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Sombras espectrales

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     Prólogo

Conocí a Tess a los doce años. Yo estaba mirando un programa en la televisión, creo que era una caricatura que trataba de un perro que hablaba. Ya era de noche, muy tarde como para que una niña de esa edad esté despierta. Sin embargo, en ese momento yo me aprovechaba de la bondad de mi tía (y de su estupidez, debo decirlo), ya que ella me creía todavía una nenita que no pudo superar la muerte de sus padres. Pero no era así. Es más, nunca me afectó. Por dios, ni siquiera me acuerdo de como eran sus rostros.

Además, se supone que unos padres deben cuidar a su hija de 3 años, en vez de irse de viaje a una isla paradisíaca en Cuba, y dejarla en la casa de "la tía loca" con problemas mentales. A eso se le llama malos padres. Los odio sin que estén vivos. Sé que mi frialdad impactará a mas de uno, pero es lo que siempre sentí, siento y supongo que sentiré durante el resto de mi vida.

Bueno, el día en que conocí a mi Tess, llovía como nunca había llovido en nuestro campo. Se podía escuchar el impacto de las gotas de agua al rozar con el techo de casa. Generalmente, hacía mucho calor y nunca se producía ningún tipo de llovizna. Es más, habia mucha sequía. Por eso era muy raro ese diluvio imparable.

A las tres de la madrugada, me asusté al ver como se cortaba la luz, y al mismo tiempo caía un rayo y escuchaba los truenos. Escalofriante, como una vieja película de terror. Mi orgullo hizo  que yo no me atreviese a golpear la puerta de la habitación de Ellie. Así que me puse unas zapatillas que encontré por ahí rapidamente, y salí de mi cuarto a tientas, usando la linterna del celular que Ellie se había olvidado de allí.

Nuestra casa era algo parecido a una mansión campestre. Y era gracias a la fortuna que la Tía Ellie había heredado de mis difuntos padres. Pura suerte. Teníamos una casa quinta en la ciudad, pero a Ellie le gustaba mucho  el aire de campo. Igualmente, yo era muy feliz estando en medio de la nada. Nuestra "mansión" era grandísima. De dos pisos, un balcón gigante y toda el área restante de césped para nosotras. Nos gustaba plantar azaleas y margaritas. Ellie me había concedido el deseo de ubicar juegos y una piscina circular frente a los cultivos.

Cuando llegué al pasillo cercano al baño, toqué todo lo que tenía alrededor, y pude notar las largas barandas de las escaleras que me conducían a la sala de estar, donde podía encontrar unas velas y cerillas. Y así podría generar algo de luz. Usé nuevamente la linterna del celular, para alumbrar los escalones y no caerme (aunque tengo que admitir que también lo hice para no quedarme en completa oscuridad). Al encontrarme ya tocando el suelo de la sala, moví hacia todos lados el celular, pudiendo dislumbrar el mueble que contenía las velas y las cerillas adentro. Lo abrí despacio, de forma que se mueva silenciosamente y su ruido no despierte a la tía. Recuerdo que encontré tres paquetes enteros de velas, pero yo solamente saqué uno. Me llevé también la caja de cerillas mas pequeña.

Sentí una especie de respiración tras mi cuello.

Me quedé quieta en el lugar, esperando alguna señal. Un escalofríos recorrio mi cuerpo, y comencé a temblar, pensando en lo que podría tener atrás de mí. Me dí la vuelta lentamente, y pude comprobar, por suerte, que no había nada. Estaba sola. Y capaz que loca. "Solo fue mi imaginación" pensé para mis adentros, aliviada.

Tomé las velas, las cerillas y el celular; los apreté fuertemente contra mí, y subí practicamente corriendo sobre las escaleras, sin importarme el ruido que harían mis pasos. Solamente pensaba en llegar arriba, sin la posibilidad de que me agarre un paro cardíaco, por el miedo que sentía. Al llegar a mi cuarto pude respirar tranquila. Intenté prender las velas varias veces, pero el viento las apagaba. Recién al cuarto intento pude mantener la mecha de fuego estable. Me acosté en la cama, y puse las velas en unos platitos, apoyados en mi mesa de luz.

Y ahí la ví.

Una niña con el pelo rubio platinado, vestido blanco por las rodillas, con una cinta amarilla patito rodeandole la cintura, y unos zapatitos brillantes negros. Estaba sentada en mi silloncito rosa, mirando hacia abajo. Por eso no podía verle la cara. Recuerdo que pensé algo incoherente como "me cago en la lech..."

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