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3
NUEVE FUTUROS
ISAAC ASIMOV Para Betty Shapian, cuya amabilidad y espíritu servicial han sido inagotables. ¡VALE LA PENA LEERME, VEAN! Oh, doctor A... Oh, doctor A... Hay algo (no se vaya) que me gustaría oírle decir. Aunque preferiría morir que intentar curiosear, el hecho, como verá, es que en mi mente ha brotado hoy la cuestión latente. No pretendo fácil irrisión, de modo que, por favor, responda con decisión. Deseche sus temores recelosos, ¡y explique el secreto de su visión! ¿Cómo demonios engendra esas locas e increíbles ideas? ¿Es indigestión y cuestión de la pesadilla resultante? ¿De sus globos oculares el remolineo, el girar incesante, del cerrarse y abrirse de sus dedos, mientras su sangre toca enloquecidos repiques al seguir el desapasionado compás de su pulso turbio y desigual? ¿Es eso, opina, o el licor lo que acelera su furor? Porque un pequeño, ligero, martini seco puede ser su particular genio; o quizás en esos combinados de ron encuentra usted las mismas semillas para la creación y liberación de esa rara idea o ese sorprendente final; o una sobrenatural combinación de ilegal estimulación, marihuana más tequila, que le dará esa sensación de las cosas que vibran y se desprenden, mientras inicia su cerebración con la síncopa enloquecida de un cerebro que su tic-tac emprende. Doctor A., seguramente algo le vuelve visionario y bastante trastornado. Puesto que le leo con devoción, ¿no querrá darme una noción de esa poción astutamente preparada de la que emergen sus tramas, de esa mezcla secreta, espumosa, alocada, que en elemento permanente le ha convertido, en los lugares de la c. f. más favorecidos... ? Ahora, doctor A., no se vaya... Oh, doctor A... Oh, doctor A... NOTAS DE RECHAZO a) CULTA Querido Asimov, las leyes mentales todas prueban que tiene sus defectos la ortodoxia. Considere esa componente ecléctica de la filosofía de Kant que mella con fauces incansables y antilógicas las gastadas e inútiles sierras que se atascan en buches de mutante de nuestra era. Ahí va pues su relato (con débil vítor). Las palabras anteriores tienen amplio motivo. b) CULTA Querido Ike, estaba preparado (y, chico, realmente asustado) para tragar, viniendo de ti, casi cualquier cosa. Pero, Ike, eres pura droga, tu forma de escribir es embriagamiento: sólo queda seca tos y mental hinchamiento. Te devuelvo esta porquería; olía, apestaba, hedía; un breve vistazo fue lo bastante espantoso. Aunque, Ike, chico, poco a poco, prueba de nuevo. Necesito algunas fantochadas y, muchacho, adoro tu fiemo. c) AMABLE Querido Isaac, amigo mío, pensé que tu relato era lúcido. Sumamente delicioso y con méritos, esplendoroso. Significó una entera noche, plena de tensión, amigo, y luego alivio, y acompañada en buena medida del deleite de la latente incredulidad. Es una trivialidad, apenas correcto, casi un acto de maldad, declarar que hay pequeños defectos. Nada concreto, un retoque, tal vez, y por eso no vas a desfallecer. Permíteme pues exponer, sin más retraso, mi camarada, mi amigo, que el final de tu relato me ha dejado complacido y alegremente sosegado. P.D. Ah, claro, debo confesar (con cierto pesar) que, ¡ay!, te adjunto tu relato. PROFESIÓN ?Mañana es el primero de mayo. ¡Los Juegos Olímpicos! ?dijo George Platen, sin poder disimular la ansiedad de su voz. Se puso boca abajo y espió a su compañero de habitación por encima de los pies de la cama. Pero bueno, ¿acaso él no lo sentía? ¿O es que no le importaba en absoluto? El rostro de George era delgado, y aún se había hecho más huesudo en el casi año y medio que llevaba en la Residencia. De enjuta figura, la mirada de sus ojos azules era no obstante tan intensa como lo había sido siempre, y en aquel momento parecía un animal acorralado, por el modo en que sus dedos aferraban la colcha. Su compañero de habitación levantó brevemente la mirada del libro y aprovechó para ajustar el nivel de luminosidad del tramo de pared próximo a su silla. Se llamaba Hali Omani, y era nigeriano. Su piel marrón oscuro y sus macizos rasgos parecían hechos para la calma, y la mención de los Juegos Olímpicos no pareció afectarle. Se limitó a decir: ?Lo sé, George. George debía mucho a la paciencia y la amabilidad de Hali, cuando éstas eran necesarias; pero a veces, incluso estas cualidades podían resultar excesivas. ¿Acaso era el momento de quedarse quieto como una estatua de ébano?
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