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REFLEXIONES DIARIAS PAULO COELHO

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PAULO COELHO

Reflexiones Diarias

Del miércoles 31 de agosto de 2000 al miércoles 31 de enero de 2001

EL MONO Y LA MONA DISCUTEN 

Sentados en la rama de un árbol, el mono y la mona contemplaban la puesta de sol. En cierto momento, ella preguntó:  

-¿Qué hace que el cielo cambie de color, a la hora en que el sol llega al horizonte? 

-Si quisiéramos explicar todo, dejaríamos de vivir -respondió el mono. -Quédate quieta, vamos a dejar que nuestro corazón disfrute con este romántico atardecer.  

La mona se enfureció.  

-Eres primitivo y supersticioso. Ya no le prestas atención a la lógica, y sólo te interesa aprovechar la vida.  

En ese momento, pasaba un ciempiés.  

-¡ciempiés! -gritó el mono. -¿Cómo haces para mover tantas patas en perfecta armonía? 

-¡Jamás lo pensé! -fue la respuesta. 

-¡Pues piénsalo! ¡A mi mujer le gustaría tener una explicación!  

El ciempiés miró sus patas y comenzó:  

-Bueno... flexiono este músculo...no, no es así, yo debo mover mi cuerpo por aquí...  

Durante media hora trato de explicar cómo movía sus patas, y a medida que lo intentaba, se iba confundiendo cada vez más. Cuando quiso continuar su camino, ya no pudo seguir caminando.  

-¿Ves lo que hiciste? -gritó desesperado. -¡Con el ansia de descubrir cómo funciono, perdí los movimientos! 

-¿Te das cuenta de lo que ocurre con aquellos que desean explicar todo? -dijo el mono, volviéndose una vez más para presenciar la puesta de sol en silencio. 

DÓNDE ESTÁ EL PARAGUAS 

Al cabo de diez años de aprendizaje, Zenno creía que ya podía ser elevado a la categoría de maestro zen. Un día lluvioso, fue a visitar al famoso profesor Nan-in.  

Al entrar en la casa de Nan-in, éste preguntó:  

-¿Has dejado tu paraguas y tus zapatos del lado de afuera? 

-Por supuesto -respondió Zenno. -Es lo que manda la buena educación. Actuaría de la misma manera en cualquier lugar. 

-Entonces dime, ¿pusiste el paraguas a la derecha o a la izquierda de tus zapatos? 

-No tengo la menor idea, maestro. 

-El budismo zen es el arte de tener conciencia total sobre lo que hacemos -dijo Nan-in. -La falta de atención a los pequeños detalles puede destruir por completo la vida de un hombre. Un padre que sale corriendo de la casa, puede olvidar un puñal al alcance de su hijo pequeño. Un samurai que no mira todos los días su espada, terminará por encontrarla oxidada cuando más necesite de ella. Un joven que olvida llevarle flores a su amada, va a terminar por perderla.  

Y Zenno comprendió que aunque conociera bien las técnicas zen del mundo espiritual, había olvidado aplicarlas en el mundo de los hombres. 

EL JOVEN NO RESPETA LA VEJEZ 

El viejo trabajó toda la vida. Cuando se jubiló, compró una hacienda -para que su hijo la administrara-y decidió pasar el resto de sus días en la galería de la casa principal.  

El hijo trabajó durante tres años. Entonces comenzó a sentir rabia.  

-Mi padre no hace nada -le decía a los amigos. -Se pasa la vida mirando el jardín y deja que yo trabaje como un esclavo para poder alimentarlo.  

Un día, decidió acabar con la injusta situación. Construyó una gran caja de madera, fue hasta la galería y dijo:  

-Papá, por favor métase ahí.  

El padre obedeció. El hijo puso la caja en su camión, y fue hasta el borde de un precipicio. Cuando se preparaba para arrojarla hacia abajo, escuchó la voz del padre:  

-Hijo mío, puedes tirarme por el despeñadero, pero guarda la caja. Estás dándole este ejemplo a tus hijos, y con toda seguridad van a necesitar usarla contigo. 

EL LAGO Y NARCISO 

Casi todo el mundo conoce la historia original (griega) sobre Narciso: un bello joven que todos los días iba a contemplar su rostro en el lago. Estaba tan encantado consigo mismo que, cierta mañana, mientras trataba de admirarse más de cerca, cayó al agua y terminó por morir ahogado. En el lugar donde cayó nació una flor, que a partir de entonces se llamó narciso.  

El escritor Oscar Wilde, sin embargo, hace que esta historia termine de una manera diferente.  

El dice que cuando Narciso murió, vinieron las Oréades -ninfas del bosque-y vieron que el agua dulce del lago se había transformado en lágrimas saladas.  

-¿Por qué lloras? -preguntaron las oréades. 

-Lloro por Narciso. 

-Ah, no nos preocupa que llores por Narciso -continuaron ellas. -Al final de cuentas, a pesar de que todas nosotras siempre corrimos detrás de él por el bosque, tú fuiste el único que tuvo la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.

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