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Una vez, un libertino (Rona Sharon)

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UNA VEZ,  

UN LIBERTINO 

Rona Sharon 

 

Capítulo 1

 

Como pobre ermitaño recluido en la oscuridad  

intento vivir mis días de perpetua duda 

llorando las penas que el tiempo no cura,  

donde nadie, salvo el Amor, me halle por ventura. 

Sir Walter Raleigh

Londres, 1817.

Isabel Aubrey inhaló profundamente una bocanada de aire vivificante y ascendió la escalera principal de la residencia Lancaster. La residencia particular del conde de Ashby estaba ubicada en Park Lane, en la zona más elegante de Mayfair. Durante años había pasado frente a su hogar sabiendo que él se encontraba en algún lugar del continente, arriesgando la vida mientras luchaba contra Napoleón. Hacía ya dos años, poco después de Waterloo, que él había regresado. 

Le latió el corazón aceleradamente cuando golpeó a la puerta con el llamador de bronce y aguardó. Apareció un voluminoso mayordomo. 

-Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarle? 

Isabel sonrió. 

-Buenos días, he venido a ver a milord. 

El mayordomo movió la cabera con gesto apesadumbrado. 

-Milord no recibe visitas, señorita. Mil disculpas, y que tenga usted un buen día-le cerró la puerta en las narices. 

«Maldito sea». Isabel dio un paso hacia atrás, agitándose disgustada. Había estado tan preocupada intentando controlar sus emociones mientras iba a verlo que no se le había ocurrido que Ashby pudiera rehusarse a recibirla. Aunque en realidad no se había negado a verla a ella en particular, no recibía a nadie. 

-¿No deberíamos volver a casa, señorita Isabel? -le preguntó su doncella, quien obedientemente se había quedado en la acera para vigilar si alguien pasaba por ahí. Isabel miró hacia atrás. Salvo por un carro de frutas, la calle estaba desierta. Aún era muy temprano para que la alta sociedad abandonase sus suaves camas, pero debía tener cuidado con los jinetes madrugadores que solían cabalgar en el parque con las primeras luces del alba-. Tendremos serios problemas si alguien nos ve en el umbral de la Gárgola -añadió la doncella, mirando atemorizada a derecha e izquierda. 

-Por favor, no lo llames así, Lucy -Isabel reprendió a su doncella-. Milord merece nuestra piedad, no nuestras burlas. 

Aunque en realidad, ella tenía razón en ese punto. Si se supiese que ella había visitado a la Gárgola, cuando había una regla estricta que estipulaba que ninguna joven soltera, y con magníficas posibilidades para casarse bien, podía osar visitar a un caballero, salvo por estrictas cuestiones de negocios o profesionales... Su madre tendría un síncope, y su hermano mayor, el vizconde Stilgoe, la casaría en un santiamén con el primer caballero soltero con quien hubiese bailado el miércoles en Almack's. En realidad, ella había sobrepasado todo límite de propiedad rechazando a cinco candidatos aduciendo que ninguno le había parecido apropiado. 

«¡Piensa!», se conminó. Debía haber alguna manera de acercarse al conde. Se mordió el labio al ocurrírsele una idea. Era un tanto osada, pero parecía ser su único recurso. Hurgó en su retículo y extrajo un lápiz y una elegante tarjeta de presentación donde, junto a su nombre, figuraba su designación como Presidente de la Sociedad de Viudas, Madres y Hermanas de Soldados Caídos en Combate. Escribió un breve mensaje al dorso de la tarjeta. Y antes de perder el valor, golpeó a la puerta de nuevo. 

El mayordomo contestó prestamente. 

-¿Tendría usted la gentileza de entregarle mi tarjeta a milord? Y, por favor, solicítele que lea el mensaje que escribí al dorso -alcanzó a indicarle al mayordomo cuando se disponía a cerrarle la puerta en las narices por segunda vez. 

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