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PROLOGO
El Alquimista cogió un libro que alguien de la caravana había traído. El volumen estaba sin las tapas, pero logró identificar a su autor: Oscar Wilde. Mientras lo hojeaba, encontró una historia sobre Narciso. El Alquimista conocía la leyenda de Narciso, un hermoso muchacho que todos los días iba a contemplar su propia belleza en el lago. Estaba tan fascinado por si mismo, que un día cayó dentro del lago y murió ahogado. En el lugar donde cayó nació una flor a la que llamaron narciso. Pero no era así como Oscar Wilde ponía fin a la historia. El decía que cuando Narciso murió, vinieron las Oréiadas -diosas del bosque- y vieron el lago transformado, de un lago de agua dulce, en un cántaro de lágrimas saladas. ¿Por qué lloráis? -preguntaron las Oréiadas. -Lloro por Narciso, -respondió el lago. Oh, no nos extraña que lloréis por Narciso -prosiguieron diciendo ellas-. Al fin y al cabo, a pesar de que todas nosotras le perseguíamos siempre a través del bosque, vos erais el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su belleza. -Entonces, ¿era bello Narciso? -preguntó el lago. -¿Quién sino vos podría saberlo? -respondieron, sorprendidas, las Oréiadas-. Después de todo, era sobre vuestra orilla donde él se inclinaba todos los días. El lago quedóse inmóvil unos instantes. Finalmente dijo: -Lloro por Narciso, pero nunca me había dado cuenta de que Narciso fuese bello. -Lloro por Narciso porque cada vez que él se recostaba sobre mi orilla yo podía ver, en el fondo de sus ojos, mi propia belleza reflejada. Qué historia tan hermosa, -,dijo el Alquimista. PRIMERA PARTE El muchacho se llamaba Santiago. Empezaba a oscurecer, cuando llegó con su rebaño ante una vieja iglesia abandonada. el techo se había hundido hacía mucho tiempo y un enorme sicomoro había crecido en el lugar que antes albergaba la sacristía. Resolvió pasar allí la noche. Hizo que todas las ovejas entrasen por la puerta en ruinas y luego colocó unas maderas de modo que no pudiesen huir durante la noche. No había lobos en aquella región, pero una vez se escapó uno de aquellos animales durante la noche y el pastor se pasó todo el día siguiente buscando la oveja descarriada. Extendió su chaqueta sobre el suelo y acostóse en él, usando como almohada el libro que acababa de leer. Antes de dormirse, recordó que le hacía falta leer libros más gruesos: se tardaba más en leerlos, y por la noche resultaban más cómodos como almohada. Todavía estaba oscuro cuando despertó. Miró hacia arriba y vio que las estrellas brillaban a través del techo semiderruido. "Quisiera dormir un poco más", pensó. Había tenido el mismo sueño de la semana pasada y de nuevo despertó antes de llegar al final. Se levantó y tomó un sorbo de vino. Después cogió el cayado y empezó a despertar a las ovejas que todavía dormían. Se había fijado en que cuando despertaba, también empezaban a despertar la mayor parte de los animales. Como si hubiese alguna misteriosa energía que uniese su vida a la vida de las ovejas que desde hacía dos años recorrían con él la tierra en busca de agua y alimento. "Ya se han acostumbrado tanto a mí", dijo en voz baja, "que conocen mis horarios". Reflexionó un momento y pensó que también podía ser cierto lo contrario: que se hubiese acostumbrado él a los horarios de las ovejas. Sin embargo, había algunas ovejas que tardaban más en levantarse. El muchacho fue despertándolas una tras otra con el cayado, llamando a cada una por su nombre. Siempre creyó que las ovejas eran capaces de entender lo que les decía. Por esto solía leer para ellas los pasajes de libros que le habían impresionado o hablarles de la soledad y de la alegría de un pastor en el campo, o comentarles las últimas novedades que veía en las ciudades por donde solía pasar. No obstante, en los últimos dos días, el asunto que le preocupaba había sido solamente uno: una muchacha, hija de un comerciante que habitaba en la ciudad adonde iba él a llegar dentro de cuatro días. Sólo había estado allí una vez, el año anterior. El comerciante era dueño de una tienda de tejidos y le gustaba siempre ver trasquilar las ovejas en su presencia para evitar falsificaciones. Un amigo suyo le había indicado la tienda y el pastor llevó allá sus ovejas. -Necesito vender algo de lana -dijo el pastor al comerciante. La tienda del hombre estaba llena, y el comerciante rogó al pastor que esperase hasta el atardecer. el muchacho se sentó en el pavimento de
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