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El misterio del Priorato de Sión
Jean-Michel Thibaux Traducción de Juan Tafur Título original: Le secret de l'Abbé Saunière @ Editions Plon, 1987, 2005 Primera edición: noviembre de 2005 Segunda edición: noviembre de 2005 Tercera edición: diciembre de 2005 © de la traducción: Juan Tafur © de esta edición: Roca Editorial de Libros, S.L. Marquès de 1'Argentera, 17. Pral. 1ª 08003 Barcelona. www.rocaeditorial.com Impreso por Industria Gráfica Domingo, S.A. Industria, 1 Sant Joan Despí (Barcelona) ISBN: 84-96284-97-2 Depósito legal: B. 33.633-2005 ADVERTENCIA Este archivo es una copia de seguridad, para compartirlo con un grupo reducido de amigos, por medios privados. Si llega a tus manos debes saber que no deberás colgarlo en webs o redes públicas, ni hacer uso comercial del mismo. Que una vez leído se considera caducado el préstamo del mismo y deberá ser destruido. En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran. Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente... RECOMENDACIÓN Si te ha gustado esta lectura, recuerda que un libro es siempre el mejor de los regalos. Recomiéndalo para su compra y recuérdalo cuando tengas que adquirir un obsequio. y la siguiente... PETICIÓN Libros digitales a precios razonables. A Henri Noulet y Serge Solier, Marie de Saint-Gély, Jean Robin, Irène Merle, Franck Marie, Gérard de Sède, Otto von Hötzendorf, Jean-Luc de Cabrières, Naguib Shawwad, Louis des Rochettes, Henri Sorgue, Patrick Ressmann, Jacques Rivière, Pierre Jarnac, Richard Duval, Yolande de Chatelet, Yves Lignon, Irène Cazeneuve, Moïse Zera-A, André Malacan, Michèle et Frantz Lazès Dekramer, Claire Corbu, Véronique Assouline, Antoine Captier, Eric Woden, Sandrine Capelet, Jacques Bonomo, Guy Rachet, Pierre Boulin, Gérard Bavoux, Jean-Paul Maleck, Hélène Renard, Christian Baciotti, James Calmy, André Galaup, William Torray, Olympe de Gand, Robert Bracoli, Elie Ben-Jid, Cyril Patton, Esther Hautman, Jean-Christophe Meyer, Solange de Marenches. I Couiza, 1 de junio de 1885 El sacerdote recibió la carta del obispo en una mañana fresca y soleada de primavera: monseñor Billard lo mandaba a Rennes-le-Château. Reunió sus harapos, predicó por última vez ante sus pastores de corderos, atravesó la aldea de Clat y se marchó sin remordimientos. Cuando cruzaba el río, las mujeres escondieron sus rostros asustadizos tras las persianas. La más vieja se puso a cantar: Salimonda, Salimonda, trae el hacha y el cuenco, que esta alimaña tiene dos cabezas. Jeanne Rasigonde, trae el cuenco y el puñal, dejaremos correr la sangre. No entendía por qué le inspiraba temor a esas mujeres morenas, mitad españolas y mitad sarracenas. ¿Qué le había dado él a esos brutos? Y ellos, ¿qué le habían dado? A lo largo de tres años, había aprendido en su compañía a cazar y a pescar, y también a pecar. ¡Tres años! Mil noventa y cinco días con esos malos cristianos, supersticiosos, idiotas, republicanos devotos de Ferry y Gambetta, que veneraban a Marianne por encima de María. Se habría vuelto tan bruto como ellos de no ser por la sabia decisión del obispo. Habría acabado por aprobar las iniciativas del Estado laico. «Al diablo con su maldita república», pensó apartando de sí las imágenes de Ferry, Waldeck-Rousseau, Buisson, Zévort, Sée, todos los otros enemigos y perseguidores de la Iglesia. Recorrió como un autómata la calle principal de Couiza, llevando al hombro los dos sacos de viaje remendados con cuero y cordel. Los hombres adivinaban su poderosa musculatura bajo la sotana. Las muchachas lo encontraban apuesto y decidido. Sus ojos eran tan negros que se mordían la lengua para no murmurar: «Estrella, estrella, haz que sueñe con él». Enfiló por delante de los zaguanes y las casuchas llenas de murmullos, sombras equívocas, risas peregrinas. Sentía a su espalda el peso de las habladurías y las miradas desconfiadas de los aldeanos. El silencio que caía a su paso era espeso, deliberado. Ignoraban que se dirigía a su nueva parroquia, en lo alto de las colinas, a una nueva prisión.
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