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Åsa Larsson
AURORA BOREAL Libro digital creado por Betatron Crece como un árbol detrás de mi frente con hojas rojas, ¡deslumbrantes hojas, azules, blancas! Un árbol que aún tiembla en el viento. Y voy a aplastar tu casa, y nada me será ajeno, ni siquiera lo humano. Como un árbol desde dentro rompe hacia fuera y aplasta el cráneo. Y luce como un farol en el bosque dentro de la oscuridad. GÖRAN SONNEVI ATARDECIÓ Y AMANECIÓ: DÍA PRIMERO Cuando muere Viktor Strandgård, en realidad no es la primera vez que sucede. Está tumbado de espaldas en la iglesia de la Fuente de Nuestra Fortaleza y mira hacia arriba a través de los enormes ventanales que hay en el techo. Es como si no hubiera nada entre él y el oscuro cielo de invierno. «No se puede estar más cerca -piensa-. Cuando lo llevan a uno hasta la iglesia que hay en una montaña en el fin del mundo, el cielo está tan cerca que casi puedes tocarlo alargando la mano.» La aurora boreal se retuerce como un dragón a través de la noche. Las estrellas y los planetas tienen que rendirse al gran milagro de luz resplandeciente que, sin prisa, se abre paso por la bóveda celeste. Viktor Strandgård sigue el camino con la mirada. «Me pregunto si la aurora boreal puede cantar -piensa-. Como una ballena solitaria canta bajo el mar.» Y, como si su pensamiento la hubiera alcanzado, la aurora boreal se para un segundo. Interrumpe su interminable viaje. Observa a Viktor Strandgård con sus ojos fríos de invierno. Porque, allí tumbado, es bello como un icono. La oscura sangre parece una aureola alrededor de su pelo largo, rubio, de santa Lucía nórdica. Ya no se siente las piernas. Está adormilado. No siente dolor. Curiosamente, allí tumbado piensa en su primera muerte y mira dentro del ojo del dragón. Aquella vez iba en bicicleta. Era entre invierno y primavera. Bajaba la larga cuesta hacia la intersección de Adolf Hedin y Hjalmar Lundbohm. Contento y lleno de fe, con la guitarra a la espalda. Recuerda que la rueda de la bicicleta resbaló sobre el hielo cuando, desesperado, intentó frenar. Que vio venir por la derecha a la mujer del Fiat Uno de color rojo. Que se miraron el uno al otro. Los dos entendieron qué iba a pasar, y entonces ocurrió. Fue como un tobogán de hielo hacia la muerte. Con esa imagen en la retina muere Viktor Strandgård por segunda vez en su vida. Los pasos se acercan, pero él no los oye. Sus ojos no necesitan ver de nuevo el cuchillo brillante. Como un caparazón, su cuerpo sigue tumbado sobre el suelo de la iglesia; lo acuchillan una y otra vez. Y el dragón recupera, impasible, su camino a través de la bóveda celeste. LUNES, 17 DE FEBRERO Rebecka Martinsson se despertó con la respiración alterada cuando la inquietud le recorrió el cuerpo. Abrió los ojos en la oscuridad. Justo en el espacio entre el sueño y la realidad, tuvo la fuerte sensación de que había alguien en su piso. Se quedó quieta, tumbada, escuchando, pero lo único que podía oír era el sonido de su propio corazón, que le latía en el pecho como una liebre asustada. Buscó el despertador de la mesilla de noche y encontró el pequeño botón que lo iluminaba. Las cuatro menos cuarto. Se había acostado hacía cuatro horas y era la segunda vez que se despertaba. «Es el trabajo -pensó-. Trabajo demasiado. Por eso, de noche, la cabeza me gira como la chirriante rueda de un hámster.» Le dolían la cabeza y la nuca. Seguro que había estado apretando las mandíbulas mientras dormía. Lo mejor era levantarse. Se echó el edredón por encima y fue hasta la cocina. Los pies encontraron el camino sin encender la luz. Puso la cafetera y la radio en marcha. La conocida sintonía que marcaba el final de la programación se repetía una y otra vez, como una monótona llamada a la oración mientras salía el café y ella se duchaba. El largo pelo se le tendría que secar solo. Se tomó el café a la vez que se vestía. El fin de semana había planchado la ropa y la había colgado en el armario. Hoy era lunes. En la percha del lunes colgaba una blusa color hueso y un traje de chaqueta azul marino de Marella. Olió los calcetines del día anterior. Servían. A la altura de los tobillos estaban un poco dados de sí, pero si los estiraba y los doblaba, no se vería. No podría quitarse los zapatos en todo el día pero le daba lo mismo. Una cuida la ropa interior y los calcetines si tiene motivos para creer que alguien la va a ver desnudarse. Actualmente, su ropa interior había sido lavada demasiadas veces y tenía un color grisáceo. Una hora más tarde, estaba sentada en la oficina, ante el ordenador. El texto fluía como un torrente desde su cabeza hasta los dedos, que volaban sobre el teclado. El trabajo calmaba su mente. El malestar de la mañana había desaparecido.
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