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Angelina (novela mexicana)

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ANGELINA ***

Produced by David Starner, Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team.

Colección de Escritores Americanos dirigida por Ventura García Calderón.

XI

ANGELINA

(NOVELA MEXICANA)

POR

RAFAEL DELGADO

Con un estudio preliminar de V. GARCÍA CALDERÓN

CASA EDITORIAL MAUCCI

Gran medalla en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest 1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910.

Calle de Mallorca, 166.--BARCELONA ES PROPIEDAD DE ESTA CASA EDITORIAL

AL

Sr. D. José M. Roa Bárcena en prenda de respetuosa amistad,

EL AUTOR

[Ilustración]

RAFAEL DELGADO Y SU NOVELA _ANGELINA_

Con este libro obtuvo el gran novelista mexicano el más sonado éxito; con él hemos querido propagar en América su nombre[*]. En sus armoniosas páginas reconocemos un acento nuestro. Allí revive y se prolonga la musical historia de _María_.

[Nota *: A la exquisita amabilidad del eminente abogado mexicano, Don Miguel Hernández Sáuregui, heredero de los derechos del novelista, debemos la autorización para publicar este libro.]

No sé si, como aseguran cuerdos jueces, volvemos en América al romanticismo de Espronceda, si otra vez repetiremos el «románticos somos» de Rubén Darío, del Rubén envejecido y suspirando por la juventud que se acabó. Retorno encantador que sería solo censurable si romanticismo significara otra vez el tumulto forense de una poesía callejera; mas no si regresáramos, por los collados de Bécquer, al reclamo lunático, al epitalamio triste del ruiseñor y la noche. Son _rimas_ nuevas algunos cantos de Darío y en ciertas _arias_ de Jiménez, que sedujeron a América, toda la Sevilla becqueriana está con sus divinos suspirantes y la guitarra de luto.

En tales libros han aprendido a amar y a delirar nuestras mujeres. Por ellos son abnegadas víctimas del cruel amor e incomparables amantes. Son Elviras y no han cesado de ser Julietas. Y en ese coro de vivientes pasionarias, tan americano, tan nuestro, en la sentimental alegoría de la poesía sin ventura, yo creo que la mexicana y la colombiana vienen juntas. La Angelina de este libro está, silvestre y coronada, con María....

Como la historia de Isaacs, ésta también--según nos dice el autor en el prólogo--fué «más vivida que imaginada». Alterando apenas ciertas fechas y ciertos nombres, nos relata una aventura propia. ¿Pueden acaso, las ajenas, contarse bien? Delgado no lo cree. Dirigiéndose en el prólogo de _Los Parientes Ricos_ al que leyere, confiesa que «el autor está siempre en la obra» y que «eso de la impersonalidad en la novela es empeño tan arduo y difícil que, a decir verdad, lo tengo por sobrehumano e imposible». El relatará, pues, su aventura y con ella la de las mocedades americanas y mejicanas hacia 1860, cuando los libros de nuestro romanticismo tardío enseñan todos la santidad de amar, la vital necesidad de amar y al mismo tiempo el perenne fracaso de los idilios, la crispada rebelión de los puños y la fatalista languidez de los labios que cantan con Leopardi el desposorio del Amor y la Muerte.

Leopardi y Bécquer son los cultos de la adolescencia sentimental de Rafael Delgado. En 1881, a los veintiocho años, leía estudios sobre ambos poetas desamparados, en la «Sociedad Sánchez Oropeza» de Orizaba. El protagonista de _Angelina_ confiesa que sabe de memoria versos de Justo Sierra y prosas de Altamirano. Pero también conoce algunas quejas de esa generación mexicana de grandes clásicos. Con tal lectura se modera y mitiga el moceril romanticismo. Ya su generación pone el oído a los consejos de la escuela realista. Y la novela _La Calandria_ que publicara Delgado en 1889, en la _Revista Nacional de Letras y Ciencias_, es obra de regionalista y costumbrista. Cuando años más tarde, dice a su amigo don Francisco Sosa que en el plan de sus relatos no entra por mucho el enredo, y que para él «la novela es historia», adivinamos que ha adoptado una idea de los Goncourt presentida ya en América por don Ricardo Palma.

Acercándose a la historia, llegan estos románticos a la vida; pero en su pesquisa de la veracidad y el documento se apartan siempre, con aprensivo ademán, del estercolero de Job en donde Zola prospera y se solaza. Y porque vienen con Lamartine de un país de azahares y de lunas de miel, queda en sus personajes una bondad contagiosa, en su estilo una recóndita y efusiva dulzura que se infiltra en el alma como una bruma de noviembre.

Nada puede dar mejor idea del operado cambio que el cuento _Amor de niño_ (publicado en un tomo de relatos breves) en donde está en crisálida la novela _Angelina_. Es la encantadora y juvenil locura de un chiquillo que se enamora hasta enfermar... de un cuadro, del lienzo en donde vive una de las más suaves heroínas de Shakespeare. Cordelia es el primer amor de este adolescente que delira. El episodio recuerda, hasta en el tono, un relato de Heine: aquella estatua feminizada por el musgo que el futuro poeta de los _lieder_ iba a besar, con una oscura congoja de Werther bisoño, en un rincón del parque familiar. Todos los románticos--se llamen Heine o Delgado--irán después a más carnales musas, pero ya llevan en la frente el signo de ceniza. Y ante las abnegaciones y los rendimientos de los acendrados cariños, no podrán ser en su pristina simplicidad, el joven y el amante. Una intrusa jamás olvidada, la obsesionante compañera de un pacto adolescente, acude siempre a citas que no fueron para ella: Cordelia impalpable y silenciosa, estatua derribada en el jardín que heló y eternizó con labios de mármol perfecto, el primer beso. Es casi la tragedia de este libro.

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