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Posted by

LordBlazer

on Jan 10, 2007
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Eldest parte 1

8


Christopher Paolini

Eldest

Un doble desastre

«Los cantos de los muertos son los lamentos de los vivos.» Eso pensó Eragon mientras pasaba por encima del cuerpo retorcido y despedazado de un úrgalo. El rostro destrozado del monstruo lo miraba con recelo mientras Eragon escuchaba los lamentos de las mujeres que retiraban a sus seres queridos del suelo de Farthen Dür, embarrado por la sangre. Tras él, Saphira bordeó con delicadeza el cadáver. El único color que brillaba en la penumbra de la montaña hueca procedía de sus escamas azules. Habían pasado ya tres días desde que los vardenos y los enanos se enfrentaran a los úrgalos por la posesión de Tronjheim, la ciudad montaña; pero la matanza seguía desparramada por el campo de batalla. La cantidad de cadáveres había frustrado la intención de enterrar a los muertos. A lo lejos, una pira de fuego emitía un lúgubre brillo junto al muro de Farthen Dür, donde quemaban a los úrgalos. No había entierro ni honroso lugar de descanso para ellos. Al despertar, Eragon había descubierto que Angela había curado sus heridas, y había intentado por tres veces colaborar en las tareas de recuperación. En cada ocasión lo habían atacado terribles dolores que parecían estallar en su columna, y los sanadores le habían proporcionado diversas pociones. Arya y Angela le dijeron que estaba perfectamente sano; aun así, le dolía. Saphira tampoco podía ayudar; apenas alcanzaba a compartir su dolor cuando éste recorría el nexo mental que los unía. Eragon se pasó una mano por la cara y alzó la vista a las estrellas que asomaban por la cumbre de Farthen Dür, difuminadas por el humo tiznado de la pira. Tres días. Tres días desde que matara a Durza; tres días desde que la gente empezara a llamarlo Asesino de Sombra; tres días desde que los restos del brujo arrasaran su mente y lo salvara el misterioso Togira Ikonoka, el Lisiado que está Ileso. Sólo había hablado de eso con Saphira. Luchar contra Durza y los espíritus oscuros que lo controlaban había transformado a Eragon, pero aún no sabía con certeza si para bien o para mal. Se sentía frágil, como si cualquier golpe repentino pudiera hacer añicos su cuerpo y su conciencia, recién reconstruidos. Ahora había acudido al lugar del combate, impulsado por un morboso deseo de ver las secuelas. Al llegar, no había encontrado más que la incómoda presencia de la muerte y la descomposición, nada de la gloria que había aprendido a esperar por las canciones heroicas. Antes de que los ra'zac asesinaran a su tío Garrow, la brutalidad que Eragon había presenciado entre humanos, enanos y úrgalos lo hubiese destrozado. Ahora, lo aturdía. Había aprendido, con la ayuda de Saphira, que la única manera de conservar la racionalidad entre tanto dolor consistía en hacer algo. Más allá de eso, sin embargo, ya no creía que la vida poseyera ningún sentido inherente; no después de ver a los hombres desgarrados por los kull, el suelo convertido en un lecho de cuerpos desmembrados y tanta sangre derramada que hasta empapaba las suelas de sus botas. Si había algún honor en la guerra, concluyó, sólo consistía en luchar por evitar el daño ajeno. Se agachó y arrancó del suelo una muela. Mientras la agitaba en la palma de la mano, dio una lenta vuelta con Saphira por el llano pisoteado. Se detuvieron al borde cuando vieron que Jórmundur -mano derecha de Ajihad al mando de los vardenos- se acercaba a ellos corriendo desde Tronjheim. Al llegar a su altura, hizo una reverencia; Eragon era consciente de que, apenas unos días antes, no lo hubiera hecho. -Me alegro de encontrarte a tiempo, Eragon -dijo. Llevaba en una mano una nota garabateada en un pergamino-. Ajihad va a volver y quiere que estés ahí cuando llegue. Los demás ya lo están esperando junto a la puerta oeste de Tronjheim. Tenemos que darnos prisa para llegar a tiempo. Eragon asintió y se dirigió hacia la puerta oeste, con una mano apoyada en Saphira. Ajihad había pasado casi tres días fuera, persiguiendo a los úrgalos que conseguían escapar por los túneles de los enanos que horadaban la piedra bajo las montañas Beor. Eragon sólo lo había visto una vez, entre dos de esas expediciones, y Ajihad estaba indignado porque acababa de descubrir que Nasuada había desobedecido la orden de marcharse con las demás mujeres y los niños antes de la batalla. En vez de eso, había luchado escondida entre los arqueros vardenos. Murtagh y los gemelos también se habían ido con Ajihad: los gemelos, porque era una tarea peligrosa y el líder de los vardenos
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