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Roberto Fontanarrosa - No se si he sido claro y otros cuentos
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NO SE
SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS R. FONTANARROSA EDICIONES DE LA FLOR Foto de tapa a partir de acrílico y pastel de Cristóbal Reynoso (Crist) Décima edición: noviembre de 1998 Décima edición: noviembre de 1998 © 1985 by Ediciones de la Flor S.R.L. Gorriti 3695, 1172 Buenos Aires, Argentina Impreso en la Argentina Printed in Argentina Queda hecho el depósito que dispone la ley 11.723 ISBN 950-515-103-9 UNA NOCHE INOLVIDABLE El que conocía todos los piringundines era mi amigo, el Narigón Costoya. Hombre de la noche a pesar de su juventud, era para mí una imagen digna de admiración y envidia, cuando se entreveraba con gente avezada en el trajín algo turbio de boliches y reductos tangueros. Por eso, aquella vez en que me dijo: "Esta noche nos vamos al Tabarí", no puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza en el Narigón era completa. Purretes todavía, a pesar del estímulo varonil que nos prestaban el cigarrillo con boquilla y la botita charolada, el ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las moscas. -Canta un coso que no te podes perder -me confió Costoya. No teníamos mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos, pero sí podíamos ufanarnos de un atrevimiento a toda prueba. En especial de parte del Narigón, poseedor de un ángel y una soltura verdaderamente notables. Años más tarde hablaría de él aquel inmortal bardo que fuera don Nicolás Casona. La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí por Suipacha al 400, pasamos bajo la mirada entre severa y cómplice de "Lopecito", el portero, y nos mandamos para adentro. "Lopecito" no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre. Tiempo después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada, pobrecito, en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya. Esa noche de sábado, el "Tabarí" estaba de bote en bote y corría la bebida entre la algarabía del gentío. Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró unas rupias) conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar y recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar de saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo pretendían un mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi amigo, no vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante la admiración de nuestras ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una hora cuando subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña orquesta y a renglón seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una porcelana. Hubo aplausos y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso silencio cuando el bandoneón rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el mutis... Show full text: 401,238 characters
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