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Español
#224429
erwilin
erwilin

Oct 19, 2009
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La Daga

PHILIP PULLMAN
Segunda parte de la trilogía,
tras LUCES DEL NORTE
LA DAGA es la segunda parte de la trilogía abierta por
LUCES DEL NORTE. En esta ocasión, la historia se
desarrolla en tres universos diferentes: el primero, el de
LUCES DEL NORTE, tan similar a nuestro mundo y a la
vez, tan distinto; el segundo, nuestro cosmos cotidiano, el
que todos nosotros conocemos; y, finalmente, un tercer
universo, nuevo y diferente, cargado de sorpresas.
1
EL GATO Y LOS OLMOS
Deprisa, vamos... -apremió Will a su madre al tiempo que le tiraba de la mano.
Su madre, no obstante, se resistía a avanzar, pues aún tenía miedo. Will
inspeccionó la estrecha calle que discurría entre dos hileras de casas, cada una
provista de un pequeño jardín y un seto; en las ventanas de un lado se reflejaba el sol
del atardecer, mientras que en las del otro se asentaba la penumbra. Quedaba poco
tiempo. La gente debía de estar cenando y pronto los niños saldrían a la calle, y los mirarían, se
fijarían en ellos, harían comentarios. Resultaba peligroso demorarse, pero como de costumbre lo
único que podía hacer era tratar de convencerla.
-Mamá, vamos, entraremos en casa de la señora Cooper -propuso-. Mira, casi hemos
llegado.
-¿La señora Cooper? -preguntó ella con aire dubitativo. Él ya llamaba al timbre. Había tenido
que dejar la bolsa en el suelo, porque todavía llevaba cogida de la mano a su madre. A sus doce
años no le habría gustado que lo vieran así, pero sabía qué le ocurriría a ella si la soltaba.
Se abrió la puerta y en el umbral apareció la encorvada figura de la anciana profesora de piano,
envuelta en un aroma a colonia de lavanda, tal como la recordaba.
-¿Quién ha venido? ¿Eres tú, William? -dijo la anciana-. Hacía más de un año que no te veía.
¿Qué quieres, guapo?
-Me gustaría entrar, por favor, y hacer pasar a mi madre -contestó con firmeza.
La señora Cooper miró a la mujer, que tenía el cabello alborotado, una media sonrisa en los
labios y una expresión ausente en el rostro, y al niño, con la mirada ardiente y entristecida, los labios
apretados y la mandíbula tensa. Enseguida advirtió que la señora Parry, la madre de Will, se había
pintado sólo un ojo y no se había dado cuenta; tampoco Will. Aquello era muy raro.
-Bueno... -aceptó, apartándose hacia un lado para franquearles la entrada en el angosto
pasillo.
Antes de cerrar la puerta Will miró a ambos lados de la calle, y la señora Cooper observó la fuerza
con que la señora Parry se aferraba a la mano de su hijo y la ternura con que éste la conducía hasta
el salón donde estaba el piano (la única habitación de la casa que él conocía). También reparó en el
tenue olor a humedad que desprendía la ropa de la señora Parry, como si hubiera permanecido
demasiado tiempo en la lavadora antes de tenderla, y en el gran parecido que existía entre ambos -
los anchos pómulos, los grandes ojos y las rectas cejas negras- mientras permanecían sentados en
el sofá, iluminados por el sol vespertino.
-¿Qué ocurre, William? -preguntó la anciana.
-Mi madre necesita un sitio donde quedarse unos días -explicó-. Ahora mismo me resulta
muy difícil cuidar de ella. Eso no significa que esté enferma. Sólo está, digamos, un poco confusa y
desorientada, y a veces se preocupa demasiado. No le causará problemas. Sólo necesita alguien
amable a su lado, y por eso he pensado en usted.
La mujer observaba a su hijo como si no comprendiera sus palabras, y la señora Cooper se
percató de que tenía un morado en la mejilla. Will miraba fijamente a la señora Cooper con cara de
desesperación.
-No le supondrá ningún gasto -continuó-. He traído algunos paquetes de comida. Creo que
serán suficientes. A ella no le importará compartirlos con usted.
-Pero... No sé si debería... ¿No convendría que la examinara un médico?
-¡No! No está enferma.
-Pero debe de haber alguien que acepte ocuparse de ella... un vecino o un pariente...
-No tenemos familiares. Estamos los dos solos. Y los vecinos están demasiado atareados.
-¿Y los servicios de asistencia social? No pretendo darte la espalda, cariño, pero...
-¡No! Sólo necesita un poco de ayuda. Yo no podré atenderla durante un tiempo, no demasiado.
Voy a... Tengo asuntos que resolver. Regresaré pronto y la llevaré de nuevo a casa, se lo prometo.
No tendrá que cuidarla mucho tiempo.
La madre miraba con gran confianza al muchacho, que la tranquilizó con una sonrisa tan cargada
de amor que la señora Cooper no pudo negarse.
-De acuerdo -concedió volviéndose hacia a la señora Parry-. Estoy segura que no pasará

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