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El whisky del muerto

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El whisky del muerto

 Pedro Avilés Gutiérrez

 

No dé voces quién del eco se ofende.

Francisco de Quevedo y Villegas

 

... y escribo por el arte que inventaron los

que el vulgar aplauso pretendieron,

porque, como las paga el vulgo,

es justo hablarle en necio para darle gusto.

(“Arte nuevo de hacer comedias en este  tiempo.

Dirigido a la Academia de Madrid.

Guión pedagógico”.)

Lope de Vega Carpio

Edición príncipe (1609).

 

 

A los que consideran

que la audiencia

es gilipollas por naturaleza 

 

 

Capítulo 1

Quedaba poco Cola-Cao. Y apenas un par de cucharadas de leche condensada. Aurelia miró a su nieto, que chupaba con esmero la galleta Chiquilín. El chiquillo tenía la mirada triste. El calor del verano no ayudaba a aliviar el dolor de la pérdida de su hija y de su yerno. Ni a dulcificar el duro recuerdo del chirriar de la madera contra el grosero cemento cuando los ataúdes fueron arrastrados hacia el interior de los nichos contiguos del Cuarto Piso, Sección A, Pabellón Tres, del cementerio Sur de Madrid; sonido caliente, contumaz, que construía su infelicidad. Hubo muy poca gente en el camposanto; algunos vecinos, cuatro o cinco obreros de la obra en que trabajaba su yerno y dos recios operarios del camposanto hechos a aparentar dolor y apretar mandíbulas. No más de diez personas.

—Abuelita, no me gusta la leche condensada.

La vocecita trasladó de nuevo a la vieja hasta la realidad no menos dura de la cocina de su casa.

—No hay otra cosa, cariño.

—¿Papá y mamá ya no volverán?

—No, mi amor —contestó la abuela como si tuviera un garbanzo en la garganta.

—¿Están en el cielo?

—Sí, cariño. En el cielo, con San Cristóbal. Y tú ahora estás con la abuelita. La abuelita te quiere mucho. La abuelita quería mucho a papá y a mamá. Y ahora te quiere a ti cuatro veces más.

—Tú eres la madre de mi mamá, ¿verdad?

—Sí, mi vida. Tu abuelita.

—Mamá siempre tenía leche y me la calentaba. Y a veces, cuando no tenía, había otra leche que la echaba en agua caliente con una cuchara. Pero no era espesa como la leche condesada. No sé cómo se llama aquella leche.

—Leche en polvo, cariño, pero aquí no tengo de esa. Iré a tu casa a traerme la que quede allí.

El niño bajó los ojos, en silencio. Sólo se oía el caer del hilo de agua sobre el cacillo de aluminio que su abuela fregaba con un estropajo viejo de un color verde difuso por el efecto que producía el reflejo titilante de la barra de neón del techo. Luego, el llanto. No de esos abierto y sonoros. No de de los que los críos diseñan para conseguir un capricho. Era de los que salían del bajo vientre y subían hasta la garganta, un gemido largo y doloroso en su pequeño pecho virgen de niño de cinco años.

—No llores, mi amor, no llores —dijo la vieja dejando sobre la mesa el estropajo húmedo y apretando a su nieto contra sí, los ojos llenos de lágrimas y el nudo en la garganta que ataba corto el grito de pena que le apetecía emitir—. La abuelita cuidará de ti, cariño. Siempre, siempre.

Pero lo cierto es que no sabía cómo se las apañaría. Vivían de la pensión de su marido que, a esas horas, se encontraba encamado por su problema de espalda. Setenta y cuatro mil pesetas mensuales con las que debía hacer encaje de bolillos para alimentar dos bocas y pagar el alquiler y las facturas. Ahora, además, a su único nieto, huérfano. No había nadie que se pudiese hacer cargo del niño; ni una tía, ni un tío. Nadie que pudiera compartir con ella y su marido la responsabilidad y la nueva carga económica.

Ella y Luís tan sólo tuvieron una única hija, Silvia. Silvia trabajaba en la peluquería del barrio. Su yerno Andrés, en una obra muy buena que le había salido no hacía ni ocho meses en Alcorcón. Andrés tampoco tenía familia. Silvia lo había conocido cuando él vino licenciado del ejército, de La Legión. La legión. Nada importa su vida anterior. Ni hermanas ni hermanos, aunque se rumoreaba que tenía uno, huésped fijo  de Las Barranquillas, ni madre, ni padre ni perrito que le ladrase. Andrés había nacido en Carabanchel Bajo, cerca del Pan Bendito. Y ahora los dos, él y Silvia, yacían muy cerca de allí, en dos nichos contiguos, con la solanera del verano atizando de pleno sobre los enyesados que cubrían el liviano enladrillado tras el que se ocultaban los ataúdes, acelerando la corrupción de sus cuerpos corruptos. Sus nombres, sus fechas de nacimiento y muerte y un solo R.I.P pintado en negro para cada uno como único epitafio. No importaba; a la vieja no se le habría ocurrido qué poner.

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