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grajo686

on Aug 18, 2009
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La rueda del tiempo. 04- Los portales de Piedra (Robert Jordan)

1


LA RUEDA DEL TIEMPO
Volumen 4
Los Portales de Piedra
Robert Jordan




Diseño de cubierta: Singular S.L.
Título original: The Shadow Rising
Traducción: Mila López
© 1992 by Robert Jordan
All rights reserved
© Grupo Editorial Ceac, S.A., 1998
Para la presente versión y edición en lengua castellana
Timun Mas es marca registrada por Grupo Editorial Ceac, S.A.
ISBN: 84-480-3117-2 (Obra completa)
ISBN: 84-480-3121-0 (Volumen 4)
Depósito legal: B. 21.854-1998
Hurope, S.L.
Impreso en España - Printed in Spain
Grupo Editorial Ceac, S.A. Perú, 164 - 08020 Barcelona


Dedicado a Robert Marks,
escritor, maestro, erudito, amigo y fuente de inspiración.
«La Sombra resurgirá en todo el mundo y lo entenebrecerá hasta el último
confín y no habrá Luz ni cobijo. Y aquel que nacerá de Alba, de la Doncella,
según las profecías, alargará las manos hacia la Sombra para atraparla, y el
mundo doliente clamará por la salvación. Gloria al Creador, a la Luz y a aquel
que ha de renacer. Que la Luz nos guarde de él.»
Extraído de Comentarios sobre el Ciclo de Karaethon, de Sereina dar Shamelle Motara, Hermana Consejera de Comaelle, reina suprema de Jaramide,
alrededor del 325 DD, Tercera Era.






CAPÍTULO
1
La semilla de las sombras


La Rueda del Tiempo gira y las eras llegan y pasan y dejan tras de sí recuerdos que se convierten en leyenda. La leyenda se difumina, deviene mito, e incluso el mito se ha olvidado mucho antes de que la era que lo vio nacer retorne de nuevo. En una era llamada la tercera por algunos, una era que ha de venir, una era transcurrida hace mucho, comenzó a soplar un viento en los pastos de Caralain. El viento no fue el inicio, pues no existen comienzos ni finales en el eterno girar de la Rueda del Tiempo. Pero aquél fue un principio.
El viento sopló hacia el noroeste bajo las primeras luces del día, a través de infinitas extensiones de ondulada hierba y desperdigados sotos, y pasó ante el colmillo mellado del Monte del Dragón, el risco legendario que surge sobre las suaves ondulaciones de la llanura, tan alto que las nubes se enroscan en sus laderas a mitad de camino de la humeante cima. Es la montaña donde murió el Dragón y con él, según algunos, la Era de Leyenda, y donde la profecía dice que renacerá. O que ha renacido. El viento sopló hacia el noroeste, a través de los pueblos de Jualdhe, Dairein y Alindaer, donde unos puentes de piedra labrados de manera tan exquisita que semejaban encajes se elevaban en arco hacia las Murallas Resplandecientes, los enormes muros blancos de la que muchos decían era la urbe más grandiosa del mundo: Tar Valon. La ciudad a la que rozaba apenas la sombra alargada del Monte del Dragón cada anochecer.
Dentro de esas murallas, los edificios construidos por los Ogier hace más de dos mil años daban la impresión de ser algo vivo que brotaba del suelo en lugar de obras de albañilería, o ser el resultado del trabajo de erosión del viento y del agua en vez de haber salido de las manos de los fabulosos albañiles Ogier. Algunos semejaban aves remontando el vuelo; otros, conchas enormes procedentes de mares lejanos. Altas torres ahusadas, estriadas o en espiral se comunicaban entre sí con puentes que a menudo no tenían barandilla, a decenas de metros del suelo. Sólo quienes llevaban mucho tiempo en Tar Valon no se quedaban mirando boquiabiertos como palurdos que jamás han salido de sus granjas.
La mayor de esas torres, la Torre Blanca, que relucía al sol como marfil pulido, dominaba la ciudad, «La Rueda del Tiempo gira en torno a Tar Valon, y Tar Valon gira en torno a la Torre» decían sus habitantes. La primera visión de la ciudad que captaban los viajeros antes de que sus caballos tuvieran a la vista los puentes, antes de que los capitanes de los barcos fluviales avistaran la isla, era la Torre reflejando el sol como un faro. No es pues de extrañar que, a la sombra de la imponente construcción, la gran plaza que rodeaba sus jardines amurallados pareciera más pequeña de lo que realmente era, y que las personas que pasaban por ella semejaran meros insectos. Empero, aunque la Torre Blanca hubiera sido la más pequeña de Tar Valon, habría seguido inspirando un temeroso respeto en la ciudad de la isla por el hecho de ser el núcleo del poder de las Aes Sedai.
A pesar de ser muchos los que deambulaban por la plaza, la gente no se acercaba a la zona central y se limitaba a caminar por el perímetro empujándose entre sí para abrirse paso camino de sus quehaceres cotidianos; en los aledaños de los jardines había aún menos personas, y su número se reducía progresivamente hasta quedar una franja de casi diez metros de suelo pavimentado completamente vacía. Las Aes Sedai imponían un gran respeto, y más en Tar Valon, por supuesto. La Sede Amyrlin dirigía la ciudad al igual que dirigía a las Aes Sedai, pero casi nadie quería estar más cerca de su poder de lo que fuera necesario. Había una diferencia entre sentirse orgulloso de tener una gran chimenea en el salón de casa y meterse de cabeza en el fuego.
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