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cdvillarreal

on Mar 25, 2007
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Dan Brown - El Código Da Vinci

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EL CÓDIGO DA VINCI
Dan Brown

Para Blythe, una vez más.
Más que nunca.

Agradecimientos
En primer lugar, le doy las gracias a mi amigo y editor Jason
Kaufman por involucrarse tanto en este proyecto y por entender
plenamente de qué trata este libro. Gracias también a la incomparable
Heide Lange, campeona incansable de El Código Da Vinci, extraordinaria
agente y amiga de verdad.
No tengo palabras para expresar la gratitud que siento por el
excepcional equipo de Doubleday, por su generosidad, su fe y su
inestimable ayuda. Gracias especialmente a Bill Thomas y a Steve Rubin,
que creyeron en este libro desde el principio. Gracias también al primer
grupo de defensores de la obra en sus etapas iniciales, encabezado por
Michael Palgon, Suzanne Herz, Janelle Moburg, Jackie Everly y Adrienne
Sparks, además de a los muy buenos profesionales del equipo de ventas
de Doubleday, y a Michael Windsor por la atractiva cubierta de la edición
norteamericana.
Por su desinteresada ayuda en la investigación necesaria para la
preparación de este libro, me gustaría expresar mi reconocimiento al
Museo del Louvre, al Ministerio francés de Cultura, al Proyecto
Guttenberg, a la Biblioteca Nacional de Francia, a la Biblioteca de la
Sociedad Gnóstica, al Departamento de Estudios Pictóricos y al Servicio
de Documentación del Louvre, a la Catholic World News, al Real
Observatorio de Greenwich, a la London Record Society, a la Colección
de Archivos de la Abadía de Westminster, a John Pike y a la Federación
de Científicos Americanos, a los cinco miembros del Opus Dei (tres de
ellos en activo) que me contaron sus historias, tanto las positivas como
las negativas, en relación con sus experiencias en dicha organización.
Deseo asimismo expresar mi gratitud a la librería Water Street
Bookstore por conseguirme muchas de las obras con las que me he
documentado; a mi padre, Richard Brown -profesor de matemáticas y
escritor-, por su ayuda con la Divina Proporción y la Secuencia de
Fibonacci; a Stan Planton, a Sylvie Baudeloque, a Peter McGuigan, a
Francis McInerney, a Margie Wachtel, a André Vernet, a Ken Kelleher, de
Anchorball Web Media, a Cara Sottak, a Karyn Popham, a Esther Sung, a
Miriam Abramowitz, a William Tunstall-Pedoe y a Griffín Wooden Brown.
Finalmente, en una novela que le debe tanto a la divinidad
femenina, sería un olvido imperdonable que no mencionara a las
extraordinarias mujeres que han iluminado mi vida. En primer lugar a mi
madre, Connie Brown, también apasionada de la escritura, músico y
modelo a seguir. Y a mi esposa, Blythe, historiadora del arte, pintora,

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editora todoterreno y, sin duda, la mujer con más talento que he
conocido en mi vida.
Los hechos
El Priorato de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una
organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se
descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en
los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre
los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelli, Víctor Hugo y
Leonardo da Vinel.
La prelatura vaticana conocida como Opus Dei es una organización
católica de profunda devoción que en los últimos tiempos se ha visto
inmersa en la controversia a causa de informes en los que se habla de
lavado de cerebro, uso de métodos coercitivos y de una peligrosa
práctica conocida como «mortificación corporal». El Opus Dei acaba de
culminar la construcción de una de sus sedes, con un coste de 47
millones de dólares, en Lexington Avenue, Nueva York.
Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y
rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces.

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Prólogo
Museo del Louvre, París.
10:46 p.m.
Jacques Saunière, el renombrado conservador, avanzaba tambaleándose
bajo la bóveda de la Gran Galería del Museo. Arremetió contra la primera
pintura que vio, un Caravaggio. Agarrando el marco dorado, aquel
hombre de setenta y seis años tiró de la obra de arte hasta que la
arrancó de la pared y se desplomó, cayendo boca arriba con el lienzo
encima.
Tal como había previsto, cerca se oyó el chasquido de una reja de
hierro que, al cerrarse, bloqueaba el acceso a la sala. El suelo de madera
tembló. Lejos, se disparó una alarma.
El conservador se quedó ahí tendido un momento, jadeando,
evaluando la situación. «Todavía estoy vivo.» Se dio la vuelta, se
desembarazó del lienzo y buscó con la mirada algún sitio donde
esconderse en aquel espacio cavernoso.
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