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jcerda

on Mar 20, 2007
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Philip K Dick - Ojo en el Cielo

2


OJO EN EL CIELO
Philip K Dick



Título Original: Eye in the Sky
Traducción: M. Blanco
© 1960 by A. A. Wyn Inc.
© 1985 Ediciones Orbis S. A.
Corrientes 1437 - Buenos Aires
ISBN: 84-7634-263-2
Edición digital: Questor
Revisión: Sadrac


I

A las cuatro de la tarde del día 2 de octubre de 1959, el desviador de radiaciones protónicas del Bevatrón de Belmont traicionó a sus creadores. Los efectos de semejante infidelidad tuvieron un desarrollo inmediato. En cuanto se dejó de corregir adecuadamente su trayectoria y, en consecuencia, al quedar sin gobierno, el rayo de seis mil millones de voltios salió disparado hacia el techo de la cámara y en su centellante ascenso redujo a cenizas una plataforma de observación que dominaba el generador.
En aquel preciso momento, ocho personas se encontraban en la plataforma, un grupo de visitantes y su guía. Desposeídas inopinadamente de su estrado, las ocho personas cayeron al piso de la cámara del Bevatrón, donde, sumidas en el dolor de las lesiones y el susto del inesperado descenso a plomo, permanecieron hasta que se disipó el campo magnético y se neutralizó en gran parte la intensa radiación.
De las ocho víctimas, fue necesario hospitalizar a cuatro. Otras dos, cuyas quemaduras eran menos graves, quedaron sometidas a un período indefinido de observación. Las dos restantes fueron examinadas y asistidas, después de lo cual pasaron a sus domicilios. Los periódicos de San Francisco y Oakland informaron del suceso. Los abogados de las personas damnificadas prepararon sus demandas judiciales, iniciando los pleitos correspondientes. Varios funcionarios relacionados con el Bevatrón se desmoronaron encima de la chatarra, en compañía del «Sistema Rectificador Wilcox-Jones» y sus entusiastas inventores. Surgieron operarios y empezaron a reparar los daños materiales.
El lamentable acontecimiento duró apenas dos minutos. A las cuatro en punto comenzó a fallar el aparato rectificador y a las cuatro y dos, ocho personas se habían desplomado desde una altura de veinte metros y atravesado el haz de protones que brotaba del circular receptáculo interno del generador.
El guía, un joven negro, fue el primero en iniciar la caída y en estrellarse contra el piso de la cámara. El último que descendió fue un técnico, también joven, que trabajaba en las cercanas instalaciones de una fábrica de proyectiles teledirigidos. Cuando el grupo salió a la plataforma, el muchacho se separó de sus compañeros, regresó hacia el pasillo y se dispuso a sacar el tabaco.
Es muy probable que, de no haberse precipitado hacia adelante para sujetar a su esposa, no hubiera caído con los demás. Su último recuerdo lúcido consistía en eso: en que soltó el paquete de cigarrillos y alargó inútilmente la manga de la chaqueta de Marsha...

Durante toda la mañana, Hamilton estuvo sentado en los laboratorios de investigación de la planta de proyectiles, sin hacer otra cosa que afilar la punta de un montón de lapiceros y combatir su propia inquietud. En torno suyo, el equipo continuaba trabajando; la entidad seguía su marcha.
Marsha se presentó a las doce, radiante y preciosa, vestida de punta en blanco, tan encantadora como un cisne de los que embellecían el Golden Gate Park. Hamilton despertó al instante de su letargo meditabundo, le sacó de su estado de languidez el dulce aroma de aquella costosa criatura que había conseguido conquistar, una pertenencia a la que apreciaba más que a su conjunto de aparatos estereofónicos de alta fidelidad y más que a su colección de buen whisky.
-¿Qué ocurre? -preguntó Marsha, al tiempo que se inclinaba brevemente sobre el extremo de la superficie gris de la mesa metálica, unía sus dedos enguantados y agitaba con nerviosismo las esbeltas piernas-. Démonos prisa, hay que almorzar en un santiamén para poder acercarnos luego a ese sitio. Hoy es el día señalado para la puesta en funcionamiento, por primera vez, del desviador de marras, ese mecanismo que deseabas contemplar. ¿Lo habías olvidado? ¿Estás a punto?
-A punto para la cámara de gas -repuso Hamilton, con cierta aspereza-. Y la cámara de gas está preparada para recibirme.
Los ojos de Marsha se dilataron un poco; su gesto adoptó un aire serio, dramático.
-¿Pero qué pasa? ¿Más cuestiones secretas de esas de las que no puedes hablar? Cariño, no me dijiste que hoy iba a suceder algo importante. Mientras nos desayunábamos te manifestaste chistoso y juguetón como un cachorrillo.
-A la hora del desayuno no lo sabía. -Tras echar un vistazo a su reloj de pulsera, Hamilton se puso en pie, sin abandonar su expresión sombría-. Disfrutemos de un espléndido almuerzo; tal vez sea el último para mí. -Y añadió-: Y acaso sea también la de esta tarde la última excursión de mi vida.
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