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Sobreviviendo a ti

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Caminaba con la única compañía de mi sombra, no veía a nadie en ningún lugar, todo estaba devastado. Sentí un pinchazo en la pierna y comprobé que era a causa de una rama que sobresalía entre unos tablones de madera, la fuerza del agua había dejado todo hecho un desastre. Solo quería cerrar los ojos e imaginar que todo había sido una pesadilla, pero no podía permitírmelo, debía seguir avanzando para encontrar a mi familia, debía estar con ellos en... el fin del mundo.

 

Era un día normal en mi ciudad,  que se encontraba al este de Miami y como toda estudiante de 17 años, yo Amber Miller, me encontraba en clase cuando todo comenzó. Intentaba no reír con las muecas que hacía mi compañera de mesa y amiga, Jaime cada vez que el profesor elevaba la mano para escribir en la pizarra y la camiseta se le subía dejando a descubierto sus lorzas, las cuales nadie quería ver. 

 

–Para Jamie, por favor–rogué–quiero prestar atención.

 

–¿Prestar atención a ese cuerpo tan sexy?–habló irónica echando su pelo rubio hacia atrás.

 

–No tienes remedio–respondí rodando los ojos y escuché como reía por lo bajo.

 

La última risa que oiría en el día. De pronto sentí que el suelo comenzaba a moverse en mis pies, llegué a pensar que eran imaginaciones mías hasta que los objetos del aula empezaron a mover y caerse al suelo, entre ellos el vaso del profesor que estalló en mil pedazos. 

 

–¡Es un terremoto! ¡Poneros todos a cubierto!–gritó el profesor.

 

Con el corazón a mil por hora me deslicé de la silla y me puse bajo la mesa junto a Jamie, su sonrisa había desaparecido. El fenómeno cobró fuerza e incluso parecía imposible mantenerse en el suelo sin rodar de un lado a otro, nunca había vivido un terremoto, pero esto era demasiado fuerte. Con una mano sujeté la mesa para que los trozos de techo que comenzaban a caerse frenaran sobre el, impidiendo que cayeran en mi cabeza y con la otra sostuve a Jamie quien me miraba aterrada. Las ventanas estallaron y me agaché para esquivar los cristales que habían salido disparados, miré a mi amiga aterrada por si alguno había parado en ella pero por suerte no lo hizo. Sin embargo un grito de dolor impidió mi alivio, un compañero tenía atravesado un cristal por el abdomen y comenzaba a sangrar manchando su camiseta que una vez fue blanca. Las estanterías comenzaron a caer unas tras otras y una rompió una mesa donde por suerte nadie se había refugiado.

 

De pronto todo paró, el suelo dejó de moverse bajo nosotros y nada mas cayó. La gente comenzó a gritar, unos por el miedo, otros por el dolor, nadie esperaba algo así.  Salí de la mesa y me dirigí hasta el chico que tenía atravesado el cristal con intención de ayudar a levantarse para llevarlo al hospital mas cercano.

 

–¡Levanta, debemos llevarte a que te curen!–hablé ofreciendo mi mano, pero algo me interrumpió.

 

–¡Aviso urgente! Estamos ante un peligro inminente, debéis desalojar la zona y moveros a tierras altas, se acerca un tsunami–resonó una voz de alerta en lo megáfonos del instituto.

 

¿Qué demonios sucedía? Seguramente el tsunami habría sido provocado por el terremoto, ¿pero cómo sabían tan rápido que se acercaba uno? Mi corazón dio un vuelco, estaba aquí, en unos minutos llegaría, ya lo habían visto, de ahí un aviso tan veloz. Esto no era normal, no. La gente comenzó a correr y salió del aula dejando todas sus pertenencias e incluso a las personas heridas, todos buscaban salvarse a ellos mismos o tal vez... a sus familiares. Mi hermana de 13 años se encontraba en el otro edificio, tenía que comprobar que estaba bien pero no podía dejar al chico herido con eso clavado.

 

–Sácame el cristal por favor–rogó con los ojos entrecerrados.

 

–No... no puedo–murmuré asustada, todo estaba sucediendo demasiado rápido.

 

–Necesito que lo hagas, si no, no podré huir–habló.

 

Con las manos temblorosas hice contacto con el cristal y respiré profundamente. Desde pequeña sabía que yo no servía para la medicina ya que no podía ver heridas en los demás, pero este chico necesitaba mi ayuda y si salía corriendo dejándolo así, moriría ahogado. Era momento de dejar mis temores atrás y actuar, sujeté con fuerza el cristal y con un gesto rápido lo saqué de su abdomen que comenzó a sangrar. Me quité la chaqueta y la rodeé en la herida apretándola con fuerza para que no se desangrara.

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