ellos el viejo Gosselin (a quien, en la versión de James Cameron, interpretaría algún curtido veterano, tipo Harry Dean Stanton). Antes, los hombres de detrás de la alambrada les habrían dirigido la palabra, habrían hecho amenazas y planteado exigencias con tono de enfado, pero desde que habían visto lo que le había pasado al banquero de Massachusetts por querer escaparse, a los pobres se les había encogido bastante la pilila. Ver que a alguien le pegan un tiro en la cabeza suele hacer que se tengan bastantes menos cojones. Tampoco había que olvidar que todos los operativos llevaban mascarilla en la nariz y la boca. Con eso, los cojones debían de estar a cero.
-Jefe... -Ahora el tono quejica era total. Por lo visto, ver ciudadanos americanos detrás de una alambrada había agravado la incomodidad de Melrose - . Oiga, jefe, ¿para qué quiere verme el número uno? Me extraña hasta que sepa que existen pinches terceros.
-No lo sé -contestó Pearly, y era verdad.
Más adelante estaban Owen Underhill y alguien de la división motorizada que casi le gritaba al oído, tal era el fragor de los helicópteros. Perlmutter supuso que no tardarían en apagarlos, porque con un tiempo así no volaba ni Cristo. Según Kurtz, aquella nevada anticipada era «un regalo que nos hace Dios». Era la clase de comentarios que, viniendo de él, te dejaban con la duda de si lo decía en serio o irónicamente. El tono siempre era serio, pero a veces le añadía una risa. De las que ponían nervioso a Archie Perlmutter. En la película, Kurtz sería James Woods. O Christopher Walken. No se le parecía ninguno de los dos, pero bueno, George C. Scott tampoco se parecía a Patton... Tema zanjado.
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