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parabolica

on Sep 11, 2009
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La Ultima Respuesta

1


La última respuesta
Isaac Asimov
Murray Templeton tenía cuarenta y cinco años, estaba en la flor de su vida, y
todas las partes de su cuerpo funcionaban en perfecto orden excepto algunas
porciones clave de sus arterias coronarias, pero eso era suficiente.
El dolor vino de pronto, ascendió hasta un punto intolerable, y luego descendió
progresivamente. Pudo sentir que su respiración se relajaba, y una especie de
bendita paz lo invadió.
No hay placer como la ausencia de dolor... inmediatamente después del dolor.
Murray sintió una ligereza casi aturdidora, como si estuviera elevándose en el aire
v flotando.
Abrió los ojos, y notó con distante regocijo que los demás que ocupaban la
habitación estaban aún agitados. Se hallaba en el laboratorio cuando el dolor le
había golpeado, casi sin advertencia, y cuando se había tambaleado había oído
gritos de sorpresa de los demás antes de que todo se desvaneciera en una
abrumadora agonía.
Ahora, con el dolor desaparecido, los demás estaban aún yendo de un lado para
otro, aún ansiosos, aún apiñándose en torno a su cuerpo caído...
...que, se dio cuenta de pronto, estaba tendido boca abajo.
Estaba ahí en el suelo, brazos y piernas abiertos, el rostro contorsionado. Y
estaba ahí de pie, en paz, observando.
Pensó: ¡milagro! Los chiflados de la vida después de la vida tenían razón.
Y aunque aquella era una forma humillante de morir para un físico ateo, apenas
sintió una ligera sorpresa, y ninguna alteración de la paz en la cual se hallaba
inmerso.
Pensó: debe de haber algún ángel -o algo- viniendo a por mí.
La escena terrestre estaba desvaneciéndose. La oscuridad iba invadiendo su
conciencia, y lejos, en la distancia, como un último vislumbre, había una figura de
luz, vagamente humana en su forma, y radiando calor.
Murray pensó: vaya broma, estoy yendo al Cielo.
2
Mientras pensaba esto, la luz se desvaneció pero el calor siguió. No hubo
disminución en la paz, pese a que en todo el Universo tan sólo quedaba él... y la
Voz.
La Voz dijo:
-He hecho esto tan a menudo, y sin embargo aún tengo la capacidad de sentirme
complacido con el éxito.
Murray sintió deseos de decir algo, pero no era consciente de poseer una boca,
lengua o cuerdas vocales. Pese a todo, intentó emitir un sonido. Intentó, sin boca,
susurrar palabras, o respirarlas, o simplemente impulsarlas fuera con una
contracción de... lo que fuera.
Y brotaron. Oyó su propia voz, completamente reconocible, y sus propias
palabras, infinitamente claras.
Murray preguntó:
-¿Es esto el Cielo?
La Voz le respondió:
-Este no es ningún lugar, tal como tú entiendes la palabra «lugar».
Murray se sintió azarado.
-Perdón si sueno como un estúpido, pero ¿tú eres Dios?
Sin cambiar de entonación o estropear de ninguna forma la perfección del sonido,
la Voz consiguió sonar divertida.
-Es extraño que siempre se me pregunte eso, por supuesto en un número infinito
de formas. No hay ninguna respuesta que yo pueda dar y que tú puedas
comprender. Yo soy..., lo cual es todo lo que puedo decir que sea significativo y
que tú puedas cubrir con cualquier palabra o concepto que prefieras.
-¿Y qué soy yo? -preguntó Murray-. ¿Un alma? ¿O también soy tan sólo una
existencia personificada?
Intentó no sonar sarcástico, pero tuvo la impresión de que fracasaba. Entonces
pensó fugazmente en añadir un «Vuestra Gracia» o «Santísimo» o algo para
contrarrestar el sarcasmo, y no pudo conseguir decidirse a hacerlo pese a que por
primera vez en su existencia especuló con la posibilidad de ser castigado por su
insolencia -¿o pecado?- con el Infierno, o lo que se le correspondiera.
3
La Voz no sonó ofendida.
-Tú eres fácil de explicar... incluso para ti. Puedes llamarte a ti mismo un alma si
eso te complace, pero lo que realmente eres es un nexo de fuerzas
electromagnéticas, dispuestas de tal modo que todas las interconexiones e
interrelaciones son exactamente imitativas de aquellas de tu cerebro en tu
Universo-existencia... hasta el más mínimo detalle. De tal modo que posees tu
capacidad de pensamiento, tus recuerdos, tu personalidad. Y te sigue pareciendo
que tú eres tú.
Murray se dio cuenta de su propia incredulidad.
-Quieres decir que la esencia de mi cerebro es permanente.
-En absoluto. No hay nada en ti que sea permanente, excepto lo que yo elija
hacer permanente. Yo formé el nexo. Yo lo construí mientras tú tenías existencia
física, y lo ajusté al momento en el cual la existencia fallara.
La Voz parecía claramente complacida consigo misma, y tras una momentánea
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