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erwilin

on Oct 19, 2009
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Luces del Norte

1


LUCES DEL NORTE
La materia oscura/1
Phillip Pullman
Phillip Pullman
Título Original: Northern Lights.
Traducción: Roser Verdaguer
© 1995 By Phillip Pullman
© 1998 Ediciones B. S.A.
ISBN: 84-4063296-7
Edición Electrónica: Pincho
R6 08/02
En este espantoso abismo,
matriz de la naturaleza y tal vez tumba,
no de mar, ni tierra, ni aire, ni fuego,
sino de todos juntos en sus fecundadoras causas
confusamente mezclados, y al que debe combatirse siempre,
a menos que aquel que todo lo hace y puede ordene
sus oscuras materias y cree más mundos,
en este espantoso abismo, el cauteloso demonio
se detuvo al borde del infierno y miró un momento,
considerando su viaje...
JOHN MILTON, El paraíso perdido, libro II
PRIMERA PARTE - OXFORD
1 - LA LICORERA DE TOKAY
Lyra y su daimonion atravesaron el comedor, cuya luz se iba atenuando por momentos,
procurando mantenerse a un lado del mismo, fuera del campo de visión de la cocina. Ya
estaban puestas las tres grandes mesas que lo recorrían en toda su longitud, la plata y el
cristal destellaban pese a la poca luz y los largos bancos habían sido retirados un poco
con el fin de recibir a los comensales. La oscuridad dejaba entrever los retratos de
antiguos rectores colgados de las paredes. Lyra se acercó al estrado y, volviéndose para
observar la puerta abierta de la cocina, como no viera a nadie, subió a él y se acercó a la
mesa principal, la más alta. El servicio en ella era de oro, no de plata, y los catorce
asientos no eran bancos de roble sino sillones de caoba con cojines de terciopelo.
Lyra se detuvo junto a la silla del rector y dio un suave golpecito con la uña en la gran
copa de cristal. La vibración resonó en todo el comedor.
-Un poco de seriedad -le murmuró su daimonion-. A ver si sabes comportarte.
El nombre de su daimonion era Pantalaimon y normalmente tenía la forma de una
mariposa nocturna, una mariposa de color marrón oscuro, a fin de pasar inadvertido en la
penumbra del salón.
-Hay mucho ruido para que puedan oírnos en la cocina -le respondió Lyra en un
murmullo-. Y el camarero no vendrá hasta el primer campanillazo. ¡Deja ya de darme la
lata!
Volvió, pues, a poner la palma de la mano sobre el resonante cristal mientras
Pantalaimon se alejaba revoloteando y desaparecía por la puerta entreabierta del salón
reservado, situado al otro extremo del estrado. Al poco rato apareció de nuevo.
-No hay nadie -musitó-, pero tenemos que darnos prisa.
Agachándose detrás de la mesa principal, Lyra se lanzó como un dardo a la puerta del
salón reservado y, ya allí, se paró a echar un vistazo alrededor. La única luz de la
estancia era la procedente de la chimenea, cuyos troncos fulguraron con vivo resplandor
mientras los miraba, levantando un surtidor de chispas. Aunque había pasado gran parte
de su vida en el college, aquélla era la primera vez que entraba en el salón reservado:
sólo tenían permiso para ello los licenciados y sus invitados, nunca las mujeres. Ni
siquiera lo limpiaban las criadas, sólo el mayordomo.
Pantalaimon se posó en su hombro.
-¿Ya estás contenta? ¿Nos podemos marchar? -dijo en un murmullo.
-¡No seas tonto! ¡Lo quiero ver todo!
Era una estancia espaciosa y en ella había una mesa ovalada de bruñido palo de rosa
sobre la cual estaban dispuestas varias licoreras, además de vasos y un artefacto de plata
para moler tabaco, provisto de un porta pipas. En un aparador cercano había un pequeño
calientaplatos y una cesta de cápsulas de adormidera.
-Se dan buena vida, ¿no te parece, Pan? -observó Lyra, conteniendo la voz.
Se sentó en una de la enormes butacas de cuero verde. Era tan inmensa que podía
tumbarse en ella, pero se incorporó y se acomodó sobre las piernas para contemplar los
retratos colgados en las paredes. Probablemente antiguos alumnos: todos togados,
barbudos y siniestros, mirándola fijamente desde el interior de sus marcos, en actitud de
solemne desaprobación.
-¿De qué estarán hablando? -dijo Lyra o, mejor dicho, empezó a decir, ya que antes
de terminar la pregunta se oyeron voces al otro lado de la puerta.
-¡Detrás de la butaca! ¡Rápido! -la instó Pantalaimon.
De un salto Lyra se levantó de la butaca y se ocultó detrás. No era el mejor lugar para
esconderse, ya que escogió precisamente la butaca que estaba en el centro mismo de la
habitación y, a menos que no hiciera ningún ruido...
Se abrió la puerta y en la estancia se produjo un cambio de luz. Uno de los que habían
entrado llevaba una lámpara, que dejó en el aparador. Lyra alcanzaba a verle las piernas,
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