|
||||||||
![]() |
||||||||
|
|
||||||||
|
PHILIP PULLMAN
Segunda parte de la trilogía, tras LUCES DEL NORTE LA DAGA es la segunda parte de la trilogía abierta por LUCES DEL NORTE. En esta ocasión, la historia se desarrolla en tres universos diferentes: el primero, el de LUCES DEL NORTE, tan similar a nuestro mundo y a la vez, tan distinto; el segundo, nuestro cosmos cotidiano, el que todos nosotros conocemos; y, finalmente, un tercer universo, nuevo y diferente, cargado de sorpresas. 1 EL GATO Y LOS OLMOS Deprisa, vamos... -apremió Will a su madre al tiempo que le tiraba de la mano. Su madre, no obstante, se resistía a avanzar, pues aún tenía miedo. Will inspeccionó la estrecha calle que discurría entre dos hileras de casas, cada una provista de un pequeño jardín y un seto; en las ventanas de un lado se reflejaba el sol del atardecer, mientras que en las del otro se asentaba la penumbra. Quedaba poco tiempo. La gente debía de estar cenando y pronto los niños saldrían a la calle, y los mirarían, se fijarían en ellos, harían comentarios. Resultaba peligroso demorarse, pero como de costumbre lo único que podía hacer era tratar de convencerla. -Mamá, vamos, entraremos en casa de la señora Cooper -propuso-. Mira, casi hemos llegado. -¿La señora Cooper? -preguntó ella con aire dubitativo. Él ya llamaba al timbre. Había tenido que dejar la bolsa en el suelo, porque todavía llevaba cogida de la mano a su madre. A sus doce años no le habría gustado que lo vieran así, pero sabía qué le ocurriría a ella si la soltaba. Se abrió la puerta y en el umbral apareció la encorvada figura de la anciana profesora de piano, envuelta en un aroma a colonia de lavanda, tal como la recordaba. -¿Quién ha venido? ¿Eres tú, William? -dijo la anciana-. Hacía más de un año que no te veía. ¿Qué quieres, guapo? -Me gustaría entrar, por favor, y hacer pasar a mi madre -contestó con firmeza. La señora Cooper miró a la mujer, que tenía el cabello alborotado, una media sonrisa en los labios y una expresión ausente en el rostro, y al niño, con la mirada ardiente y entristecida, los labios apretados y la mandíbula tensa. Enseguida advirtió que la señora Parry, la madre de Will, se había pintado sólo un ojo y no se había dado cuenta; tampoco Will. Aquello era muy raro. -Bueno... -aceptó, apartándose hacia un lado para franquearles la entrada en el angosto pasillo. Antes de cerrar la puerta Will miró a ambos lados de la calle, y la señora Cooper observó la fuerza con que la señora Parry se aferraba a la mano de su hijo y la ternura con que éste la conducía hasta el salón donde estaba el piano (la única habitación de la casa que él conocía). También reparó en el tenue olor a humedad que desprendía la ropa de la señora Parry, como si hubiera permanecido demasiado tiempo en la lavadora antes de tenderla, y en el gran parecido que existía entre ambos - los anchos pómulos, los grandes ojos y las rectas cejas negras- mientras permanecían sentados en el sofá, iluminados por el sol vespertino. -¿Qué ocurre, William? -preguntó la anciana. -Mi madre necesita un sitio donde quedarse unos días -explicó-. Ahora mismo me resulta muy difícil cuidar de ella. Eso no significa que esté enferma. Sólo está, digamos, un poco confusa y desorientada, y a veces se preocupa demasiado. No le causará problemas. Sólo necesita alguien amable a su lado, y por eso he pensado en usted. La mujer observaba a su hijo como si no comprendiera sus palabras, y la señora Cooper se percató de que tenía un morado en la mejilla. Will miraba fijamente a la señora Cooper con cara de desesperación. -No le supondrá ningún gasto -continuó-. He traído algunos paquetes de comida. Creo que serán suficientes. A ella no le importará compartirlos con usted. -Pero... No sé si debería... ¿No convendría que la examinara un médico? -¡No! No está enferma. -Pero debe de haber alguien que acepte ocuparse de ella... un vecino o un pariente... -No tenemos familiares. Estamos los dos solos. Y los vecinos están demasiado atareados. -¿Y los servicios de asistencia social? No pretendo darte la espalda, cariño, pero... -¡No! Sólo necesita un poco de ayuda. Yo no podré atenderla durante un tiempo, no demasiado. Voy a... Tengo asuntos que resolver. Regresaré pronto y la llevaré de nuevo a casa, se lo prometo. No tendrá que cuidarla mucho tiempo. La madre miraba con gran confianza al muchacho, que la tranquilizó con una sonrisa tan cargada de amor que la señora Cooper no pudo negarse. -De acuerdo -concedió volviéndose hacia a la señora Parry-. Estoy segura que no pasará
|
||||||||
|
© WP Technology Inc. 2010
User-posted content is subject to its own terms. |