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LA RUEDA DEL TIEMPO
Volumen 3 EL DRAGÓN RENACIDO Robert Jordan Diseño de cubierta: Singular S.L. Título original: The Dragon Reborn Traducción: Dolors Gallart © 1991 by Robert Jordan All rights reserved © Grupo Editorial Ceac, S.A., 1993 Timun Mas es marca registrada por Grupo Editorial Ceac, S.A. ISBN: 84-7722-556-7 (Obra completa edición cartoné) ISBN: 84-7722-559-1 (Volumen 3 edición cartoné) ISBN: 84-480-3117-2 (Obra completa edición rústica) ISBN: 84-480-3120-2 (Volumen 3 edición rústica) Depósito legal: B. 21.855-1998 Hurope, S.L. Impreso en España - Printed in Spain Dedicado a James Olivier Rigney, hijo (1920-1988) Me enseñó a seguir siempre los sueños y a vivirlos cuando los atrapara. «Y sus vías serán muchas, y muchos los hombres que conocerán su nombre, porque estará entre nosotros muchas veces, con múltiples apariencias, como ha sido y será siempre, en el infinito discurrir del tiempo. Su advenimiento será como el filo del arado, que, trazando surcos, dará un vuelco a nuestras vidas y nos arrancará de los lugares donde permanecemos postrados en nuestro silencio. El quebrantador de vínculos; el forjador de cadenas. El hacedor de futuros; el desfigurador del destino.» Extraído de Comentarios sobre las profecías del Dragón, de Jurith Dorine, Mano Derecha de la reina de Almoren, 742 DD, Tercera Era. PRÓLOGO Fortaleza de la Luz Pedron Niall dejó vagar su mirada de anciano por su sala privada de audiencia, pero los oscuros ojos velados por el ensimismamiento no vieron nada. Las desteñidas colgaduras que antaño habían sido los estandartes de guerra de los enemigos de su juventud se confundían con la oscura madera que recubría las paredes de piedra, imponentemente gruesas incluso allí en el corazón de la Fortaleza de la Luz. La única silla existente en la habitación, pesada y de alto respaldo, semejante a un trono, le resultaba tan invisible como las pocas mesas dispersas que completaban el mobiliario. Incluso el hombre de blanca capa que permanecía arrodillado con mal disimulada ansiedad sobre el gran sol incrustado en las anchas planchas del suelo se había ausentado de su mente, aun cuando eran pocos los que habrían tomado su presencia tan a la ligera. Jaret Byar había disfrutado de un respiro para lavarse antes de ser conducido ante Niall, pero tanto su yelmo como su peto estaban deslucidos por el viaje y mellados por el uso. Sus hundidos ojos oscuros irradiaban una febril e impaciente luz en un rostro en el que la carne parecía haberse reducido a los músculos indispensables. No llevaba espada -a nadie le estaba permitido hacerlo en presencia de Niall- pero parecía hallarse al borde de la violencia, como un sabueso que aguarda a que le suelten la correa. Dos fuegos encendidos en largos hogares en cada uno de los extremos de la estancia mantenían a raya el frío de finales de invierno. Era una habitación austera como la de un soldado, y todo cuanto había en ella era de calidad, pero sin ninguna concesión a la extravagancia... con excepción del sol. Los muebles habían llegado a la sala de audiencia del capitán general de los Hijos de la Luz con el hombre que accedió al cargo; el resplandeciente sol de oro acuñado se había desgastado con el paso de generaciones de solicitantes, había sido sustituido y había vuelto a desgastarse. Había allí oro suficiente para comprar una hacienda en Amadicia y el título nobiliario emparejado a ella. Durante diez años Niall había caminado encima de ese sol sin dedicarle pensamiento alguno, como tampoco se lo dedicaba al sol bordado en el pecho de su túnica blanca. El oro suscitaba escaso interés en Pedron Niall. Finalmente volvió a posar la mirada en la mesa más cercana, cubierta con mapas y cartas e informes esparcidos. Entre el desorden había tres dibujos enrollados. Tomó uno con desgana. Daba igual cuál de ellos fuera, pues todos describían la misma escena, aunque con diferente factura de trazo. La edad había tensado la piel de Niall, tan fina como un pergamino raspado, sobre un cuerpo que parecía compuesto sólo de huesos y tendones, pero nada en él transmitía la impresión de fragilidad. Ningún hombre ascendía al cargo de Niall antes de tener el pelo blanco, ni tampoco ninguno que fuera más blando que las piedras de la Cúpula de la Verdad. A pesar de ello, de improviso tomó conciencia del asurcado dorso de la mano que sostenía el dibujo, del apremio del tiempo. Le quedaba poco tiempo. Había de obrar de modo que fuera suficiente.
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