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guidiagon

on Sep 22, 2009
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Pérez Galdós, Benito - EN1 02 LA CORTE DE CARLOS IV

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DE QUE VA EL LIBRO
El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a Benito Pérez Galdós (1843-
1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los
españoles guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares a lo largo del agitado siglo xix.
La Corte de Carlos IV es el nuevo escenario de las andanzas de Gabriel de Araceli, que después
del combate de Trafalgar pasa a Madrid. Criado primero de una actriz y después de una
aristócrata, Araceli participa en este episodio como testigo privilegiado de las diversiones,
rivalidades e intrigas que enfrentan a los partidarios y enemigos tanto del favorito Godoy como del
príncipe Fernando, y que preludian la invasión francesa y la Guerra de la Independencia.

La corte de Carlos IV
Benito Pérez Galdós
[163]
[Portada de la edición de 1882]



- I -
Sin oficio ni beneficio, sin parientes ni habientes, vagaba por Madrid un servidor de
ustedes, maldiciendo la hora menguada en que dejó su ciudad natal por esta
inhospitalaria Corte, cuando acudió a las páginas del Diario para buscar ocupación
honrosa. La imprenta fue mano de santo para la desnudez, hambre, soledad y
abatimiento del pobre Gabriel, pues a los tres días de haber entregado a la publicidad en
letras de molde las altas cualidades con que se creía favorecido por la Naturaleza le
tomó a su servicio una cómica del teatro del Príncipe, llamada Pepita González o la
González. Esto pasaba a fines de 1805; pero lo que voy a contar ocurrió dos años
después, en 1807, y cuando yo tenía, si mis cuentas son exactas, diez y seis años,
lindando ya con los diez y siete.
Después os hablaré de mi ama. Ante todo debo decir que mi trabajo, si no escaso, era
divertido y muy propio para adquirir conocimiento [6] del mundo en poco tiempo.
Enumeraré las ocupaciones diurnas y nocturnas en que empleaba con todo el celo
posible mis facultades morales y físicas. El servicio de la histrionisa me imponía los
siguientes deberes:
Ayudar al peinado de mi ama, que se verificaba entre doce y una, bajo los auspicios
del maestro Richiardini, artista de Nápoles, a cuyas divinas manos se encomendaban las
principales testas de la Corte.
Ir a la calle del Desengaño en busca del Blanco de perla, del Elixir de Circasia, de la
Pomada a la Sultana, o de los Polvos a la Marechala, drogas muy ponderadas que
vendía un monsieur Gastan, el cual recibiera el secreto de confeccionarlas del propio
alquimista de María Antonieta.
Ir a la calle de la Reina, número 21, cuarto bajo, donde existía un taller de
estampación para pintar telas, pues en aquel tiempo los vestidos de seda, generalmente
de color claro, se pintaban según la moda, y cuando ésta pasaba, se volvía a pintar con
distintos ramos y dibujos, realizando así una alianza feliz entre la moda y la economía,
para enseñanza de los venideros tiempos.
Llevar por las tardes una olla con restos de puchero, mendrugos de pan y otros
despojos de comida a D. Luciano Francisco Comella, autor de comedias muy
celebradas, el cual se moría de hambre en una casa de la calle de la Berenjena, en
compañía de su hija, que era jorobada y le ayudaba en los trabajos dramáticos. [7]
Limpiar con polvos la corona y el cetro que sacaba mi ama haciendo de reina de
Mongolia en la representación de la comedia titulada Perderlo todo en un día por un
ciego y loco amor, y falso Czar de Moscovia.
Ayudarla en el estudio de sus papeles, especialmente en el de la comedia Los
inquilinos de sir John, o la familia de la India, Juanito y Coleta, para lo cual era preciso
que yo recitase la parte de Lord Lulleswing, a fin de que ella comprendiese bien el de
milady Pankoff.
Ir en busca de la litera que había de conducirla al teatro y cargarla también cuando
era preciso.
Concurrir a la cazuela del teatro de la Cruz, para silbar despiadadamente El sí de las
niñas, comedia que mi ama aborrecía, tanto por lo menos, como a las demás del mismo
autor.
Pasearme por la plazuela de Santa Ana, fingiendo que miraba las tiendas, pero
prestando disimulada y perspicua atención a lo que se decía en los corrillos allí
formados por cómicos o saltarines, y cuidando de pescar al vuelo lo que charlaban los
de la Cruz en contra de los del Príncipe.
Ir en busca de un billete de balcón para la plaza de toros, bien al despacho, bien a la
casa del banderillero Espinilla, que le tenía reservado para mi ama, cual obsequio de una
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