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cdvillarreal

on Mar 10, 2007
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Roberto Fontanarrosa - No se si he sido claro y otros cuentos

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NO SE
SI HE SIDO
CLARO
Y OTROS CUENTOS
R. FONTANARROSA
EDICIONES DE LA FLOR
Foto de tapa a partir de acrílico y pastel de Cristóbal Reynoso (Crist)
Décima edición: noviembre de 1998
Décima edición: noviembre de 1998
© 1985 by Ediciones de la Flor S.R.L.
Gorriti 3695, 1172 Buenos Aires, Argentina
Impreso en la Argentina
Printed in Argentina
Queda hecho el depósito que dispone la ley 11.723
ISBN 950-515-103-9
UNA NOCHE INOLVIDABLE
El que conocía todos los piringundines era mi amigo, el Narigón Costoya.
Hombre de la noche a pesar de su juventud, era para mí una imagen digna de
admiración y envidia, cuando se entreveraba con gente avezada en el trajín algo
turbio de boliches y reductos tangueros. Por eso, aquella vez en que me dijo: "Esta
noche nos vamos al Tabarí", no puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza
en el Narigón era completa.
Purretes todavía, a pesar del estímulo varonil que nos prestaban el cigarrillo con
boquilla y la botita charolada, el ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las
moscas.
-Canta un coso que no te podes perder -me confió Costoya. No teníamos
mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos, pero sí podíamos ufanarnos de un
atrevimiento a toda prueba. En especial de parte del Narigón, poseedor de un ángel
y una soltura verdaderamente notables.
Años más tarde hablaría de él aquel inmortal bardo que fuera don Nicolás
Casona.
La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí por Suipacha al 400, pasamos bajo la
mirada entre severa y cómplice de "Lopecito", el portero, y nos mandamos para
adentro. "Lopecito" no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros
sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba
algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre. Tiempo
después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada, pobrecito,
en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya.
Esa noche de sábado, el "Tabarí" estaba de bote en bote y corría la bebida entre la
algarabía del gentío. Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró
unas rupias) conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar
y recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el
local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar de
saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo pretendían
un mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi amigo, no
vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante la admiración de
nuestras ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una hora cuando
subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña orquesta y a renglón
seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una porcelana. Hubo aplausos
y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso silencio cuando el bandoneón
rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el mutismo de aquel público de
habitual mordaz y bullanguero! ¡Qué dominio sobre la audiencia poseía aquel cantor
de fino bigotito y voz cristalina que a cada momento amenazaba quebrarse!
4 Roberto Fontanarrosa
El artista finalizó sus canciones y no pudo abandonar el proscenio, ante los hurras
y reclamos de la gente que pedía, a grito pelado, alargar su actuación. Fue cuando yo,
intrigado por ese magnetismo increíble que irradiaba de esa garganta privilegiada, le
toco el codo al Narigón y le pregunto: -Che, ¿Quién es?
-¿Cómo? ¿No lo conoce? -se adelanta, entonces, una de las pibas.
-Es Agustín Magaldi -dice la otra. Yo, recuerdo, hice un gesto de asentimiento
sorprendido pero, en verdad, no conocía mucho sobre ese tal Magaldi. Había oído de
sus condiciones, sí, pero sólo un par de veces, como de paso.
-El gran Agustín Magaldi -sentenció el Narigón, que había vuelto a sentarse,
tras la euforia del agasajo. En el escenario, Magaldi estaba anunciando ante la ávida
expectativa de la multitud, su última entrega. En eso, una voz estentórea interrumpe
su soliloquio:
-¡Tenga mano, compañero! Giramos todos nuestras miradas hacia la puerta y
vemos la silueta amenazadora de un hombre recortada frente a los vidrios de la
entrada. Se hizo un silencio de muerte cuando el recién llegado comenzó a avanzar
hacia el escenario a paso firme. Llevaba una daga impresionante en la mano. De más
está decir que la gente se abrió, presurosa, en el camino de aquel malevo. Cuando
trepó al tablado pude verlo mejor, un morocho grandote, aindiado, de rasgos nobles
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