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Gao Xingjian
La Montaña del Alma Traducción de Liao Yanping y José Ramón Monreal Premio Nobel 2000 EDICIONES DEL BRONCE TÍTULO ORIGINAL: LINGSHAN © GAO XINGJIAN, PARÍS PRIMERA EDICIÓN: MARZO DEL 2001 PROYECTO GRÁFICO: COLUMNA COMUNICACIÓ, S.A. © DE LA TRADUCCIÓN: LIAO YANPING Y JOSÉ RAMÓN MONREAL, 2001 EDICIONES DEL BRONCE, 2001 ISBN: 84 8453-044-2 DEPÓSITO LEGAL: B. 11.761-2001 IMPRESIÓN: HUROPE, S.L. CALLE LIMA, 3 BIS - 08030 BARCELONA ESTE LIBRO HA RECIBIDO UNA AYUDA DE LA EMBAJADA FRANCESA EN EL MARCO DEL PROGRAMA DE PARTICIPACIÓN EN LA PUBLICACIÓN (P.A.P. GARCÍA LORCA). © EDITORIAL PLANETA, S.A., 2001 CÓRCEGA, 273-279 - 08008 BARCELONA IMPRESO EN ESPAÑA - PRINTED IN SPAIN Nota de los traductores Los traductores quieren expresar su agradecimiento a las per-sonas que han colaborado para un mejor resultado de su traba-jo: a Inés Blanca, por su eficaz coordinación y atenta correc-ción de pruebas; a Oskar Aragonés, por su paciencia y buen hacer; y a Laura Robecchi, por su inestimable ayuda a lo largo de todo el proceso de traducción. 1 Te has subido a un autobús de línea. Y, desde la mañana, el viejo bus reconvertido para la ciudad ha traqueteado durante doce horas seguidas por las carreteras de mon-taña, mal conservadas, llenas de resaltes y de baches, antes de llegar a este pueblecito del sur. Con la mochila a cuestas y una bolsa en la mano, paseas la mirada por el párking sembrado de envoltorios de polos y de desechos de caña de azúcar. Hombres cargados de sacos de todos los tamaños y mujeres con bebés en los brazos descienden del autobús o atraviesan el párking mientras una pandilla de jóvenes, sin sacos ni cestas, sacan de una bolsita pipas de girasol que se llevan una tras otra a la boca y cuya cáscara escupen acto seguido. Se las comen con elegancia emitiendo una especie de silbido, con una distinción y un aire desenvuelto típicos del estilo local. Aquí, en su tierra natal, nada les impide vivir con total libertad, sus raíces ahondan en este suelo generación tras genera-ción. Es inútil que vengas tú de lejos en busca aquí de unas raí-ces en su lugar. Pero, para los que abandonaron este pueblo hace mucho tiempo, no existía evidentemente aún esta esta-ción de autobuses y menos aún estos autocares. Por río era preciso tomar una barca recubierta de esterillas de bambú y por tierra alquilar una carreta. Si uno no tenía realmente un fen, no había más remedio que ir a pie. Ahora, todos cuan-tos siguen aún con vida regresan aquí quién más quién menos, incluso desde la otra orilla del océano Pacífico, ya con un pequeño utilitario, ya con un cochazo con aire acondicionado. Algunos han hecho fortuna, unos pocos se han vuelto famo-sos, otros no son nada, pero todos retornan aquí debido a su avanzada edad. Llegado al final de su vida, ¿quién puede esca-par a esta nostalgia? Aquellos que nunca tuvieron las menores ganas de abandonar este lugar deambulan con mayor naturali-dad, balanceando los brazos, riendo y charlando en voz alta, sin la menor traba. Su entonación es dulce y familiar, casi con-movedora. Cuando dos conocidos se encuentran, no se inter-cambian como en la ciudad hueras palabras de cortesía sacu-diendo la cabeza o estrechándose la mano. Unas veces se interpelan por sus nombres, otras se dan una gran palmada en la espalda, encantándoles estrecharse mutuamente contra su pecho, no sólo las mujeres entre sí, sino tal vez aún más los varones. Cerca de la alberca de cemento para el lavado de los autobuses, hay justamente dos mujeres muy jóvenes. Parlo-tean por los codos, cogidas de la mano. El lenguaje de las mujeres de este lugar resulta tan encantador que uno no puede dejar de echarles una mirada. Vistos de espaldas, sus pañuelos confeccionados en una tela azul con motivos transmitidos de generación en generación, y la manera como los llevan atados, parecen de una originalidad extraordinaria. Te acercas involuntariamente. El pañuelo está anudado debajo de la barbilla, en triángulo, subrayando sus bonitos rostros de finos rasgos que están en consonancia con sus graciosas figuras. Pasas muy cerca de ellas. Sus dos manos que siguen unidas son del mismo color encarnado, igual de toscas, con recias articulaciones. Sin duda se trata de unas recién casadas de visita a casa de unos amigos o bien de regreso a la de sus padres. Sin embargo, aquí el término de «recién casada» no designa más que a la mujer del propio hijo. Si se utilizara este término a la manera de los palurdos del norte para designar a cualquier muchacha que acabara de contraer matrimonio, uno se ganaría enseguida una andanada de insultos. Una vez casada, la joven llama a su espo-so «el viejo», tanto para indicar «mi marido» como «tu mari-do». Aquí las gentes poseen su propio vocabulario, por más que todos ellos sean chinos que desciendan de los emperado-res fundadores, que pertenezcan a la misma etnia y que posean la misma cultura.
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