Después de clases

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Esta historia está registrada mediante resolución administrativa nº 1-186/2010 La Paz- Bolivia 2011

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El deseo de un moribundo

La mañana transcurría entre lágrimas y sollozos; algunos de verdaderos sentimientos de tristeza, otros hipócritas, de quienes van a un funeral por mostrar que se interesan por los demás y que el fallecimiento de un anciano profesor de física era un acontecimiento que hondaba profundo en sus corazones.

Posiblemente Nicolás era quien más lo sentía, el Ingeniero Cohen más que un tío había sido  como un padre para él. Sin embargo, no fue hasta que dirigió la mirada hacia una de sus alumnas de la escuela que sintió como su corazón era oprimido hasta sentir un vacío doloroso en el pecho; después de todo era Thaly, su alumna, quien más necesitaba de su profesor y confidente para no caer al borde del suicidio…

El Ingeniero Cohen era el profesor de física del colegio privado “San Abel”, pero al ser diagnosticado con leucemia tuvo que dejar la enseñanza, dejando en su lugar a su sobrino Nicolás.  

La directora del colegio no estuvo de acuerdo en un principio. A pesar de que Nicolás había estudiado ingeniería mecánica en la universidad y se había graduado con honores, la idea no le gustaba por el hecho de considerarlo muy joven, falto de experiencia y sin duda una distracción para las alumnas del colegio. Sin embargo, el inicio de clases estaba cerca y no conseguiría  un maestro calificado y acorde a los altos estándares de “San Abel”, así que no tuvo más remedio que aceptarlo.

***

—No entiendo cómo me convenciste de ser maestro en tu escuela —dijo Nicolás con cara de resignación.

—Te convencí porque puede ser el último deseo de un viejo moribundo —le respondió su tío con un vano intento de sonrisa.

— ¡No es gracioso tío! ¡No hables de la muerte como si nada!

—Y tú no hables de ella como si no fuese algo inevitable. Voy a morir pronto, debes hacerte a la idea, yo ya me la hice, por eso dejé todo arreglado antes de partir. Lo más importante era saber que mis pequeños alumnos estarían en buenas manos y ya cubrí eso dejándote en mi lugar.

Nicolás esbozó una sonrisa, ver al ser que más quería en el mundo postrado en una cama de hospital no le hacía gracia, pero sí el hecho de que sin importar la situación, su tío siempre sabía encontrar el lado positivo y llenarte de tranquilidad y el sentimiento de que todo va a mejorar.

—Nicolás, la hora de visita ya terminó, mejor regresa a tu casa y descansa, mañana tienes clases a las siete y media de la mañana.

—Sí ya sé, creo que eso es lo que más odio de este trabajo, que las clases son tan temprano ¿A quién se le ocurrió hacer madrugar a esos pobres niños?

—Más que a los niños querrás decir a los maestros. Ya vete de una vez hijo, no quiero que llegues tarde mañana.

Nicolás se despidió y salió de la habitación protestando.

“Siete y media… ¡Tendré que despertarme a las seis mínimo!, estoy acostumbrado a dormir hasta las diez, ¡Qué lata! Tampoco podré salir entre semana, qué fastidio…”

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando vio el escándalo que había en la puerta del hospital. Una muchacha de aproximadamente quince años peleaba con el guardia de seguridad.

— ¡No puede impedirme la entrada, faltan cinco minutos para que terminen las visitas! –protestaba la muchacha claramente alterada.

—No faltan, la hora ya pasó, no puedes entrar —decía el guardia mientras le tapaba la entrada.

— ¡Su reloj está adelantado!… por favor, sólo quiero darle un paquete a alguien, no tomará mucho tiempo —la muchacha suavizaba su voz y volteaba la mirada al piso como si estuviese a punto de llorar.

—No niña, vuelve mañana ¿quieres?

El espectáculo parecía haber concluido en cuanto la joven volteó hacia la calle y el guardia regresaba a su caseta. Cuando de un momento a otro, la muchacha echó a correr hacia el hospital como alma que lleva el diablo.

— ¡Hey, deténganla! — el guardia, claramente encolerizado, corrió tras ella.

Nicolás no pudo aguantar la carcajada ante la escena: la niña corriendo, el guardia, dos médicos y dos enfermeras hacían el intento de atraparla; pero sin duda ella era más veloz y ágil, mucho más que las enfermaras que resbalaban por los pisos recién lustrados y se estrellaban contra las camillas.

Unos minutos más tarde un médico pudo por fin agarrarla y se la entregó al guardia, quien prácticamente la arrojó a la calle.

— ¡Vete mocosa escandalosa!, ¡y agradece que no llame a la policía!

—Está bien, vuelvo mañana —decía mientras se sacudía por donde el guardia la había agarrado.

— ¡Cual mañana! ¡Si te vuelvo a ver cerca de este hospital te lanzo agua caliente!

La joven miró con odio y una expresión infantil al guardia mientras le hacía un gesto obsceno con la mano.

— ¡Mocosa maldita! ¡Ahora si llamo a la policía! —ante estas palabras, la muchacha desapareció de la escena cual ninja experta.

Nicolás todavía lloraba de la risa, al menos entre tanta tristeza algo había alegrado su día.

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El deseo de un Moribundo

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