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lestatpy

on May 21, 2007
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Paulo Coelho - Once Minutos

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ONCE MINUTOS - PAULO COELHO


Título original: Onze Minutos
Traducción de Ana Belén Cstas
Harper Collins Publishers
Junio 30, 2003


Y he aquí que llegó una mujer pecadora que había en la ciudad, la cual, sabiendo que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, tornó un fras-co de alabastro de ungüento, se puso detrás de él, junto a sus pies, llo-rando, y comenzó a lavárselos con lágrimas en los ojos; le enjugaba los pies con los cabellos de su cabeza, los besaba y los ungía con el un-güento. Viendo esto, el fariseo que lo había invitado dijo para sí: «Si éste fuera profeta, conocería quién es la mujer que lo toca, porque es una pecadora». Tomando Jesús la palabra, le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Maestro, habla». « Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios; el otro, cincuenta. No te-niendo ellos con qué pagar, le condonó la deuda a ambos. ¿Quién, pues, lo amará más?», y Simón respondió: «Supongo que aquel a quien condonó más». Dijo: «Bien has respondido. -Y señalando a la mujer, le dijo a Simón: - ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua en los pies; mas ella los ha regado con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el ósculo; pero ella, desde que entré, no ha cesado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con óleo, pero ella ha ungido mis pies con ungüento. Por lo cual te digo que le son perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho. Pero a quien po-co se le perdona poco ama».
LUCAS, 7, 37-47

Ho, María sin pecado concebida
Rogad por nosotros que acudimos a vos.
Amen









Érase una vez una prostituta llamada María.

Un momento. «Érase una vez» es la mejor manera de comenzar una historia para niños, mientras que «prostituta» es una palabra propia del mundo de los adultos. ¿Cómo puedo escribir un libro con esta aparente contradicción inicial? Pero, en fin, como en cada momento de nuestras vidas tenemos un pie en el cuento de hadas y otro en el abismo, vamos a mantener este comienzo:
Érase una vez una prostituta llamada María.
Como todas las prostitutas, había nacido virgen e inocente, y durante su adolescencia había soñado con encontrar al hombre de su vida (rico, guapo, inteligente), casarse (vestida de novia), tener dos hijos (que se-rían famosos cuando creciesen) y vivir en una bonita casa (con vista al mar). Su padre era vendedor ambulante; su madre, costurera, su ciu-dad en el interior del Brasil tenía un solo cine, una discoteca, una su-cursal bancaria, por eso María no dejaba de esperar el día en que su príncipe encantado llegara sin avisar, arrebatara su corazón, y partiera con él a conquistar el mundo.
Mientras el príncipe encantado no aparecía, lo que le quedaba era so-ñar. Se enamoró por primera vez a los once años, mientras iba a pie desde su casa hasta la escuela primaria local. El primer día de clase descubrió que no estaba sola en su trayecto: junto a ella caminaba un chico que vivía en el vecindario y que asistía a clases en el mismo hora-rio. Nunca intercambiaron ni una sola palabra, pero María empezó a no-tar que la parte que más le agradaba del día eran aquellos momentos en la carretera llena de polvo, la sed, el cansancio; el sol en el cenit, el niño andando de prisa, mientras ella se agotaba en el esfuerzo por se-guirle el paso.
La escena se repitió durante varios meses; María, que detestaba estu-diar y no tenía otra distracción en la vida que la televisión, empezó a desear que el día pasase rápido, esperando con ansiedad volver al cole-gio y, al contrario que el resto de las niñas de su edad, pensando que los fines de semana eran aburridísimos. Como las horas de un pequeño son mucho más largas que las de un adulto, ella sufría mucho, los días se le hacían demasiado largos porque solamente pasaba diez minutos con el amor de su vida, y miles de horas pensando en él, imaginando lo maravilloso que sería si pudiesen charlar.
Entonces sucedió.
Una mañana, el chico se acercó hasta ella para pedirle un lápiz presta-do. María no respondió, mostró un cierto aire de irritación por aquel abordaje inesperado, y apresuró el paso. Se había quedado petrificada de miedo al verlo andar hacia ella, sentía pavor de que supiese cuánto lo amaba, cuánto lo esperaba, cómo soñaba con tomar su mano, pasar por delante del portal de la escuela y seguir la carretera hasta el final, donde, según decían, había una gran ciudad, personajes de la tele, ar-tistas, coches, muchos cines y un sinfín de cosas buenas que hacer.
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