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vertice

on Oct 25, 2009
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Roth Philip - El Animal Moribundo

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El animal moribundo





Philip Roth
El animal moribundo
Traducción de Jordi Fibla





La conocí hace ocho años. Asistía a mi clase. Ya no me dedico a
la enseñanza a jornada completa y, en rigor, no enseño literatura en
absoluto, sino que, desde hace varios años, doy una sola clase, un
importante seminario de escritura crítica para estudiantes de
último curso que se denomina Crítica Práctica. Atraigo a muchas
alumnas, por dos razones: porque es una materia con una
fascinante combinación de encanto intelectual y encanto
periodístico, y por- que me han escuchado en la NPR1 , donde hago
crítica de libros, o me han visto en el Canal 13 hablando de temas
culturales. La tarea que he realizado durante los últimos quince
años como crítico cultural en el programa de televisión me ha dado
una considerable fama local y por ese motivo les atrae mi clase. Al
principio, no me daba cuenta de que salir en la tele una vez a la
semana durante diez minutos podía ser tan impresionante como
resulta serlo para estas alumnas. Pero la celebridad las atrae sin
remedio, por muy insignificante que pueda ser la mía.

1 Siglas de la National Public Radio, la radio nacional de EEUU, que se distingue por sus programas de
calidad y gran nivel cultural (N. del T.)

Ahora bien, como sabes, soy muy vulnerable a la belleza
femenina. Cada uno está indefenso contra algo, y yo lo estoy en ese
aspecto. Veo la belleza y me ciega para todo lo demás. Asisten a mi
primera clase y sé casi de inmediato cuál de ellas es la chica
apropiada para mí. Hay un relato de Mark Twain en el que éste
huye de un toro y se esconde en la copa de un árbol; el toro alza los
ojos para mirarle y piensa: «Usted es mi carne, señor». Pues bien,
ese «señor» se transforma en «jovencita» cuando las veo en clase.
Desde entonces han pasado ocho años; yo tenía ya sesenta y dos, y
la chica, que se llama Consuelo Castillo, veinticuatro. No es como
los demás alumnos de la clase, no parece una estudiante, por lo
menos no parece una estudiante normal y corriente. No es una ado-
lescente a medias, no es una de esas chicas que adoptan poses
desgarbadas, de aspecto descuidado y que tienen continuamente
latiguillos como «o sea» en la boca. Habla con propiedad, es seria, su
postura es perfecta; parece saber algo de la vida adulta, junto con la
manera de sentarse, permanecer en pie y caminar. En cuanto
entras en la clase, te das cuenta de que esa chica o bien sabe más o
desea saber más. Su modo de vestir... no es con exactitud lo que se




llama chic, no es extravagante, desde luego, pero, de entrada,
nunca se pone tejanos, ni planchados ni sin planchar. Viste con
esmero, con un gusto sereno, faldas, vestidos y pantalones de buen
corte. Si viste como una atractiva secretaria de un prestigioso bufete
de abogados, no lo hace para reducir la sensualidad de su aspecto,
sino más bien, se diría, para tener un aire profesional. Como la
secretaria del presidente de un banco. Tiene una blusa de seda
color crema que se pone bajo un blazer azul bien cortado, con
botones dorados, un bolso de mano marrón con la pátina de la piel
cara y botitas a juego que le llegan al tobillo, y lleva una falda de
punto gris, un poco elástica, que revela las líneas de su figura con
tanta sutileza como puede hacerlo semejante prenda. Su estilo de
peinado es natural pero cuidado. Tiene el cutis pálido, la boca
arqueada, aunque los labios son gordezuelos, y la frente
redondeada, una frente lustrosa con la suave elegancia de una obra
de Brancusi. Procede de Cuba, y sus familiares son prósperos
cubanos que viven en Jersey, al otro lado del río, en el condado de
Bergen. Tiene el cabello muy negro y liso, pero siempre una pizca
áspero. Y es grande, es una mujer grande. Lleva desabrochados los
tres primeros botones de la blusa, por lo que puedes ver que tiene
unos pechos poderosos y bellos. Enseguida reparas en el espacio
entre ambos y te percatas de que ella lo sabe. Te das cuenta de que,
a pesar del decoro, la meticulosidad, el estilo cautamente soigné, o
tal vez debido a todo ello, es consciente de sí misma. Asiste a la
primera clase con la chaqueta abrochada sobre la blusa, pero al
cabo de unos cinco minutos se la ha quitado. Cuando vuelvo a
mirarla, se la ha puesto de nuevo. Así pues, comprendes que tiene
conciencia de su poder pero todavía no está segura de cómo usarlo,
qué hacer con él, incluso hasta qué punto lo desea. Ese cuerpo aún
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