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nellys
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Oct 07, 2009
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El misterio del priorato de Sion - Jean-Michel Thibaux

El misterio del Priorato de Sión
Jean-Michel Thibaux
Traducción de Juan Tafur


Título original: Le secret de l'Abbé Saunière
@ Editions Plon, 1987, 2005

Primera edición: noviembre de 2005
Segunda edición: noviembre de 2005
Tercera edición: diciembre de 2005

© de la traducción: Juan Tafur
© de esta edición: Roca Editorial de Libros, S.L.
Marquès de 1'Argentera, 17. Pral. 1ª
08003 Barcelona.
www.rocaeditorial.com

Impreso por Industria Gráfica Domingo, S.A.
Industria, 1
Sant Joan Despí (Barcelona)

ISBN: 84-96284-97-2
Depósito legal: B. 33.633-2005
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I
Couiza, 1 de junio de 1885
El sacerdote recibió la carta del obispo en una mañana fresca y soleada de primavera: monseñor Billard lo mandaba a Rennes-le-Château. Reunió sus harapos, predicó por última vez ante sus pastores de corderos, atravesó la aldea de Clat y se marchó sin remordimientos. Cuando cruzaba el río, las mujeres escondieron sus rostros asustadizos tras las persianas. La más vieja se puso a cantar:

Salimonda, Salimonda,
trae el hacha y el cuenco,
que esta alimaña tiene dos cabezas.
Jeanne Rasigonde,
trae el cuenco y el puñal,
dejaremos correr la sangre.

No entendía por qué le inspiraba temor a esas mujeres morenas, mitad españolas y mitad sarracenas. ¿Qué le había dado él a esos brutos? Y ellos, ¿qué le habían dado? A lo largo de tres años, había aprendido en su compañía a cazar y a pescar, y también a pecar. ¡Tres años! Mil noventa y cinco días con esos malos cristianos, supersticiosos, idiotas, republicanos devotos de Ferry y Gambetta, que veneraban a Marianne por encima de María. Se habría vuelto tan bruto como ellos de no ser por la sabia decisión del obispo. Habría acabado por aprobar las iniciativas del Estado laico.
«Al diablo con su maldita república», pensó apartando de sí las imágenes de Ferry, Waldeck-Rousseau, Buisson, Zévort, Sée, todos los otros enemigos y perseguidores de la Iglesia. Recorrió como un autómata la calle principal de Couiza, llevando al hombro los dos sacos de viaje remendados con cuero y cordel. Los hombres adivinaban su poderosa musculatura bajo la sotana. Las muchachas lo encontraban apuesto y decidido. Sus ojos eran tan negros que se mordían la lengua para no murmurar: «Estrella, estrella, haz que sueñe con él». Enfiló por delante de los zaguanes y las casuchas llenas de murmullos, sombras equívocas, risas peregrinas. Sentía a su espalda el peso de las habladurías y las miradas desconfiadas de los aldeanos. El silencio que caía a su paso era espeso, deliberado. Ignoraban que se dirigía a su nueva parroquia, en lo alto de las colinas, a una nueva prisión.

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