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Manuel Altolaguirre
Lluvia El cielo se da despeinado, su melena de cristal se destrenza en el sembrado. Espejo y Eco 1 A la orilla A la orilla del lago cercado de montañas jugamos al billar con nuestras voces. 2 ¿Por qué? ¿Por qué no tiene memoria el acantilado aquel que tan bien me repetía tus gritos de colegiala? Las barcas Las barcas de dos en dos como sandalias del viento puestas a secar al sol. Yo y mi sombra, ángulo recto. Yo y mi sombra, libro abierto. (...) El egoísta Era dueño de sí, dueño de nada (...) "en el blanco suicido de las aguas" (Poema del agua) "Mi soledad llevo dentro/torre de ciegas ventanas" (Poemas de asedio) "Somos el polen de la tierra..." (Polen) "Las islas invitadas" (Las islas invitadas) "Era dueño de sí, dueño de nada" (El egoísta) "Ni un músculo se mueve/en tu fuga veloz, nube tranquila" (La Nube) "El aire, dios del tacto" (El aire) Tu desnudo (...) ¡Qué crepúsculo bello de rubor y cansancio era tu piel! Estabas como un astro sin brillo, recibiendo del sol la luz de tu contorno. Sólo bajo tus pies era de noche SOLEDAD SIN OLVIDO ¡Qué pena ésta de hoy! Haberlo dicho todo, volcando por completo lo que pesaba tanto, y ver luego que todo se queda siempre dentro, que las palabras fueron espejos engañosos, cristales habitados por fantasmas sin vida; que todo queda dentro con sus negras presencias, insistentes, doliendo. Fábula Eco, perseguidora de Narciso, ahora quieta, apretada, sin voz ni sangre, mineral, se opone a la dilatación de los sonidos. Alta roca vestida con espejos, detrás de los cristales de su brillo negras paredes niegan a su alma sendas conducidoras de lo externo. Aislada, meditando, sin oídos, en el silencio de su piel los vértices de las luces y voces rechazadas. Su pena tiene por lenguaje un río. ¿Qué no dirán las aguas transparentes hablando del amor que la consume? ¿Qué pintura no harán de la belleza de quien al contemplarse en tal murmullo inmóvil desnudó su pensamiento? ¡Oh, blanca flor sin carne en la ribera! ¿Cómo olvidar tu forma conseguiste? ¿Cómo pudiste derribar los muros que guardaban tu alma inaccesible? Ahora, ya flor o puro pensamiento, tu perfume, alma externa, se dilata amorosa, engolfándose en el aire. Esto quedó de ti, de tu hermosura. Al verla reflejada en la corriente supiste transformarla en poesía. Eso quedó de ti. Y tu recuerdo dibujado en la entraña de una roca, continua madre, manantial de un río. No ME HAS QUERIDO No me has querido y huyes por tus años, dejándome el recuerdo permanente de una durable juventud perfecta. Otros verán tu vida deshacerse. Yo conservaré siempre en mi memoria lo que mis ojos no tendrán en suerte. Dejarás de ser tú aunque no mueras; aunque no vivas te tendré en mi frente. Siempre joven serás en mi recuerdo. Esto gané, mi vida, con perderte. A UN OLMO ¡Qué lenta libertad vas conquistando con un silencio lleno de verdores! Apenas si se nota en ti la vida y nada hay muerto en ti, olmo gigante. Tus hojas tan pequeñas me enternecen, te aniñan, te disculpan de los brutales troncos de tus ramas. Las hojas que resbalan por tu rostro parecen el espejo de mi llanto, parecen las palabras cariñosas que me sabrías decir si fueras hombre. ¡Quién como tú pudiera ser tan libre, con esa libertad lenta y tranquila con la que así te vas formando! Tú permaneces, pero te renuevas, estás bien arraigado, pero creces, y conquistas el cielo sin derrota, dueño de tu comienzo y de tus fines. Si yo tuviera comunicaciones con las duras raíces ancestrales; si mis antepasados retorcidos me retuvieran firmes desde el suelo; si mis hijos, mis versos y las aves brotaran de mis brazos extendidos, como un hermano tuyo me sintiera. Olmo, dios vegetal, bajo tu sombra, bajo el rico verdor de tus ideas, amo tu libertad, que lentamente sobrepasa los duros horizontes, y me quejo de mí, tan engañado, andando suelto para golpearme contra muros de cárcel y misterio. Las tinieblas son duras para el hombre. ELEGÍA AL POETA ANTONIO MACHADO Dejé la vida y me vestí de olvido recorriendo la muerte por buscarte sin que tu sombra hundida en otras sombras reconociese mi furtiva noche. En el dolor de España te he sentido confundiendo mi llanto con tu llanto en el aire tu voz sobre la mía dándose sombra y luz, y un mismo fuego.
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